Durante los noventa, a Bernardo Hoyos era fácil encontrárselo en los cines del Centro Comercial Granahorrar. Ahí lo vimos alguna vez, sentado en primera fila junto a su lazarilla para poder distinguir entre manchas borrosas las escenas de Saló, durante una de tantas proyecciones de la supuesta última copia disponible en el país (eternamente a punto de ser incinerada). Bernardo Hoyos, su voz y lo que él representaba (la cultura culta de la alta sociedad pretenciosa) eran objeto de burla frecuente entre mis amigos. Pero creo que esa mañana de sábado, entre nuestras risas y las súplicas de los jóvenes torturados, el señor fue al menos momentáneamente parte de nuestra hermandad de (falsos) renegados.