Azulejo de visita en el balcón en busca de comida.

Ayer empezó a caer nieve y hoy amaneció nevando con todavía más fuerza. Los tres últimos años la nieve había llegado tarde, bien entrado enero. Este año llegó de la mano del invierno, como corresponde.

Nunca he logrado acostumbrarme a la visión de la nieve como algo normal que hace parte de un ciclo natural propio de estas latitudes. Siempre que la vuelvo a ver después de varios meses de ausencia siento la misma extrañeza. Su imponencia me abruma: el paisaje cambia, surgen nuevos ruidos, los colores se saturan, los silencios nocturnos son más intensos. Racionalmente lo entiendo pero el acceso a ese sector del disco se desactiva, como ante monumentos majestuosos.

Hoy Laia vio la nieve por primera vez. Seguro la había visto antes, este ya es su segundo invierno, pero es la primera vez que tiene suficiente consciencia como para apreciar lo que pasa. Cuando despertó de la siesta de la mañana la paré en una silla junto a la ventana a ver los copos caer. Eran grandes. El cielo había amanecido azul pero hacia el mediodía estaba gris otra vez y la nevada arreciaba. Laia sonreía y señalaba los copos. Todavía no hay suficiente nieve acumulada para salir a jugar, pero pronto la habrá. Entonces saldremos y jugaremos. Su relación con la nieve será probablemente distinta de la mía. La nieve hará parte de su vida desde siempre. No habrá estupor admirado sino, tal vez, un cariño feliz asociado a recuerdos tempranos de juegos afuera en su infancia. Mi deidad será para Laia una buena amiga más.

Mi papá nos envió hoy este poema de Nicanor Parra.