Estuve leyendo las primeras cartas de Memoria por correspondencia de Emma Reyes y creo que lo que más me ha sorprendido por lo pronto, más que nada porque jamás se me había pasado por la cabeza, es que hace unos cuarenta años las personas se escribieran cartas tan largas y completamente libres en cuanto a temática y énfasis. Cartas, por ejemplo, sobre una infancia lejana. Las cartas eran un artilugio de comunicación extraño que para ese momento no tenía la capacidad de competir con otros medios en cuanto a urgencia, así que es natural que se dedicara a conversaciones pausadas e íntimas cuyo único propósito era sostener relaciones personales en el tiempo pese a las distancias todavía brutales. Entre los matemáticos hasta hace muy poco, unos veintitantos años, todavía era bastante común la colaboración entre colegas por carta, cuyo ritmo se acomoda muy bien al modo de trabajo pausado que la matemática medio exige (los períodos de digestión y apropiación de nuevas ideas son prolongados). No me acuerdo dónde vi la forma como las cartas de Littlewood y Hardy van perdiendo progresivamente encabezados y cualquier tipo de formalismo epistolar hasta que finalmente se vuelven intervenciones sin preámbulos dedicadas enteramente a la matemática que intentaban desarrollar. Un detalle simpático es que las escribían aunque trabajaban en el mismo edificio y se encontraban casi a diario. En una de esas cartas, en medio de los cálculos, uno le cuenta al otro (no recuerdo quién a quién) que Ramanujan murió. En la respuesta el otro hace un comentario muy breve al respecto y continúa con los cálculos.