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El matrimonio nos une, no nos procrea

Una buena defensa del matrimonio entre parejas del mismo sexo desde una perspectiva católica (Vía Dan Savage):

For those more inclined to divining truth from modern day mythology than Scripture, I suggest watching the first 10 minutes of the Pixar film, Up. A couple that desires children experiences deep loss and sadness when they find out that they cannot conceive. But does that make their marriage any less of a marriage? When a couple practices birth control (natural of course) while having sex, are they less married at those times than when sperm is free to encounter egg? And are married couples who choose to not have children really not married couples after all?

The answer to these questions is, of course, a resounding “no.” That’s because the primary purpose of marriage is unitive, not procreative. It is the union that makes the marriage sacramental. Marriage, in and of itself and regardless of the presence of children, is a path to God.

Homofobia

Tal vez la homofobia en Colombia tenga raíces religiosas, pero es evidente que se extiende mucho más allá de la esfera religiosa. La homofobia en Colombia es endémica. Proponer a la Iglesia Católica (o a la Conferencia Episcopal (o a los cristianos en general)) como blanco principal de las críticas y cánticos en contra de la discriminación es un juego fácil pero estratégicamente inocuo. Es inocuo porque aunque la Iglesia efectivamente ejerza presión política para impedir que se adopten legislaciones más progresistas al respecto, sus razones para sostener estas posiciones son dogmáticas y difícilmente manipulables a través de la protesta. De alguna manera se podría decir que, como sugiere Mauricio, ser homofóbicos es parte de su misión. En las sociedades donde se ha llegado a una actitud más positiva al respecto de la homosexualidad la Iglesia Católica igual persiste en sus citas a Levítico 18-20 y sus memorias delirantes de lo que pasó en Sodoma.

Dado lo anterior, pienso que el objetivo de las campañas contra la homofobia no debería ser la Iglesia, sino aquellas personas que ejercen la homofobia no por convicción religiosa sino por costumbre, que son casi todas. Un sector amplio de la sociedad colombiana urbana tiene una relación distante con la religión y difícilmente presta atención a las necedades de los curas con respecto a la sexualidad (usan métodos anticonceptivos, tienen sexo antes del matrimonio, &c.), pero aún así mantiene actitudes homofóbicas basadas en prejuicios, ignorancia y miedo a la diferencia y lo desconocido. He ahí el verdadero obstáculo. En Colombia el índice de homofobia personal es esencialmente ortogonal a la afiliación política: aquellos que se autodenominan “de izquierda” o “progresistas” tampoco quieren maricas de vecinos, prefieren negros, y eso que también son racistas (ver el Latinobarómetro de 2009). Los activistas deberían reducir sus intentos de acallar a los curas y más bien concentrar sus esfuerzos en ganar la solidaridad y el apoyo de este sector que describo. Mientras que la batalla contra la discriminación de los homosexuales sea percibida como una causa de los afectados (una minoría pequeñísima y para colmo mayoritariamente invisible por culpa de la misma homofobia) y no como un problema social amplio, un problema relacionado con nuestra relación negativa con el sexo, la intimidad y lo raro, las pequeñas y agónicas victorias en las cortes y el congreso serán frágiles y siempre correrán el riesgo de dar marcha atrás.

Arrepentimiento

Yo no quiero hacerla llorar pero la hago llorar y me entra culpa porque sé que podría ahorrarle todo este dolor de alguna manera si supiera, si hubiera sabido, manejar mejor lo que sentía y expresarlo, sobre todo expresarlo, antes de que se atascara y empezara a hacerme sentir (tan) mal. Pero ya es demasiado tarde para eso. El arrepentimiento es un sentimiento fútil, que no resuelve ni repara. El arrepentimiento es una forma de autodesprecio socialmente aceptada que sirve al propósito último de convencernos de que si no podemos estar bien con nosotros al menos podemos estar bien con Dios. Porque Dios es quien lo aprecia y aplaude. Dios se alimenta de nuestra culpa y del sufrimiento que sentimos al aceptarla. Es una suerte de vampiro moral ese Dios de castigos y amenazas que nos inventamos para no perder el control sobre nuestra naturaleza descarriada. Nada lo place como el pecado, porque sabe que el pecado es fuente segura de la pena que precede al ruego, al clamor por ese perdón abstracto, distante, pleno, que Dios todopoderoso concede con una sonrisa tras la correspondiente humillación. A esa sonrisa, a la sonrisa sádica de la divinidad omnipotente ante el hombre débil, arrodillado, destrozado, sin dignidad, es a la que llamamos ingenuamente bondad.