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Berenjena

Llevo un buen rato intentando igualar esto. Es un plato de berenjena con carne de cerdo que comemos en un restaurante en el barrio chino de Toronto cuando vamos. Es un restaurante sencillo con cara de nada especializado en comida de Sichuan. Esta es una foto que Juan Pablo nos tomó ahí. El primer avance significativo en la dirección correcta se debió al descubrimiento de un supermercado chino gigante en el pueblo. Sin berenjenas chinas no hay paraíso. El resto ha sido un ejercicio de ensayo y error no muy sistemático. Todavía hay matices de la salsa que no logro capturar. La receta básica es fácil: se cortan y doran las berenjenas, se marina la carne, se sofríe ajo y ají seco, se incorpora la carne y después la berenjena. Lo decoro con cilantro y cebolla. El gran misterio es cómo marinar la carne. Hay diferentes versiones en línea, algunas mejores que otras. Todavía no sé cómo lograr el sabor dulzón ni cuál es la proporción correcta de salsa de soya y salsa de fríjoles. Algunos sugieren pasta de ají seco al final. En fin, no sé casi nada, pero cada vez que tengo la oportunidad vuelvo a intentar. Hoy la textura del berenjenas era la correcta pero la salsa se sigue sintiendo incompleta. La próxima vez le echaré una cucharada de azúcar y jengibre rayado a ver qué pasa.

Aparte del libro chino de la destrucción

Dos chinos se disputan el control de la calle. El primero, curtido en el arte de la confrontación, espera paciente un error de su adversario en una banca frente a la puerta de su casa mientras pela una mandarina. Lleva días ahí. El segundo, inexperto, aguarda su momento oculto en un balcón. La calle siempre está llena de niños que juegan con pelotas, pólvora, cometas y lanzas de bambú. Cuando crezcan, irán a la guerra y morirán, como todos. Será triste. Dolerá. Pero la destrucción nunca es consecuencia. Una cometa amarilla se pierde entre las nubes. Lleva un mensaje. La mujer del chino joven quiere que compre un pato para su primogénito. Un pato es un buen animal. Es noble y trae felicidad a la familia china. La familia china trabaja por su fortuna. Cuando el chino viejo era aún joven tuvo una granja de patos en un pueblo setenta leguas al oriente. Vendía los patos a restaurantes de la ciudad. Eran patos jugosos y de buen sabor. Los patos escaparon una noche durante una tormenta, mataron a su padre y se comieron sus ojos. Por eso ahora prefiere a los conejos. El caldo de conejo con panecillos al vapor cada mañana es el secreto de su vitalidad.