Estamos en México desde el sábado a medianoche. Mi mamá, proveniente de Colombia, nos esperaba en la habitación, ya instalada. La llegada fue accidentada. Perdieron nuestras maletas así que el primer día en Cancún tuvimos que salir a buscar ropa. El domingo por la noche la aerolínea trajo las maletas perdidas al hotel. Dios sabe dónde estaban. Cancún es un adefesio urbanístico que insulta el paisaje circundante. Ha resultado difícil conseguir comida de verdad. La mayoría de los locales comerciales de la zona están ocupados por restaurantes de cadena importados o trampas turísticas abiertas. Ayer exploramos callejones entre una manzana comercial en semi-ruina y encontramos una taquería y un pequeño puesto de quesadillas que me reconciliaron con la vida. Es complicado caminar. Hay pocos pasos peatonales activos. Cancún está diseñado para atrapar a sus huéspedes en hoteles lujosos carísimos y empacarlos en toures que bordean la estafa. Esta agresividad comercial contrasta con la amabilidad de los locales, mayoritariamente empleados por el complejo de hoteles, clubes, paseos y bares. Tal vez nuestro acento ayuda. Creo que Laia nunca había recibido tanta atención explícita (los canadienses son cautos y distantes) de desconocidos. Ella, por supuesto, feliz de que le hablen y la toquen. En la piscina, con su bikini, también es el centro de todas las miradas. Mónica mientras tanto está en su congreso. El domingo y el lunes tenía que presentar su póster y hoy tiene una charla de media hora sobre los resultados de sus investigaciones. Mañana iremos a Chichén Itzá y el jueves volamos al DF a descansar, pasear y comer bien por cinco días.