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Ducha

Durante la ducha pensé que la puerta del apartamento estaba sin seguro, casi nunca trancamos, y cualquiera podría entrar y robarse a la niña aprovechando que yo estaba en el baño. Tuve que cerrar la llave y salir del baño en carrera a la sala a asegurarme de que Laia siguiera dormida en el sofacama. Ahí estaba profunda. Justamente le decía a Pilar ayer que mi vocación es la angustia.

Miércoles

Compramos rosales para sembrar en el balcón. Queremos sillas para sentarnos a recibir el sol los fines de semana. Por estos días, el tiempo se acumula como la nieve en las esquinas del invierno. Dedico una fracción del día a mantener el apartamento limpio y en orden. Cocino por las tardes. He reducido un poco (aunque no tanto como desearía) mi presencia en línea. El objetivo principal es escribir. Pero sufro de falta de propósito (o de autoconfianza) y asaltos regulares de ansiedad relacionados con este mal. Intento sublimarlos de manera parcial en la cocina, la lectura, los oficios y con los gatos. Estoy triste. Pienso mucho en Mauricio y en la muerte. Por eso, para evadir eso, para no pensar de más, escribo aquí sobre la guerra, los bombardeos, el miedo y las emisoras de emergencia donde anuncian el fin y entrevistan cuerpos que no hablan. Asímismo voy todos los días, muy temprano, a mirar a las gallinas, abastecer los comederos y recolectar los huevos. Los pongo en una canasta y los cuento al llegar a la cocina. Luego los meto a la nevera. Hoy pusieron diez. Tenemos muchos más de los que necesitamos.

Miércoles

Trabajo en asuntos pendientes por la mañana. Demasiadas cosas por hacer. Limpio, ordeno y decoro mi zona de trabajo (ahora reubicada en lo que espero convertir en un estudio). También pego un par de afiches en las paredes. Creo que al estudio le hace falta un sillón para leer. O un diván. Y una estantería para libros. Desayuno huevo frito con pan tostado y te verde. Se me olvida almorzar. Recuerdo que debo comer cuando Mónica ya está por regresar. Lavo los platos, tiendo la cama y limpio la cocina. Ahora (por fin, tras tres meses de obras) hay de nuevo andenes afuera. El cemento estaba fresco y eso es siempre tentador para el artista vandálico que hay en mí. Me contuve. Cenamos temprano unas pastas con pesto. En el fondo, durante la mañana, escucho apartes de las entrevistas a Kurt Cobain que hacen parte del documental (que no tiene mucho de documental) About a son. Cuando niño, Cobain pensaba que venía de otro planeta. Por la tarde escucho Nevermind en bucle. Cuando me canso hago lo mismo con Bleach. De repente estoy de regreso en 1993. Pareciera como si a Cobain le doliera cantar. En las entrevistas habla de su dolor de estómago y cómo la heroina dizque lo resolvía. También habla del orgullo (y supuesto sentido de responsabilidad) que le despertaba el nacimiento de su hija y cómo quería ser el papá para ella que su papá no había sido para él. Pero luego se mata cuando la niña (que acaba de cumplir dieciocho años, por cierto) tiene veinte meses. Es triste. Hace unos minutos vimos el video de presentación de la zona de partos del hospital donde nacerá Mauricio. En quince minutos dijeron todo lo que yo quería saber y el curso prenatal no había sido capaz de explicarme en tres sesiones de dos horas cada una. A Mónica le duele la espalda. Aquí está una foto de la panza hoy, con su camiseta de panda.

Martes

Me levanto temprano. Leo un cuento hiperviolento de Federico Escobar y le envío un correo largo con comentarios. Se titula, inofensivamente, Manizales. Juan me escribe: vio esto y se acordó de mí. Hago desayuno. Acompaño a Mónica a tomar el bus. Camino a la casa. Trabajo un poco por la mañana. Le recomiendo a Laura lugares en Nueva York. Escribo correos. Recaliento comida para el almuerzo (arroz congui y carne de cerdo). Leo este cuento de Daniel Espartaco Sánchez. Lo vuelvo a leer. Tomo el bus hacia el hospital. En Richmond con Dundas se sube un señor que huele a orines. Se sienta justo al frente mío. Contengo la respiración y oigo a Dan Savage reconfortar gringos con problemas de identidad sexual. Espero a Mónica en el punto acordado. No llega. Me asusto. Llega en taxi cinco minutos antes de la cita. Se le hizo tarde. Me desinfecto las manos al entrar al hospital. Miro personas en sala de espera. Hay un hombre de pantaloneta de jean a la Carlos Vives que tiene todas las piernas tatuadas con lo que a mi juicio son malos dibujos infantiles. Su hija, una niña de siete años, está vestida de cuero y tiene gafas negras. Es probable que ella sea la artista que decora las piernas de su padre. Hay una niña, más pequeña, que cuenta revistas con su papá. La mamá sale del consultorio, está embarazada, y la niña corre hacia ella y le entrega una revista que le guardó. Pienso en la perspectiva (horrenda) de enviar a Mauricio a un colegio. Odio los colegios. Había olvidado que Mauricio tendría que soportar ese martirio algún día. Mónica sale de la consulta. El cérvix se está borrando y Mauricio está en posición. Todo está preparado para su despegue vaginal hacia el temible mundo exterior. El doctor Fellows dice que faltan pocos días. Regreso a la casa a pie. Helado de yogurt con fruta (mango, frambuesa y mora; el helado tiene sabor a te verde) ante la imposibilidad de comprar bubble tea. Reviso el buzón de correo. Limpio la arena de los gatos. Escribo un twit que usa (correctamente, creo) la palabra “empero”. Escribo otro correo electrónico. Intento leer una entrevista a Pierre Bordieu que Miguel me recomendó. Fracaso. Creo que Pierre Bordieu usa un lenguaje secreto. Hablamos de gramática y Jaime Ruiz. Hablo con Mercedes varias veces durante el día. Renunció a la invisibilidad para volver a sentirse una chica popular. Pienso en un artículo de Rahim y Tom que hace meses que debería haber leído. Me da culpa. Juan me tranquiliza y me asegura que un taxi no se puede rehusar a llevarnos al hospital. Hablo con Sergio, el jueves se va a las tierras del norte. Instalamos una repisa blanca en el cuarto. Pongo un dinosaurio verde y gordo para estrenarla. Hay grillos afuera. Más que de costumbre. Encuentro a mi Asterix y mi pulpo naranja debajo del sofá nuevo junto al gato superhéroe de Gonta y su araña de jugar fetch. Juego fetch con Gonta. Me hago un sánduche, un vaso de te verde y sirvo papas fritas que compré en el Ikea. Me quejo al aire por séptima vez: las papas fritas del Ikea norteamericano no se parecen en lo más mínimo a su contraparte europea. Como. Debería comer mejor. Recuerdo una vez más que debo cargar la batería de la cámara. No hago nada al respecto. Debo dejarle comida a los gatos antes de salir al hospital. Debo dejarle comida a los gatos antes de salir al hospital. Plinio pide comida. Los platos están vacíos. Les sirvo comida. Plinio ronronea. Transmission me anuncia que Darkon está aquí. Veo (maravillado) pelear en juego a los gatos. Admiro el estilo de Plinio. Es poco efectivo pero elegante. Ayudo a Mónica a actualizar su hoja de vida. Oigo Little Person. La canto. Me pregunto por qué todos estamos tan lejos. Creo que leeré un poco antes de dormir. Huele a mofeta afuera. Ayer, por cierto, vimos una mofeta en el parqueadero. Dicen que hay que tenerles miedo.