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Recursión

Hay un barrio de invasión llamado Buenos Aires cuyo asentamiento fue coordinado por un político que también a su manera coordina ahora desde el otro margen la construcción de unas viviendas de interés social justo al lado. De esta forma engrosa eso que llaman su capital político. Queda junto a la plaza de mercado abandonada a medias que es vecina de la nueva plaza de mercado en construcción de la que hablaba más abajo. Así es el progreso en el pueblo, así se impulsa. Confinado a la isla delineada por la ciénaga, el pueblo crece con dificultad, se hincha, podría decirse, mediante tentáculos que cada vez le tienen menos respeto al fango figurado y literal. Más que avanzar el pueblo se expande y contiene cada vez más versiones de sí mismo apiladas unas sobre las otras en la confusión consiguiente. Ahora hay supermercados relucientes donde venden papa criolla, curuba y bocachico del Vietnam (la hidroeléctrica de Urrá extinguió al bocachico del Sinú), puestos de hamburguesas, ciclorrutas y pequeños parques que, al limitar el lente, podrían estar en Medellín, Ginebra o Nueva York, pero también subsisten los mismos restaurantes paisas de carretera al borde de la ruina donde sirven el mondongo sobre las mismas mesas y las mismas sillas de sus versiones de hace treinta años, cuando eran la única opción para comer afuera. Igual con las casas, los negocios del mercado, la presión del agua, la calidad del servició de energía, el estado de las calles y en últimas con la gente. Las pobrezas de ahora conviven con las de antes. Y lo mismo las riquezas, en sustratos que demarcan abolengos, astucias y tradiciones. Cada cual se establece con nuevas anclas y cada ancla arrastra su versión congelada del mundo. El pueblo deviene en un cúmulo de hiatos.

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Voy a acostarme a dormir y mañana cuando despierte todo habrá cambiando sutilmente en formas al principio imperceptibles pero cada vez más evidentes a medida que el tiempo pase, en una constante convergencia hacia la extrañeza general. De nada servirá recordar.

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En medio de una pequeña crisis ontológica resolví formatear el disco duro de mi computador y reinventarme. Apenas han pasado veinticuatro horas y ya me siento completamente renovado: más ligero y puro; menos apegado a falsas necesidades. Podría, si así lo deseara, levitar a voluntad. Soy una breve masa de energía compasiva y bondadosa. Lo mínimo me expande.

Cambios

Ayer me ofrecieron un trabajo como programador en una empresa en Toronto. Llevo trabajando hacia esto un buen rato pero sólo hasta este año me metí con todo a experimentar y practicar con la intención de ganar fluidez. Aún me siento bastante inmaduro en muchos sentidos pero con el postdoc de Mónica casi al cierre no podía darle más largas a mis postulaciones a trabajos acá. Mi misión será jugar con una base de datos biométricos de un tipo muy específico, entender lo que dicen, clasificar los registros de muchas formas, escribir programas eficientes para agregarlos y procesarlos, e inventarse formas útiles y provechosas de presentarlos a sus usuarios por medio de diferentes aplicaciones. Decidimos aceptar y dejar London abruptamente. En quince días necesitamos estar instalados en la ciudad. Serán dos semanas intensas. Nos vamos con algo de pena porque aunque no teníamos muchas opciones laborales aquí estábamos encariñados con nuestra vida pequeña y tranquila de barrio, nuestro apartamento silencioso con vista al árbol y la guardería de Laia con sus amigos y sus profesoras. En Toronto hay más oportunidades para los dos y también actividades para Laia. Con suerte nos instalaremos en un sitio agradable a seguir armando estos rumbos tan raros en los que nos metimos por andar estudiando de más. Si todo sale bien nos gustaría que Toronto sea nuestro destino final. A ver adónde nos lleva este nuevo salto.

Revoluciones

Laia encontró este papel entre los estantes de libros y me lo dio. No sé para qué lo pongo aquí. De pronto para recordarme lo distinto que soy de lo que me gustaría ser. Mucho por cambiar.

Cambios

Pronto la niña caminará y saldremos al parque a jugar con las fuentes de agua que activan durante el verano. La luz del sol cada vez es más alta. Los árboles reverdecen y pequeñas flores rompen la nieve. Creo que me he acostumbrado al silencio de los días. La desconexión general ha sido muy agradable. La soledad es tranquila. Cada vez valoro más mi tranquilidad. P., nuestra única amiga en la ciudad, fue despedida de su trabajo como superintendente/administradora del edificio y por ende expulsada del apartamento donde había vivido por ocho años. Le dieron siete días para irse. Lleva una semana viviendo en la casa de su hermana. El domingo nos vimos para desayunar.

Neverland

Una crónica de Camilo Jiménez sobre sus viajes frustrados al país de la libertad:

Mamá murió el 18 de enero de 1980, en su casa, mientras dormía, como dicen que mueren los justos. Yo nunca intenté escribir algo al respecto, ni siquiera escribí antes algo tan íntimo como estas líneas. El pasaporte lo rompí, y conservé la foto por un tiempo. Antes de botarla la pasé por un escáner y la puse en mi Facebook, que es como decir que ya no es mía. No soy yo ese niño que no iría en noviembre de ese año con su padre a Estados Unidos. No soy yo ese niño que estaba a punto de quedarse huérfano.

Libros que cambiaron mi vida

Siempre que abro un libro espero que cambie mi vida. Tengo ese propósito. En consecuencia, todos los libros que leo cambian mi vida de alguna manera. La disposición es lo más importante. Algunos libros cambian mi vida sin siquiera leerlos. Basta que alguien los lea por mí, o que finja leerlos. Cambio mi vida por libros que luego no leo por pura pereza. La lectura es autosuperación y confrontación. La escritura, que es otra forma de lectura, es exploración y autoconocimiento. Leo y escribo para entenderme y (des)estructurarme, para dudar. Leo para que me digan lo que soy y lo que quiero. Leo, también, para sentir que estoy equivocado, que no sé, que no estoy seguro (que no debería estar tan seguro) de lo que quiero ni de lo que siento. No sé cómo me cambian los libros. No sé quién sería si no hubiera leído un libro u otro. No creo que necesite leer ningún libro. No soy capaz de discernir lo que era de lo que soy o seré. Sospecho que ningún libro me ha cambiado la vida radicalmente. Jamás he esperado que las lecturas me rediman. Nunca he esperado mayor cosa de un libro salvo, tal vez, que me cambie la vida. Pero todo me la cambia, incluso cuando no quiero.

Jueves