Rango Finito

fotoscódigoobservatorioshermanocerdo temas plots

bogotá

Bogotá en bola

El ejercicio era hacer una versión automatizada y animada de esto usando la mezcla HTML5+JScript (de la que sabía/entendía muy poco). Bogotá en bola representa, usando bolas, algunos datos sobre Bogotá (recopilados mayoritariamente por Miguel con ayuda de sus contactos en el bajo mundo burocrático — estamos en el proceso de aclarar las fuentes) a nivel de localidades. En varios de los gráficos (o en las transiciones entre uno y otro) quedan en evidencia las disparidades y contradicciones de la ciudad. En un área relativamente pequeña caben muchas ciudades con características dispares (casi universos paralelos) y estas disparidades a su vez generan barreras (algunas físicas y otras más sutiles y poderosas) que refuerzan las diferencias.

*

Aporte de homicidios por localidad al total de la ciudad en 2011

Aunque puse una leyenda explicativa en la esquina inferior izquierda de cada gráfico, tal vez valga la pena explicar mejor qué quiere decir cada una. Si dice “Aporte porcentual por localidad al total de la ciudad” entonces la bola sobre cada localidad representa (ejem) el porcentaje que la localidad aporta al conteo total de la ciudad. Si, en cambio, dice “Porcentaje sobre el total en la localidad” entonces cada bola representa el porcentaje de población en la localidad con tal o cual característica sobre el total de la localidad. Así, el grafo de Hogares con teléfono similar al de Población (porque el aporte por localidad al total de la ciudad es muy parecido al aporte de población total) pero en el grafo de Teléfono (relativo) (del segundo tipo) las bolas son todas de tamaño similar, porque el porcentaje de teléfonos por localidad es casi uniforme en toda la ciudad (con internet, por ejemplo, ya no es así).

*

Para representar la ciudad por localidades la describimos con un grafo de contigüidad (entre la localidad A y la localidad B hay un vértice si comparten una frontera) y calculamos la disposición del grafo utilizando la librería arbor.js, que determina la posición de los nodos (asunto en el que francamente no quería pensar) de acuerdo a un modelo físico. Es muy práctica (aunque tal vez un poco pesada). Un primer problema de esta aproximación es que La Candelaria está totalmente rodeada por Santa Fe y por tanto en el grafo se vuelve una cola. Otro problema obvio es el siguiente: dado que la configuración inicial de nodos es semi-aleatoria, existe la posibilidad de que el grafo generado sea una imagen especular del grafo deseado (o que salga enredado). Para compensar el grafo admite la opción de ser reconfigurado moviendo nodos como si fuera de caucho. Esto permite, con un poco de maña, adecuar la ciudad a la imagen preferida por el usuario. (Una posible tarea que surge de acá es cómo generar y describir con algo parecido a arbor.js grafos que sean orientados sobre una superficie bidimensional. No he mirado.)

Tasa de homicidios (i.e. número de homicidios por cada 100 Khab) por localidad en 2011

La ciudad perdida

Decía hoy que Bogotá funciona mejor como buen recuerdo que como realidad cotidiana. La verdad es que a estas alturas ya no recuerdo en qué consiste vivir allá. No la reconozco como mía así sea la única ciudad que tengo. Cuando la visito me siento agredido y amenazado por las personas, la contaminación y la infraestructura por igual. Es angustiante. Todo parece estar al borde del colapso tanto urbanístico como social. Supongo que perdí la habilidad particular (el entrenamiento (¿o la ceguera?)) que se requiere para manejarla y disfrutarla. Me sorprende con sinceridad que alguien pueda. Mi percepción es que Bogotá sólo le sirve (y apenas parcialmente) a los pocos que habitan la burbuja privilegiada. La gran mayoría debe luchar a diario en contra de la ciudad para poder (mal)vivir en ella.

Perdido

Hay un fantasma en la estación de Transmilenio de la calle treinta y cuatro con Caracas. Mi hermana, que lo ha visto, me contó. Se dice que es el alma en pena de un hombre que murió atropellado por un bus intencionalmente sin frenos hace veintitrés años en ese mismo lugar. Es inofensivo. La policía no se mete con él. Llegó cuando construyeron la estación y nunca se ha ido. Lleva una maletita de cuerina a medio abrir y un legajo de papeles debajo del brazo. Tose. Luce confundido. Se aparece por las tardes, hacia las cuatro y media, frente al mapa de las rutas, y le pregunta a la gente que pasa cómo hace para llegar rápido a Cedritos. Cuando alguien le explica, agradece, dice al aire No me joda, qué mierdero tan hijueputa, y se mete a empujones en el primer bus que vaya hacia el sur. Una vez adentro, apresado entre la masa rabiosa, se difumina en un grito de ira y horror. Su rutina diaria es una de las atracciones turísticas mas recomendadas del sector.

Bomba

El terrorismo es un ejercicio mediático. Los muertos son daño colateral que sirve al propósito de transmitir con efectividad el mensaje. El rango de alcance de una bomba no debería ser medido por su radio de acción física sino por su impacto social. Por eso es que en Colombia no ponen bombas en barrios periféricos de ciudades intermedias sino en plena carrera séptima de Bogotá, donde pasa, si uno lo piensa, casi todo lo que importa. Durante algún tiempo hace algunos años pensé en una historia que se iniciara más o menos como hoy: un ataque terrorista en el centro de una ciudad que fuera el inicio de una serie de incidentes cada vez más difíciles de explicar/interpretar y desprovistos de mensaje explícito. Pensé en cómo reaccionaría una sociedad ante ataques desalmados sin discurso subyacente. Pensé y pensé hasta que me di cuenta que, de cierta manera, eso es justo lo que presenciamos en Colombia desde hace años. Y no es que un mensaje adjunto a cada asesinato o explosión mejorara las cosas, pero la falta de mensaje y la dinámica que genera dice mucho sobre el estado actual de las cosas, sobre nuestra indolencia, nuestra arraigada costumbre al horror. Por ejemplo: cada analista profesional o improvisado del incidente está dispuesto a usar la bomba para su beneficio, para que la bomba sirva a reafirmar su posición política. Todos rechazan enfáticamente la violencia y luego, sin dejar si quiera un punto y coma de por medio, ponen la violencia al servicio de su causa o su discurso; promueven dudas; difunden teorías vagas que se alimentan de sí mismas. Y la cosa es a tal nivel que cuando alguien se entera de lo que pasó y llora, cuando hace lo que todos deberíamos hacer si tuviéramos más corazón que estómagos para rumiar conspiraciones, entonces esa reacción nos altera, no la entendemos, no sabemos cómo explicarle a esta persona que esa bomba es normal y la falta de muertos es normal pero si hubiera muertos también sería normal porque ya ha pasado y mire cómo todo continúa y nada se rompe para siempre y, ajá, “la vida sigue” (sic). Nuestra estructura mental de la situación, la que nos permite llevar estos asuntos como si fueran otra tormenta más, es imposible de articular en palabras sin que uno entre de repente en un bucle de rabia, confusión y tristeza del que es imposible salir sin enfermarse al menos un poco. Pero nadie se enferma, y eso es preocupante: quiere decir que ya nadie llora cuando ponen bombas.

Muerto

Voy a matar a un hombre. No es algo que me enorgullezca pero es algo que debo hacer. Usualmente le dejaría el asunto a los pelaos, que saben cómo van las cosas, que saben hacerlas bien, sin que se note, sin que llueva mierda, pero yo quiero que este muerto sea mío. Este es el muerto que he estado esperando, el que me debía la vida.

Cito al muerto en un restaurante. Lo llamo y le digo hermano, necesito verlo, tenemos que hablar, y yo creo que el muerto ya para ese momento sabe que está muerto porque primero se niega y me dice que si no se puede otro día, que preciso hoy es un día complicado para él, pero yo le digo que no, que yo no puedo esperar y el tipo es respetuoso y sabe lo que le conviene entonces accede con la esperanza, supongo, de que la obediencia le perdone la vida, pero no lo hará.

Me gusta tratar a mis muertos bien. Yo soy por encima de todo un caballero. El muerto no tiene familia pero tiene una mujercita que lo quiere, una costeña jovencita que vive en Chapinero. Antes de pegarle el tiro le digo que le escriba una carta y se despida. Es un detalle pequeño pero seguro que ella lo apreciará. Usted no tiene que quedar como un hijueputa que se fue sin despedirse, le digo. Diga que la quiere pero las circunstancias lo obligan a partir. Diga, escriba, que espera que el destino los vuelva a unir. ¿Usted cree en el destino, hermano?, le digo. ¿Usted cree que esto tenía que pasar? Yo sí.

El muerto come poco. Está nervioso. Casi no habla. Me deja hablar. Esto no me molesta porque yo me precio de ser un gran conversador. Le pregunto por sus negocios, me dice que todo está en orden. Le pregunto si sabe para qué lo cité. Le digo que voy a matarlo. Le explico con cuidado lo que vamos a hacer. Le garantizo que si hace lo que le digo no le dolerá y que debe estar agradecido conmigo de que no le haya mandado a los pelaos porque ellos no se pondrían con cortesías y comiditas, ellos lo agarran a en la puerta de la casa y le meten quince pepazos por la espalda y lo dejan tirado ahí en la acera ahogado en su propia sangre. Y eso duele, le digo. Usted no quiere eso.

El muerto llora y se orina en la silla donde lo senté. Le digo que se limpie esos mocos y sea hombre. Le digo que tiene que resignarse, que su destino era morir así. Me dice que él no ha hecho nada. Le digo que no se haga el marica. Me jura que él no ha hecho nada, que no entiende por qué lo voy a matar, que le explique. Me pregunta si quiero tener algo así en mi conciencia. Algo cómo, le pregunto. La muerte de un hombre inocente, me dice. ¿Cómo sabe que es inocente, le pregunto, si ni siquiera sabe lo que ha hecho?