Rango Finito

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Me gusta esconderme en las películas. Entre la oscuridad, envuelto en historias, me siento inmaterial y por tanto completamente a salvo. Es mi estado ideal.

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El amor entre Eve y Adam es intenso. Llevan siglos compartiendo la vida, atentos a las mareas de las culturas. Su relación con los hombres es ambigua: de monstruos depredadores decantaron en admiradores de la fuerza contenida en la brevedad de la vida. Su contacto con los mortales es delicado y cauto, casi cariñoso: les duele la incapacidad de la especie para imponerse sobre sus mezquindades y responsabilizarse de su destino compartido. Adam ha perdido la fe. Eve se abraza de su optimismo. Adam se oculta en los barrios abandonados de Detroit, deprimido, dedicado a su música y aislado del mundo. Por momentos considera el suicidio. Eve vive en Tánger (ahora quisiera conocer Tánger), sale a la calle, lee libros, baila, oye música, habla con su viejo amigo (y proveedor) Christopher. Cuando Eve visita Detroit, Adam le enseña las ruinas y le cuenta que todos se fueron y Eve le responde que es temporal: hay agua, regresarán cuando el sur arda. Este lugar volverá a florecer.

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Por cosas del tiempo, que pasa y no me lleva, ya estoy absolutamente por fuera del rango de edad de la población que los estudios de cine esperan capturar con sus blockbusters de mitad de año, así que voy a esas películas a sabiendas de que no encontraré nada para mí más allá que esa desmesura argumental y estilística que las caracteriza y que nunca pierde (o eso pensaba) su encanto.

(Miento: en el fondo tengo la ilusión de que todavía pueda conectar y acreditar juventud y por ende vigencia. Por eso voy también.)

Pero entonces en medio de la pelea final y determinante en una planta de energía a orillas del Hudson las descargas de Elektro para fritar al Hombre Araña se revientan contra los transformadores o como quiera que se llamen esos postes forrados en anillos metálicos y los postes vibran, se iluminan como barras de sonido y sueltan tonos que, combinados, producen una versión electrónica particularmente oscura de Itsy Bitsy Spider. Ni siquiera la pelea final (en la que sin duda morirá el villano, o sea una víctima más de la maquiavélica corporación Oscorp) merece solemnidad. La fusión entre el cine de alto presupuesto y los parques de atracciones mecánicas que se inició con Los Piratas del Caribe ahora es plena.

Pese a mis bajas expectativas, me aburro. Ya ni los saltos al vacío de Peter Parker desde los rascacielos de Manhattan en dos dimensiones y media me logran emocionar.

Rústicos

Como en otras de las películas del nuevo cine de terror francés, en Calvaire la amenaza se manifiesta en el mundo rústico, fuera de la seguridad certificada de las ciudades, pero el manejo visual, aunque novedoso y cuidado, evade la brutalidad explícita de las películas francesas (sello característico de la escuela). En cambio, intercala el martirio del protagonista (un joven cantante de ancianatos en manos de un posadero afable pero desequilibrado) con escenas extremistas de la típica (?) vida bucólica belga, como la iniciación sexual de un adolescente con un cordero (bajo la supervisión animada de familiares y amigos) y un baile improvisado e inquietante en una taberna. El campo en las películas del nuevo cine de terror francés es un territorio no sólo desconocido e incomprensible sino devastado socialmente (la deuda con The Hills Have Eyes et al. es innegable). Quienes lo habitan son personas con limitaciones cognitivas y/o mentales, desconectadas de la realidad y sumidas en hábitos malsanos y códigos morales corruptos. Salir de la ciudad es siempre el primer error.

Largas agonías

El llamado nuevo cine de terror francés es sangriento. Dentro del género del cine de terror sangriento, el cine de terror francés es notablemente sangriento. Uno de sus ingredientes recurrentes es una mujer lavada entera en sangre (propia y ajena) que suelta un aullido rabioso hacia la entidad real o figurada que permitió su martirio. A diferencia de Saw, Hostel y similares, en el centro del nuevo (ya no tan nuevo) cine de terror francés no está la tortura sino el asalto. Las protagonistas son sitiadas y reducidas por amenazas incontenibles e incomprensibles ante las que la única respuesta aceptable es la brutalidad recíproca. La acción se inicia rápido, sin preámbulos empáticos, y la violencia desatada asciende sin pudores comerciales hasta el clímax del cierre (que por lo general destruye cualquier expectativa de redención). La tensión se sostiene sobre la capacidad de resistencia de los personajes. A partir de cierto punto, la inclemencia del castigo los libera de sus limitaciones físicas.

Las cinco películas canónicas del nuevo cine de terror francés son Haut tension (2003), Ils (2006), À l’intérieur (2007), Frontière(s) (2007) y Martyrs (2008).

Aunque producidas independientemente, las cinco están repletas de puntos de contacto y en conjunto conforman un comentario mordaz a los temores del cómodo urbanita (¿francés?) contemporáneo. En Haut tension dos estudiantes universitarias son acechadas por un plomero sucio, gordo y burdo. En Ils una pareja de intelectuales franceses aislados culturalmente en Rumania reciben una visita de cortesía de los salvajes nativos. En À l’intérieur una mujer embarazada es atrapada en su propia casa por una psicópata empeñada en hacerle una cesárea a tijera. En Frontière(s) un grupo de muchachos de la banlieue parisina escapan de la ciudad en medio de disturbios pero son capturados por una familia caníbal neonazi. Y en Martyrs… bueno, de Martyrs es mejor no decir nada.

Algunos también incluyen en esta lista a la belga Calvaire (2004). La veré mañana.

Luna

Esta semana también se murió Bigas Luna. Le debo un porcentaje nada despreciable de mis debilidades sadomasoquistas y una buena dosis de sana confusión sexual general en el momento que más me convenía. Sus películas están conectadas en mi memoria a mi época de cinéfilo solitario en Bogotá, siempre a deshoras en teatros vacíos.

(Otro que cayó fue Jesús Franco. De ese nunca he visto nada, qué vergüenza.)

Empalada

En la lista de preguntas frecuentes sobre Holocausto Canibal en IMDB explican cómo fue empalada la mujer de la escena icónica. La clave, una silla de bicicleta:

A bicycle seat was fastened to the end of an iron pole, on which the actress sat. She then placed a small pole of balsa wood in her mouth and looked straight up, making it seem like she had been impaled. When Deodato was summoned to court for multiple counts of murder, the actress depicted as impaled – and thus, dead – actually performed the stunt to the court to show it was possible. This was the only way of officially proving that indeed it was merely a special effect and not a grisly act of murder.

Putos genios.

El maestro Ruggero Deodato en Hostel 2. (Mil disculpas por el gif animado, no pude resistirme.)

Película

Al principio hay doce jóvenes al borde de la edad que legaliza sus vicios. Uno a uno, los jóvenes son asesinados en circunstancias por aclarar. Algunos aparecen empalados. Otros son crucificados. Uno de ellos es troceado y sus partes aparecen entre los armarios de la cocina de su abuela. La vieja los encuentra y entra en catatonia. No hay patrón ni lógica reconocible. Son muertes vulgares, sin la sofisticación visual y mecánica característica del género sangriento moderno. Los jóvenes no se conocen, ni siquiera viven en la misma ciudad, y por fuera de su vínculo generacional evidente no hay ningún detalle por mínimo que sea que los unifique más allá del hecho de que son los jóvenes muertos en esta película. La crueldad de los asesinatos escala a medida que los jóvenes se agotan. Ninguno sabe lo suficiente como para sospechar que será la próxima víctima. Uno de los jóvenes está enamorado de una mujer mayor que se aprovecha de su inocencia. Otro tiene problemas con su cuerpo que resuelve en peleas con desconocidos en centros comerciales. Otra más, una de esas veinteañeras con actitud y porte de adolescente, se odia en pose por ser tan perfectamente única que nadie está a la altura de su excentricidad. El protagonista, que podría ser cualquiera, quiere ser músico pero no siente que tenga lo que se necesita para triunfar. En realidad es una película sobre jóvenes, no sobre sus muertes. Sus muertes son exabruptos que impiden que la película progrese y los personajes alcancen la dimensionalidad plena que prometen. La primera víctima indirecta del asesino es el guionista, que presencia impotente como sus mejores personajes (los que guardó celosamente para la película que sería suya) son torturados por una fuerza sobrenatural que les niega su verdadero destino dramático. Los actores, inmersos en su papel, lloran al descubrir que su personaje también será asesinado. Nadie les avisó que terminaría así pero no hay alternativa. No es la primera película que se deshace en una masacre sin sentido pero nadie quiere que sea la suya. A veces pasa. Es necesario. La entidad pide un sacrificio y debe ser complacida. La entidad elige. Todo es ficción pero la muerte es real. La muerte siempre es real.

Ebert

Buscando su reseña sobre Hostel 2 me enteré de que hoy se murió Roger Ebert. Llevaba años en guerra contra un cáncer que empezó en la mandíbula. Había perdido el habla en el proceso pero seguía viendo películas y escribiendo sobre cine. Ayer, precisamente, había publicado una nota anunciando que reduciría el ritmo de trabajo por razones de salud. Su vínculo personal con Urbana me hacía sentirlo cercano. Cuando llegué a Estados Unidos veía su programa los fines de semana por puro desparche, para aprender inglés. Luego —influenciado por Alejo, sospecho— empecé a leer sus reseñas, que eran generosas sin ser complacientes y generalmente incluían un par de anotaciones que le daban un giro (para bien) a casi cualquier película. Ebert era un cinéfilo sincero y humilde que no pretendía hacer teoría sino acercar el cine a la gente. Yo buscaba sus reseñas para contrastar mis sensaciones tras ver una película que me confundía. En ese sentido era un gran interlocutor. Usualmente coincidía con él en su apreciación entusiasta del cine comercial, aunque a veces me parecía demasiado moralista. Sus comentarios eran normativos y profesionales en su estructura y enfoque general pero dentro de ese formato hacía lo que quería. Suena raro pero basta leer unas cuantas de sus reseñas para apreciarlo. No sé si Ebert influenció la forma como escribo (o escribía) sobre cine, pero siempre admiraré su constancia, compromiso y disposición. Fue una suerte contar con su presencia y ejemplo por tantos años.

Dimensionalidad

Para referirse a personajes sustanciosos y realistas, bien construídos, los comentaristas de libros y películas usan la expresión personajes tridimensionales. Siendo justos deberían ser tetradimensionales. Un personaje tridimensional suena casi necesariamente estático, a menos que sea una de las criaturas del mundo plano.

Compliance

Mi experiencia de Compliance fue determinada seriamente por el efecto del pastorcito mentiroso. Me explico: estamos tan acostumbrados a ver películas “Basadas en la vida real” donde los guionistas toman libertades para convertir la historia en una trama digerible y comercializable que cuando encontramos una película que se toma esa premisa en serio, cuando de verdad se ciñen a lo que pasó incluso si lo que pasó es absolutamente inverosímil/incomprensible, nuestra primera reacción es dudar de la capacidad de los guionistas para ofrecernos esa papilla regurgitada a la que estamos acostumbrados. Como consecuencia, ver la película se convirtió en un conflicto constante entre mis expectativas narrativas y la inverosimilitud brutal de la historia real. Me tomó más de dos tercios de la película entender que era improbable que un equipo de guionistas razonables (que estrenan películas en Sundance) montaran un guión sobre una situación tan absurda sin que ese absurdo no fuera sino un retrato (casi) exacto de algo que había pasado en realidad (recomiendo seguir el enlace sólo después de ver la película). La advertencia al inicio (GIGANTE) no bastó.

Una vez asumí consciencia de la inevitable realidad de lo que pasaba, Compliance se volvió una película devastadora. Todavía no sé qué pensar de lo que cuentan ahí.

Nunca en cines

Esta no es una novela juvenil desenfadada sobre la pasión por el cine. No le crean nada a la contraportada. El cine es mejor lenguaje que tema. El título es una estrategia de distracción. Nunca en cines es una colección de notas dispersas sobre la construcción y pérdida de una amistad. Es una historia que ha sido contada muchas veces y merece ser contada muchas veces más porque siempre es distinta: dos personas se conocen y hay un vínculo semi-prodigioso que los sostiene conectados intermitentemente de ahí en adelante hasta que ya no se puede más y más allá. El vínculo crea momentos compartidos que son incomunicables. Esos momentos definen la amistad. Nunca en cines nace del drama de la pérdida pero subsiste en júbilo de lo vivido. Por eso es burlesca y, sí, desenfadada. No es una novela de trucos ni giros ni una proezas estilísticas. No tiene pretenciones de convencer ni transformar a nadie. Es una celebración sincera de los entusiasmos contagiosos de un amigo, de su legado. Hasta los mejores amigos se mueren. Pasa todo el tiempo. Se mueren sin querer incluso cuando quieren. Y siempre se mueren al final. Pero para morirse, por fortuna, primero necesitan estar vivos.

一命

Ciertos grupos sociales se definen por unas reglas de conducta que de alguna manera los sitúan a la cabeza de la (¿o una?) jerarquía moral. Desde ahí establecen, mediante cálculos legales, quién es digno de su respeto y atención y quién merece castigo. Los formalismos son una forma de opresión pasiva poderosa. El sistema de reglas de conducta sirve de fachada para fortalecer una posición de autoridad. Su rigor es, por ende, selectivo. Confrontar el código para evidenciar su carácter ficticio requiere sacrificios inmensos. Sólo en derrota honorable hay victoria.

Seeking a friend at the end of the world

La aniquilación de realidades es un evento cotidiano. Mueren en olvidos y también en muertes literales. Las personas se despiden. Las distancias destruyen las historias hasta que no son más que ficciones empacadas en recuerdos convenientes. El tiempo es cruel y no sirve a nadie. Los mundos se derrumban. Los he visto caer frente a mí. He caído con ellos. A veces en broma decía que me gustaría ver el fin, que me sentiría privilegiado de ver el cielo arder. Pero luego lo vi y no sentí más que incomprensión e indefensión. Estaba afuera con el teléfono en la mano, era domingo. Por fortuna ella me esperaba en el corredor para abrazarme y recordarme que todavía nos teníamos. Juntos en nuestra soledad. Sin ella a mi lado no habría sabido qué hacer.

Bernardo Hoyos

Durante los noventa, a Bernardo Hoyos era fácil encontrárselo en los cines del Centro Comercial Granahorrar. Ahí lo vimos alguna vez, sentado en primera fila junto a su lazarilla para poder distinguir entre manchas borrosas las escenas de Saló, durante una de tantas proyecciones de la supuesta última copia disponible en el país (eternamente a punto de ser incinerada). Bernardo Hoyos, su voz y lo que él representaba (la cultura culta de la alta sociedad pretenciosa) eran objeto de burla frecuente entre mis amigos. Pero creo que esa mañana de sábado, entre nuestras risas y las súplicas de los jóvenes torturados, el señor fue al menos momentáneamente parte de nuestra hermandad de (falsos) renegados.