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bebé

Espejo

Hoy Laia descubrió el estampado que tenía en la camiseta cuando la cargué frente al espejo. Mirando su reflejo tocó el ratoncito en el estampado con un dedo. Después agarró la camiseta con las dos manos y la estiró para poder verlo bien directamente (aunque patas arriba). Me miró sorprendida y sonrío.

Caras

Alegría

Leche

El lunes parecía que la sola presencia del tetero le dolía. Gritaba horrorizada cuando intentaba que tomara y sostenía el llanto desgarrado sin probar bocado hasta que el cansancio la fundía. Entonces, en duermevela, chupaba. Según mis cálculos alegres, durante la ausencia de la mamá Laia necesita aproximadamente dos teteros de 120 mililitros (uno cada tres horas). Entre los dos teteros hay siestas (a veces cortas, a veces largas — ese es mi tiempo para escribir), conversaciones, cambios de pañal y juegos. Los primeros tres días logré con mucho esfuerzo darle unos 80 mililitros en total. Entre mi angustia natural y su llanto apenas podía moverme cuando Mónica volvía. Ayer, sin embargo, su resistencia se redujo (la necesidad tiene cara de perro) y apenas lloró protocolariamente antes de recibir la comida. Si alguien la conociera hoy, creería que el tetero y ella son viejos amigos. Da alegría verla recibir la leche ordeñada con aprecio: se tomó 280 mililitros en tres golpes.

Malísimo

Medio día. Ruta de la universidad a la casa. Llevo a la niña en el cargador. Una mujer se sienta a mi lado en el bus. Hiede a cigarrillo y trago. Seguro estaba en uno de esos bares de mala muerte del centro que surten a los alcohólicos seriamente comprometidos con el grupo hidróxilo. El sábado mataron a dos a una cuadra de ahí. La mujer sonríe. Intenta ser amigable. Me dice algo pero no le entiendo o tal vez no lo quiero entender. Esa mezcla de olores siempre me irrita. La ignoro. Cuando lo repite le entiendo. Dice: Así que hoy es el día del papá, ¿no?. Le digo sí y no digo más. Debí decirle: Todos los días son el día del papá. Me pregunta por el cargador. Qué útil es, ¿no es verdad? Asiento con la cabeza sin mirarla. Al final se cambia de puesto. Me pregunto si me eché desodorante esta mañana. Ahora las personas se sientan a mi lado en el bus. Creo que a eso lo llaman el Factor Bebé. De repente soy una persona confiable y hasta agradable. En mi vida pasada despertaba la reacción exactamente opuesta sin esfuerzo incluso si usaba desodorante. Cuando me quería esforzar fingía una tos seca, eso bastaba. También serviría saber eructar a voluntad, pero nunca he podido dominar ese arte sutil. Eso me pasa por no ser malo de verdad.

Animal de poder