Esta no es una novela juvenil desenfadada sobre la pasión por el cine. No le crean nada a la contraportada. El cine es mejor lenguaje que tema. El título es una estrategia de distracción. Nunca en cines es una colección de notas dispersas sobre la construcción y pérdida de una amistad. Es una historia que ha sido contada muchas veces y merece ser contada muchas veces más porque siempre es distinta: dos personas se conocen y hay un vínculo semi-prodigioso que los sostiene conectados intermitentemente de ahí en adelante hasta que ya no se puede más y más allá. El vínculo crea momentos compartidos que son incomunicables. Esos momentos definen la amistad. Nunca en cines nace del drama de la pérdida pero subsiste en júbilo de lo vivido. Por eso es burlesca y, sí, desenfadada. No es una novela de trucos ni giros ni una proezas estilísticas. No tiene pretenciones de convencer ni transformar a nadie. Es una celebración sincera de los entusiasmos contagiosos de un amigo, de su legado. Hasta los mejores amigos se mueren. Pasa todo el tiempo. Se mueren sin querer incluso cuando quieren. Y siempre se mueren al final. Pero para morirse, por fortuna, primero necesitan estar vivos.