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canadá

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El fin de semana estuvimos en una tienda de ropa, equipo y accesorios para canadienses amantes de la aventura porque quería comprar unas botas. Es una tienda donde los artículos a la venta vienen con una descripción para que el aventurero en potencia se visualice en el mundo indomable de paisajes agrestes en el norte puro que lo esperan al otro lado de esa ropa tan linda y cara. Una camisa gruesa promete bosques densos dominados por los osos. Las botas, cumbres escarpadas con nieve fresca y abismos. Las pantalonetas cargo son perfectas para ese soñado y arriesgado viaje en canoa con la familia por dos semanas. Como todos los canadienses son amantes de la aventura y la ocasional incursión semicontrolada en lo rústico el almacén es muy popular. Después de dar vueltas un rato entre el tumulto burlándome en silencio de esa aproximación comodona a lo salvaje salí del almacén con botas nuevas y unos pantalones color ocre pensados para el escalador de árboles que todos llevamos dentro. Estaban en promoción. Las copas de los arces de la ciudad me esperan apenas llegue la primavera.

Luz

Mientras esperaba a que cambiara el semáforo, un señor barbado en medias sentado en el piso en la esquina de la calle del Rey y Yonge se levantó, caminó hacia mí y me entregó una luz para bicicleta que se había encontrado tirada por ahí. “Tómela”, me dijo, “yo no la necesito”. Me mostró que funcionaba e insistió. La recibí incómodo, sin saber muy bien qué decir. Se despidió con un “Que tenga un buen día” mientras volvía a sentarse en su esquina, sobre un cartón, al lado de un vaso vacío de Tim Hortons.

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Canadian Troops Fallen in Afghanistan
Count of Canadian Troops Fallen in Afghanistan (2002-2012). Based on this list. Code and data here. Click on image to enlarge.

Nieve

Azulejo de visita en el balcón en busca de comida.

Ayer empezó a caer nieve y hoy amaneció nevando con todavía más fuerza. Los tres últimos años la nieve había llegado tarde, bien entrado enero. Este año llegó de la mano del invierno, como corresponde.

Nunca he logrado acostumbrarme a la visión de la nieve como algo normal que hace parte de un ciclo natural propio de estas latitudes. Siempre que la vuelvo a ver después de varios meses de ausencia siento la misma extrañeza. Su imponencia me abruma: el paisaje cambia, surgen nuevos ruidos, los colores se saturan, los silencios nocturnos son más intensos. Racionalmente lo entiendo pero el acceso a ese sector del disco se desactiva, como ante monumentos majestuosos.

Hoy Laia vio la nieve por primera vez. Seguro la había visto antes, este ya es su segundo invierno, pero es la primera vez que tiene suficiente consciencia como para apreciar lo que pasa. Cuando despertó de la siesta de la mañana la paré en una silla junto a la ventana a ver los copos caer. Eran grandes. El cielo había amanecido azul pero hacia el mediodía estaba gris otra vez y la nevada arreciaba. Laia sonreía y señalaba los copos. Todavía no hay suficiente nieve acumulada para salir a jugar, pero pronto la habrá. Entonces saldremos y jugaremos. Su relación con la nieve será probablemente distinta de la mía. La nieve hará parte de su vida desde siempre. No habrá estupor admirado sino, tal vez, un cariño feliz asociado a recuerdos tempranos de juegos afuera en su infancia. Mi deidad será para Laia una buena amiga más.

Mi papá nos envió hoy este poema de Nicanor Parra.

Colgantes

Este no es el Londres que buscan

La editora en jefe de la (deprimente) revista gratuita mensual de actividades culturales de la ciudad usa cada editorial para reiterar que (1) ella vivió por un número impreciso de años en Londres, Inglaterra, (2) en términos de oferta cultural Londres, Ontario, no es comparable a su homónima inglesa, pero, y esto es lo importante, (3) siempre podría ser mucho peor.

Bonsai

D. hace bonsai. Le pregunto cómo aprendió. Me dice que desde siempre ha estado interesado en la horticultura y en uno de los invernaderos donde trabajó conoció a un hombre que los hacía. Quedó fascinado. Buscó información. Leyó varios libros y se inscribió en el club de bonsai del pueblo. Le digo que debe ser difícil. Me responde que si uno sabe cómo crecen los árboles no tiene ningún misterio. Me dice que es afortunado de poder ganarse la vida con su pasión.

D. tiene tres hijas y un hijo. Su mujer era una indígena canadiense. Era adicta a las drogas y D. estaba alcoholizado. Hace unos años la mujer lo dejó. Se llevó a los dos hijos menores a la reserva indígena. D. fue por los niños a la reserva y exigió su custodia, argumentando que la mujer no estaba en condiciones de cuidarlos. Casi lo linchan pero finalmente volvió con los dos niños al pueblo. Esos cuatro niños son su vida. Hace unos dos años dejó de tomar y recientemente consiguió un trabajo como jardinero de bonsai de un señor con mucha plata. A eso se dedica ahora. Le pagan bien.

D. carga siempre una botella de dos litros de coca-cola light y fuma obsesivamente. Casi no habla con nadie. En el celular lleva fotos de un bulldog inglés. En la casa tiene en este momento cincuenta y nueve bonsai. Los últimos tres los recibió la semana pasada. A veces se los regala a sus amigos. La mamá de los niños murió de sobredosis de heroína hace un año.

Canadá

Encuentros cercanos

Hoy había una mujer colombiana con su hija de brazos en la piscina. El acento en inglés la delataba. El marido, también hispanohablante, la esperaba afuera de la piscina. Cuando Laia y Mónica se acercan a otros niños, no importa el idioma del niño, Mónica siempre le habla a Laia en español. Mi impresión es que hay bastantes expresiones en español que Laia entiende y no tiene sentido hablar en inglés “por cortesía” en ese contexto. (“Salude, Laia”, por ejemplo.) Total es que Mónica y Laia se acercaron a la mujer y su hija y Mónica habló en español y esta mujer siguió tercamente sosteniendo su inglés para hablar con Mónica, con Laia y con su hija, como si al usar el español se humillara o arriesgara su asimilación a Canadá. Me dio pesar.

Primavera

Ayer, a menos seis grados que se sienten como menos quince, el conductor del bus nos recuerda sonriente, antes de salir a la calle a enfrentar la nevada, que este es el primer día de primavera y que hace un año estábamos a veinticuatro soleados grados. Hoy la primavera nevada continúa. Mi profeta automático del clima promete nieve por lo menos hasta el martes con tregua breve este fin de semana.

Agua

El fin de semana nos inscribimos al YMCA del centro de la ciudad para poder usar la piscina con Laia. Hay actividades para bebés en la piscina todos los días, usualmente por las mañanas. Planeamos ir tres veces por semana. Hoy fue nuestra primera vez.

Antes habíamos bañado a Laia en la tina del baño pero esto es distinto. Mónica está asustada. Yo llevo a la niña cargada. Cuando bajo las escaleras Laia no parece sorprendida. La incomoda flotar de espaldas incluso si nos ve la cara. Hay otras personas con sus hijos pero no hay parejas como nosotros. Salvo por dos mujeres, no parece que se conocieran entre ellos. La piscina se parcela y cada cual usa su propio lote de agua. Poca interacción. Laia persigue una pelota de caucho azul. El propósito de las actividades que propone la coordinadora es acostumbrar al niño al contacto con el agua. Hacemos varios de los ejercicios. Algunos niños parecen muy avanzados aunque son apenas un par de meses mayores que Laia.

Al verlas jugar en el agua me recuerdo (falsamente) en la misma situación, aunque tal vez mayor, en Melgar, Pacho o Cali. Siento el peso del bucle que se cierra y la responsabilidad y el privilegio que tenemos.

Uno de los ejercicios consiste en hundir a la niña en el agua y sacarla de inmediato. La primera vez es traumática. Entra agua por la boca y sale por la nariz. Arranca el llanto. La calmo con la pelota. La segunda vez entiende mejor lo que pasa y no parece incómoda. El ejercicio es tanto para ella como para nosotros. Le enseñamos el mundo para que se vaya. Aprendemos a dejarla ir.

Hay otros mundos

Sociología del diseño de bombas nucleares ¶ Los niños y las violencias en barrios pobres de Buenos Aires ¶ Lo obvio: el negocio de las “redes sociales” consiste en generar adicciónAgenda del proceso de paz (pdf) entre el gobierno colombiano y los FARC ¶ La muerte anestesiada de Olivia Goldsmith (a raíz de la lectura de Half Empty (a raíz de la muerte de su autor)) ¶ Análisis de los resultados de las elecciones en Quebec ¶ Siempre es bueno volver al Diccionario de ObviedadesAsalto a la reserva canadiense de miel de arce ¶ Y ésta es la verdadera batalla naval.

Cloud Atlas en cine. Escalofríos.

Támesis

Ayer vi a un señor comiendo pizza en el río. Cruzaba el puente de camino al centro y lo vi parado en una piedra en la mitad del río: un hombre con tatuajes, barba y gorra, con un pedazo de pizza en la mano. No sé cómo hizo para llegar ahí. Miraba la corriente desolada y comía. Hace unas semanas, cuando Santiago estuvo de visita, paramos en ese mismo puente a ver los bancos de peces. Había cientos de todos los tamaños en pausa bajo el puente dentro de su travesía primaveral contra la corriente. A unos quinientos metros del puente hay un dique que impide que continúen su viaje (que cierren su ciclo), pero eso los peces no lo saben, así que nadan hasta el dique e intentan escalar la caída de agua, usualmente sin éxito, con el propósito instintivo de volver al paraíso oxigenado donde nacieron sus antepasados.

Propósitos

El propósito implícito de este año consistía en reestablecer los vínculos con la vida. Era intentar eso o matarse. Ganó vivir.

De todas maneras ayer, mientras caminábamos por el Golden Gate hasta que la neblina nos cubrió y San Francisco se deshizo, pensé en proponerle a Mónica que saltáramos juntos. Nadie nos vería. Nadie sabría qué pasó.

Hoy durante la comida con Jaime ella decía que nuestro propósito para el año que se inicia es encontrar/armar una vida. No sabemos dónde ni en qué circunstancias. Nos gustaría establecernos en Canadá. Queremos un lugar donde podamos asentarnos y estar tranquilos. Cada vez parece menos sensato proseguir en la búsqueda de oportunidades laborales académicas en un mundo universitario piramidal que se basa en ofrecer contratos temporales de mala calidad (llamados eufemísticamente “postdocs” mientras el marrano es joven) destinados a sostener los ocios ombliguistas de la élite dudosa de privilegiados que cuentan con plazas permanentes y donde la educación seria, amplia y respetuosa de los jóvenes ya hace tanto que dejó de ser una prioridad institucional. Sin duda hay maneras más provechosas y satisfactorias de ocupar la (poca) juventud que nos queda.

Lunes (Tren)

Estoy en el tren. De nuevo hay nieve afuera. También hay cráteres gigantescos junto a silos abandonados. Oigo a las mujeres que están justo atrás mío hablar. Hablan mientras se sientan. No se encuentran. No deciden dónde ni cómo sentarse. Hablan y hablan. Son dos mujeres gigantes, madre e hija, vestidas de negro en estricto luto preventivo. No caminan, se contonéan. La madre, que difícilmente cabe en su silla, está preocupada. “I’m scared”, dice. Se lo confiesa al tiqueteador y también al señor que pasa ofreciendo golosinas y bebidas. Les dice que está preocupada y que este es un viaje de emergencia. Vamos a ver a mi mamá, dice. “It seems she’s not gonna make it”. El del carrito de golosinas dice que lo siente. No saben cuándo regresarán y a veces pareciera que no saben a dónde van. Están preocupadas, ambas, y asustadas. Piden cerveza. Creo que están un poco tomadas. Siento el tufo desde acá entre los eructos de la madre, que todavía no se encuentra y no puede dejar de hablar porque, supongo, hablar la calma, la distancia de la despedida inminente, de su temido encuentro con la muerte. Ahora mismo habla de su hermano, se pregunta si su hermano también llegará a London. “There is no excuse for him not to come to see grandma when she’s in… in this condition.” Está molesta de antemano. Le molesta que su hermano haya tratado así a la abuela, que no esté ahora para ella cuando la abuela siempre estuvo para todos. Dice grandma y mom indistintamente. Las mamás se vuelven abuelas con los años. Eructo. Eructo. Sorbo de cerveza. Le explican al del carrito que por eso necesitan cerveza, porque la abuela se va a morir y ellas quieren alcanzar a verla. La hija le pregunta a su madre si está bien. La madre dice que no se preocupe por ella. La hija le dice que se preocupa por ella desde que tenía diez años. Me pregunto si viven juntas. Eructo. Suena como una rana o como un coro de ranas. Le cuesta respirar, se nota. Suspira, aspira, suspira. Cierra los ojos. A veces parecería, por las cosas que dice, que realmente no está aquí, en el tren, sino que está en otro sitio y desde allá, lejos, le habla a su hija sin entender del todo lo que está pasando. Abraza su cartera con las dos manos entrelazadas y creo que intenta rezar en silencio. Alguien le dice a la hija por teléfono que están rezando por la abuela. Que todos rezan por la abuela enferma aunque saben que no lo logrará. “It seems she’s not gonna make it”, es la tercera vez que lo dicen. Llevamos veinte minutos en el tren.