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capitalismo

Prevención

Tenía otra teoría de conspiración capitalista por ahí guardada. Creo que iba sobre la idea de que la gente que le va bien en el capitalismo entiende su farsa. Que el capitalismo premia a quienes lo entienden por lo que es, los que pueden ver todas esas abstracciones en intercambio y sentir su levedad, su esencia de nada. Los que convierten ese cinismo que mencionaba ayer en principio moral. Eso les permite jugar distanciados de las consecuencias, con ventaja.

En mi caso particular, la plata me atormenta así que vivo subyugado. Demasiado prevenido para prosperar.

Bucle

Dice Fisher en Capitalist Realism que una de las formas como el capitalismo sostiene su apariencia de inevitable (que es clave para su persistencia) es permitiendo e incluso promoviendo posiciones críticas pero en últimas inertes. Fisher de hecho propone que el capitalismo depende de esa antipropaganda para su subsistencia, y que esta es una de las formas como se diferencia de otros sistemas totalitarios. Un ejemplo más o menos estereotípico de eso son las personas como yo, que somos beneficiarios evidentes de ese sistema socio-económico pero al mismo tiempo podemos darnos el lujo (es parte de los privilegios que nos concede) de señalar sus fallas y así, de alguna forma, preservar (internamente) la virtud. La evolución de ese proceso, se me hace, es una forma de cinismo amargo que aniquila cualquier sugerencia de alternativa como ingenuidad o idealismo. No sé bien qué se pueda hacer ante eso. Por lo pronto intento al menos resistir el impulso pesimista que viene adjunto. Cada vez cuesta más.

Nótese cómo esta entrada es autorreferente: ejerce lo que denuncia.

Compras

Unos vecinos nos invitaron a una celebración de año nuevo mañana así que compramos una bolsada de quesos para compartir.

También fuimos a una tienda de gafas y compramos gafas para los dos. Las mías están bastante magulladas y las de M. necesitan actualización óptica.

Después pasamos por la librería del barrio y compré los cuentos completos de Vonnegut. Más que nada para leer los relacionados con la guerra. También encargué un libro sobre caníbales.

De camino a la cafetería a aprovisionarnos de grano tostado (llevábamos tres días sin café al desayuno) pasamos por una tienda de bebé y le compramos no sé cuántos mamelucos al hermano recién nacido de la mejor amiga de L.

Ahora en la casa, después de almorzar en un bar, reposamos del arrebato consumista. Hiela afuera.

Agobios

Anoche estaba cansado, me fui a tomar una siesta y seguí derecho hasta el otro día. Fue un día pesado con la hija, que tenía dentistería al mediodía. Después fuimos a comer souvlaki al barrio griego. No mucho más para anotar. Pero como tengo ese compromiso digamos con la vida, entonces me debo inventar una razón para seguir. Lo malo es que hoy fue un día más bien monótono de trabajo. Logramos resolver un problema que esta semana nos tenía agobiados. El capitalismo genera esos agobios falsos para que sintamos que tenemos un propósito y un valor. Y después esos agobios nos enferman. Pero entonces hay que ver esas enfermedades como heridas de guerra, con el orgullo de haberse sacrificado por la causa. Menos mal que ya es viernes otra vez y me puedo desentender del mundo exterior. A ver si mañana tengo algo más sustancioso para compartir.

Lengua

Encontré este puesto de sánduches cerca del trabajo donde tienen uno de lengua de vaca que me ha reconciliado con el universo. Hoy lo pedí para llevar y eso comimos en la casa. Llegaron a la casa todavía calientes y jugosos.

Es difícil conseguir lengua por acá en estas latitudes con tantos remilgos dietéticos. Incluso el hígado requiere suerte. A veces, muy ocasionalmente, los encuentro en el supermercado. Con la lengua tengo el inconveniente adicional de que mi proceso de preparación de la tradicional lengua en salsa alcaparrada familiar pasaba por una llamada larga a mi abuela, y eso ya no se puede. Así que por lo pronto me resigno a lo que me ofrezca por ahí la mano invisible del mercado, tan hábil en complacerme cuando le conviene.

Virgulilla

La Novela Luminosa de Levrero me insta a retomar este diario abandonado, así sea de vez en cuanto (dejemos el error tipográfico), así sea solo para decir que aquí sigo, tan atento como ausente.

Compré hace varios meses un nuevo computador portátil marca Lenovo muy ligero (casi demasiado ligero) y cómodo que ahora poso en mis piernas para escribir desde la cama. Lo compré como ejercicio de resistencia contra los computadores de Apple que llevaba usando desde 2003 o 2004 ya que en sus últimos modelos me han parecido bastante insuficientes considerando el precio. Este Lenovo ha resultado ser un buen aparato. Hace lo que debe hacer, tiene lo que debe tener y no puso problema instalándole el GNU/Linux. El teclado, tal y como prometen todos los fanáticos de la serie ThinkPad, es un placer. Configuré el teclado para soltar tildes combinando el Alt de la derecha con «’» más la letra que corresponda. Lo malo es que la eñe sale con un «~» más la ene y la virgulilla está muy lejos, en la esquina superior izquierda, así que todavía no tengo totalmente automatizado el gesto y por ende prefiero evitar las palabras que usan esa letra de repente incómoda. Las tildes sí las llevo bien. Ya ni lo noto.

Casi siempre que compro o estoy por comprar cosas que considero costosas me entra una angustia que no sé aislar bien pero relaciono con cierto compromiso de «clase» que siento que traiciono al adoptar un nuevo lujo. Después del gasto duro sintiéndome culpable y hasta juzgado por semanas. La plata me incomoda. Lo pésimo es que cuando teníamos poca plata eso también me angustiaba. Uno nunca está feliz. Lo que cambia es el sabor de la insatisfacción.

94

Tengo conflictos con el capitalismo. Siento que me falta el tipo específico de valentía cruda (una vaina que a mis ojos es casi más defecto que virtud) que el capitalismo exige a sus participantes más activos y que es particularmente evidente en quienes alcanzan el éxito ahí adentro. El capitalismo no permite jugar sin realmente jugar. El costo emocional de todo eso para un tipo más bien cobarde y débil como yo es a veces demasiado alto.

Sospechoso

¿Por qué las compañías de cosméticos siguen haciendo champú para adultos que irrita los ojos si ya hace varias décadas que Johnson y Johnson descubrió la fórmula para un champú que no lo hace? ¿Para qué quieren que cerremos los ojos mientras nos duchamos? ¿Qué intentan ocultar? ¿De qué trampa capitalista nos distraen? Sospechen por principio de todo producto que los obligue a cerrar los ojos al usarlo.

No más lágrimas
Anuncio del champú “no más lágrimas” de Johnson & Johnson de 1956.