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Nada regocija al ciclista urbano como una calle atestada de carros cruzando a paso de oveja el centro de una ciudad con una ciclorruta paralela abierta y vacía, disponible para volar.

Extrañaré esa sensación cuando las calles sean enteramente nuestras.

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Durante los trayectos en bicicleta desde y hacia el trabajo pienso detalladamente en proyectos, grandes y pequeños, que jamás acometeré. Los contemplo con la misma fascinación con la que miro a todas esas personas muertas que caminan por la calle sin saberlo. Nunca soy tan productivo como en mi bicicleta. Nunca nada suena tan bien, tan fácil, tan final. Me considero un pusilánime ambicioso. El miedo paralizante al fracaso no me quita la ilusión, así que la dejo salir durante mis paseos en bicicleta y la abandono en la calle al llegar a mi destino.

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Tuve un ataque de angustia de que me pasara algo hoy en mi primer día de viaje al trabajo en bicicleta de este año. Me fui despacio, con mucho cuidado, midiéndome, y al final no me pasó nada. O si me pasó no lo he notado. Swedenborg dice que la muerte no se siente sino hasta después de un rato, así que podría estar escribiendo esto desde ultratumba. Ya lo descubriremos.

El año pasado empecé en mayo, con la bicicleta recién comprada, y terminé al cierre de octubre. Fueron seis meses de viaje diario entre semana. Este año quiero hacer siete meses. Más allá es someterse a oscuridades y temperaturas árticas para las cuales no estoy preparado ni física ni emocionalmente. Mi ciclismo es relajado.

Luz

Mientras esperaba a que cambiara el semáforo, un señor barbado en medias sentado en el piso en la esquina de la calle del Rey y Yonge se levantó, caminó hacia mí y me entregó una luz para bicicleta que se había encontrado tirada por ahí. “Tómela”, me dijo, “yo no la necesito”. Me mostró que funcionaba e insistió. La recibí incómodo, sin saber muy bien qué decir. Se despidió con un “Que tenga un buen día” mientras volvía a sentarse en su esquina, sobre un cartón, al lado de un vaso vacío de Tim Hortons.

Máquina

No sé por qué no empecé a hacer esto antes:

Me gusta mucho el viaje al trabajo en bicicleta. Es agradable y me toma por ahí veinte minutos menos que el recorrido en el tranvía. Todavía soy bastante precavido y me gusta andar despacio pero la sensación de ir acompañado por otros (muchos) en el mismo plan ayuda a ganar seguridad. Montar en bicicleta para ir y volver del trabajo durante esta época parece ser una actividad tremendamente plural, con lotes intermitentes que se guían y respaldan mientras avanzan por la infraestructura a medias que la ciudad ofrece (con algunos tramos dedicados muy bien demarcados y otros entre inexistentes y abandonados). Intentaré continuar usándola mientras el tiempo lo permita. De paso hago algo de ejercicio.