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barcelona

Choque

Es tarde y quiero dormir pero antes de eso quería dejar algo escrito acá.

Anoche dormí junto a la niña, en su cama auxiliar para visitas, y me despertaron mis urgencias intestinales por ahí a las cinco. Desde entonces estuve ocasionalmente pendiente de las noticias desde Barcelona, intentando entender, a través de reportes escuetos y el ruido de las opiniones que abundan en todas las direcciones, qué pasaba durante el referendo. A media mañana de Toronto, mientras descansaba por Laia en el parque, era claro que la guardia civil había llegado con órdenes de arrasar y eso hicieron. Era una fase del proceso, podría decirse. Algo si no predicho por lo menos esperado (lo que no lo hace menos doloroso). La cadena de provocaciones montada por Puigdemont et al. estaba destinada a generar una respuesta salvaje de los imbéciles en Moncloa y así pasó. Tal vez antes de lo planeado. Tal vez por fuera de lo previsto. Da igual. El resultado fue óptimo: la barbarie policial consolidó la movilización y a partir de ahí daba lo mismo cuántos votaban y por qué; lo que importaba era el acto de resistencia: la respuesta enérgica a los opresores. Ya los políticos se encargarían, al final del día, de otorgarle el significado que conviniera. Así es como Puigdemont salió hace unas horas a anunciar que la jornada fue un éxito y el proceso para declarar la independencia entra en marcha. Cuentas inconstatables de votos fueron seguidamente publicadas arrojando un cómodo noventa por ciento de aprobación con un número de votos que alcanza el cuarenta y tanto por ciento del censo electoral. Una fantasía, pero da lo mismo todo. Los números son decoración en una decisión que requería más los heridos y disturbios que los votos. Lo que sigue es tan incierto como ayer pero más enrarecido (aunque los hay que celebran). Se viene una huelga y Dios sabe qué siga después. Hoy todos perdieron salvo las derechas de ambos bandos, revitalizadas por los patriotismos y la confusión. Quiero creer que sus posiciones de ventaja son frágiles.

Por lo pronto me gustaría ver a Rajoy caer. Cualquier ruta al diálogo que de verdad necesita Catalunya pasa por ahí.

Dublinesca

Manuel Riba viaja a Dublín a celebrar los funerales de la era de Gutenberg, algo así. No es en serio, es una excusa, la primera que se le ocurre. Riba acumula excusas para justificar su inacción desde que decidió vender su empresa, una editorial independiente, y retirarse. El viaje a Dublín sirve para evitar que sus papás, con quienes tiene una relación casi adolescente, descubran que fue a Lyon por un fin de semana y se encerró en el cuarto del hotel a escribir una teoría fallida de la novela. Sepulta Lyon bajo Dublín y así posterga la conversación en la que sus papás descubrirán que ya no es nadie ni hace nada. Riba se evade a sí mismo porque se siente derrotado por su oficio y creo que también por su vida. Es como si el éxito que acumuló durante su carrera como editor se hubiera agotado. El viaje a Dublín es una oportunidad que se ofrece para poder reinventarse y crear nuevos referentes que le permitan confiar de nuevo en sí mismo. Hace dos años Riba tuvo una operación muy seria y ahora tiene una enfermedad crónica que mal lleva desde la abstinencia al alcohol y demás vicios. Borracho era alguien mejor, pero su mujer no opina lo mismo. A veces Riba sospecha que está muerto. Es posible morir en vida. También es posible morir sin notarlo y creer que la vida sigue. Por eso es necesario estar atento a los colores y los lugares, la intensidad de las experiencias, el contacto con los demás, las referencias ocultas, las llamadas misteriosas. El cambio es sutil pero detectable. Todo es más amplio allá afuera. Estamos hechos de pura ausencia.

the british museum — Hammershøi
Cuántos nombres por olvidar.

Viernes (Catalunya)

Dicen que la violencia desproporcionada es monopolio de los psicópatas. Que sólo alguien con una configuración mental defectuosa es capaz de someter a un hombre a golpes sin justificación personal concreta ni compasión por su dolor. En mi experiencia todo hombre tiene el potencial para ejercer la brutalidad. Una suma de circunstancias y condicionamiento no demasiado sofisticados son suficientes para convertir a cualquiera en un torturador despiadado desprovisto de remordimiento. Tres meses bastan. No hacen falta mayores incentivos materiales. El ejercicio del poder, que es la opresión, es con frecuencia equivalente al ejercicio de cultivar, acumular y organizar hombres que, amparados en la solidez de un espiritu gregario perverso que diluya el peso de las responsabilidades individuales y unas circunstancias propicias de impunidad local, ganen la disposición necesaria para deshumanizar, humillar, apalear y, de ser requerido, matar a otros hombres que, en la mayoría de los casos, jamás fueron una amenaza para nadie. Los psicópatas, por lo general, no son los hombres que blanden el bate o la pistola dentro del enjambre sino aquellos que, en frío, de manera calculada, dan la orden de utilizarlos a discreción.

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Viernes

Recuerdo que un domingo hace varios años, en Barcelona, nos intoxicamos con un jugo de guanábana que hicimos al desayuno con pulpa de guanábana refrigerada probablemente por demasiado tiempo en una nevera pequeña que nunca se distinguió por su habilidad para la consevación de perecederos. Esa vez Mónica vomitó el desayuno entero en el tren de camino a la universidad (sí, ella también trabajaba los domingos) y yo tuve una sensación de malestar constante por un día y tanto. Aunque la sensación cedió, el jugo de guanábana sigue produciéndome cierta desconfianza literalmente visceral.