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Pizza

Una pizzería en la calle Queen con Pape asegura, en un tablerito en la acera junto a la entrada, ofrecer la mejor pizza de la ciudad. Desde afuera luce lúgubre, con una selección de pizzas tibias a medio vender tras un mostrador de vidrio y un par de muchachos aburridos junto a la caja. Hoy pensaba que llevo dos años leyendo al menos cada semana la promesa de esa pizza perfecta y todavía no me convence. En el fondo tengo la ilusión de que algún día finalmente me decida, compre una tajada de hawaiiana y resulte fabulosa. La ilusión y el miedo, ahora que lo escribo, ambos con igual intensidad.

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La ciudad es grande y está llena de gente. De noche se siente solitaria sin ser amenazante. Especialmente a medida que me alejo del centro. Cada vez menos personas. Me tranquiliza la soledad. Me atrae la idea de, llegado el momento, vivir tan lejos como pueda del mundo.

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Una señora pasa frente a la casa y nos mira desde afuera. Camina despacio y no deja de mirarnos con molestia. Su pelo gris tupido me recuerda un gorro de invierno que alguna vez quise tener. Lleva la ropa descolorida de quien ya no tiene nada que ganar y un perro escaso que la sigue con disgusto mientras nos mira. Tal vez juzga nuestra falta orgullosa de cortinas. O mi desnudez expuesta en la mecedora desde donde escribo esto al tiempo que la miro con firmeza a juego. Compartimos el desprecio y el momento.

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Día gris. En mi camino desde Spadina con Queen hasta la oficina vi la torre refundida entre la niebla. En el mismo punto hace algunos días vi a un hombre viejo con una bolsa plástica en la mano derecha que usaba la izquierda para manipular una interfaz invisible. Inicialmente pensé que escribía números en el aire pero después noté que tomaba pequeños bloques y los reorganizaba en diferentes lugares de una especie de tablero. A veces los hacía girar antes de ubicarlos. A veces simplemente los transladaba. Cada cierto tiempo daba un paso atrás para apreciar el estado global, asentía y retomaba su trabajo. No me atreví a interrumpirlo y preguntarle qué hacía. Tal vez intentaba salvarnos. Quizás gracias a él seguimos vivos.