El domingo fuimos al supermercado a comprar la comida de la semana y había patas de cerdo en la sección de carnes a veintitrés dólares. Sin pensar, compramos una de diez kilos. Al llegar a la casa llamo a mi abuela a preguntarle su metodología para la pata de cerdo asada. Mi abuela, que no oye mucho, cree que compramos paticas de cerdo y recomienda meterla en la olla a presión por una hora y acompañarla con fríjoles.

Después de adobarla con cebolla y ajo licuados, pongo la pata en la refractaria más grande que tenemos y reacomodo el horno para abrir espacio porque en la configuración normal no cabe. No sé qué habíamos cocinado en el horno recientemente, pero de pronto, tras apenas diez minutos adentro, la base del horno empieza a arder. Como puedo saco la pata y aplaco el fuego con un trapo mientras Mónica corre a buscar el extinguidor en el pasillo. Al tiempo que golpeo las llamas pienso en cómo salvar a los gatos en caso de que el incendio se expanda. Por fortuna, antes de que Mónica rompa el vidrio de seguridad con el puño grito que el fuego ha sido controlado. Salvo su puño, la cocina y los gatos. Sé que pudo ser peor.

Dejo enfriar, limpio el horno y vuelvo a empezar.

La pata dura cerca de cinco horas en el horno a 180 grados centígrados hasta que la temperatura interna alcanza los 65. Durante el proceso tuve que sacar un par de veces grasa acumulada porque parecía a punto de desbordarse. El cuero estaba crujiente. La carne quedó blanca y jugosa.

El lunes por la tarde mientras Laia dormía corté la pata en lonjas gruesas que luego acomodé como pude en dos contenedores de plástico verdes que compramos hace poco en el supermercado.

Me dio lástima botar el hueso a la basura por falta de perro para premiar.

Llevamos comiendo pata cuatro días y todavía no limpiamos el primer contenedor. Creo que nos excedimos. Cuando compré la pata jamás pensé que tendríamos que comérnos diez kilos de carne entre los dos. Mi ilusión era asar la pata en el horno, como mi abuela en las navidades familiares de mi infancia. Tal vez añoraba esa sensación de comunidad reunida en torno a la mesa, nada más. Ya perdí la cuenta de las decisiones de mi vida que he tomado con criterios parecidos.