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capitalismo

Agobios

Anoche estaba cansado, me fui a tomar una siesta y seguí derecho hasta el otro día. Fue un día pesado con la hija, que tenía dentistería al mediodía. Después fuimos a comer souvlaki al barrio griego. No mucho más para anotar. Pero como tengo ese compromiso digamos con la vida, entonces me debo inventar una razón para seguir. Lo malo es que hoy fue un día más bien monótono de trabajo. Logramos resolver un problema que esta semana nos tenía agobiados. El capitalismo genera esos agobios falsos para que sintamos que tenemos un propósito y un valor. Y después esos agobios nos enferman. Pero entonces hay que ver esas enfermedades como heridas de guerra, con el orgullo de haberse sacrificado por la causa. Menos mal que ya es viernes otra vez y me puedo desentender del mundo exterior. A ver si mañana tengo algo más sustancioso para compartir.

Lengua

Encontré este puesto de sánduches cerca del trabajo donde tienen uno de lengua de vaca que me ha reconciliado con el universo. Hoy lo pedí para llevar y eso comimos en la casa. Llegaron a la casa todavía calientes y jugosos.

Es difícil conseguir lengua por acá en estas latitudes con tantos remilgos dietéticos. Incluso el hígado requiere suerte. A veces, muy ocasionalmente, los encuentro en el supermercado. Con la lengua tengo el inconveniente adicional de que mi proceso de preparación de la tradicional lengua en salsa alcaparrada familiar pasaba por una llamada larga a mi abuela, y eso ya no se puede. Así que por lo pronto me resigno a lo que me ofrezca por ahí la mano invisible del mercado, tan hábil en complacerme cuando le conviene.

Virgulilla

La Novela Luminosa de Levrero me insta a retomar este diario abandonado, así sea de vez en cuanto (dejemos el error tipográfico), así sea solo para decir que aquí sigo, tan atento como ausente.

Compré hace varios meses un nuevo computador portátil marca Lenovo muy ligero (casi demasiado ligero) y cómodo que ahora poso en mis piernas para escribir desde la cama. Lo compré como ejercicio de resistencia contra los computadores de Apple que llevaba usando desde 2003 o 2004 ya que en sus últimos modelos me han parecido bastante insuficientes considerando el precio. Este Lenovo ha resultado ser un buen aparato. Hace lo que debe hacer, tiene lo que debe tener y no puso problema instalándole el GNU/Linux. El teclado, tal y como prometen todos los fanáticos de la serie ThinkPad, es un placer. Configuré el teclado para soltar tildes combinando el Alt de la derecha con «’» más la letra que corresponda. Lo malo es que la eñe sale con un «~» más la ene y la virgulilla está muy lejos, en la esquina superior izquierda, así que todavía no tengo totalmente automatizado el gesto y por ende prefiero evitar las palabras que usan esa letra de repente incómoda. Las tildes sí las llevo bien. Ya ni lo noto.

Casi siempre que compro o estoy por comprar cosas que considero costosas me entra una angustia que no sé aislar bien pero relaciono con cierto compromiso de «clase» que siento que traiciono al adoptar un nuevo lujo. Después del gasto duro sintiéndome culpable y hasta juzgado por semanas. La plata me incomoda. Lo pésimo es que cuando teníamos poca plata eso también me angustiaba. Uno nunca está feliz. Lo que cambia es el sabor de la insatisfacción.

94

Tengo conflictos con el capitalismo. Siento que me falta el tipo específico de valentía cruda (una vaina que a mis ojos es casi más defecto que virtud) que el capitalismo exige a sus participantes más activos y que es particularmente evidente en quienes alcanzan el éxito ahí adentro. El capitalismo no permite jugar sin realmente jugar. El costo emocional de todo eso para un tipo más bien cobarde y débil como yo es a veces demasiado alto.

Sospechoso

¿Por qué las compañías de cosméticos siguen haciendo champú para adultos que irrita los ojos si ya hace varias décadas que Johnson y Johnson descubrió la fórmula para un champú que no lo hace? ¿Para qué quieren que cerremos los ojos mientras nos duchamos? ¿Qué intentan ocultar? ¿De qué trampa capitalista nos distraen? Sospechen por principio de todo producto que los obligue a cerrar los ojos al usarlo.

No más lágrimas
Anuncio del champú “no más lágrimas” de Johnson & Johnson de 1956.