Como en otras de las películas del nuevo cine de terror francés, en Calvaire la amenaza se manifiesta en el mundo rústico, fuera de la seguridad certificada de las ciudades, pero el manejo visual, aunque novedoso y cuidado, evade la brutalidad explícita de las películas francesas (sello característico de la escuela). En cambio, intercala el martirio del protagonista (un joven cantante de ancianatos en manos de un posadero afable pero desequilibrado) con escenas extremistas de la típica (?) vida bucólica belga, como la iniciación sexual de un adolescente con un cordero (bajo la supervisión animada de familiares y amigos) y un baile improvisado e inquietante en una taberna. El campo en las películas del nuevo cine de terror francés es un territorio no sólo desconocido e incomprensible sino devastado socialmente (la deuda con The Hills Have Eyes et al. es innegable). Quienes lo habitan son personas con limitaciones cognitivas y/o mentales, desconectadas de la realidad y sumidas en hábitos malsanos y códigos morales corruptos. Salir de la ciudad es siempre el primer error.