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Disonancia

Mientras espero en un semáforo (siempre en el semáforo) siento un olor familiar penetrante y delicioso que identifico como el característico de alguna de las varias queserías que frecuentaba en Lyon. Me ilusiono y alcanzo a imaginar el queso cremoso y gris sobre el pan y el sabor a (estado de) bienestar al morder. Todo eso imagino y añoro a través del olor antes de descubrir que proviene de un camión de la basura pestilente que me acaba de pasar. La repugnancia, confundida, tarda un rato en llegar.

Aztlan (2): Una caminata

Álvaro Obregón ⇒ Cuauhtémoc ⇒ Chapultepec ⇒ Balderas ⇒ Ernesto Pugibet ⇒ Artesanías ⇒ Ernesto Pugibet ⇒ Mercado de San Juan ⇒ Ernesto Pugibet ⇒ Plaza de San Juan ⇒ Ayuntamiento ⇒ Lázaro Cárdenas ⇒ Juárez ⇒ Francisco Madero ⇒ Zócalo ⇒ Palacio Nacional ⇒ Zócalo ⇒ Francisco Madero ⇒ Juárez ⇒ Bucareli ⇒ Cuauhtémoc ⇒ Álvaro Obregón. Algo así como 9.5 kilómetros.

Texas

La placa del carro que nos cerró el camino cuando veníamos del aeropuerto era de Texas. El taxista lo notó, semiadelantó al carro infractor por la izquierda, abrió la ventana del copiloto y le gritó al conductor “Esto no es Texas” en ese acento lindo que tiene la gente de acá. Y luego agregó: “Si no llevara a un bebé, le cerraría el paso y dejaría que eso lo arregle la policía.” Luego nos pidió disculpas por el incidente. Yo le dije que no tenía por qué: había hecho lo correcto. Cuando nos bajamos del taxi me dio la mano y me dijo que esperaba que disfrutáramos de su ciudad.

Círculos y viajes

La vida se basa en la repetición de rutinas que describen órbitas no alrededor sino a través de puntos estables por intervalos de tiempo prolongados. Las transiciones de punto ancla son suaves. La niña nace y gira alrededor de la camilla donde está su mamá y luego es trasladada a un cuarto del que sale y entra a medida que las enfermeras administran evaluaciones, exámenes y baños. Un taxi nos trae al apartamento y el punto de referencia de su mundo se establece en la cama, entre mi almohada y la de Mónica, con viajes regulares a la sala, el baño, el consultorio del pediatra, el supermercado y el hospital. Ayer fuimos a Toronto, caminamos por el barrio coreano y luego bajamos a la avenida de la reina y dimos vueltas un poco más, con paso obligado por el barrio chino y el mercado de Kensington. La ciudad nos sienta bien. Hoy iremos a las cataratas de Niágara. Los círculos de Laia se expanden, cada vez más lejos de su centro primigenio. Algún día se alejará de nosotros también.

La ciudad perdida

Decía hoy que Bogotá funciona mejor como buen recuerdo que como realidad cotidiana. La verdad es que a estas alturas ya no recuerdo en qué consiste vivir allá. No la reconozco como mía así sea la única ciudad que tengo. Cuando la visito me siento agredido y amenazado por las personas, la contaminación y la infraestructura por igual. Es angustiante. Todo parece estar al borde del colapso tanto urbanístico como social. Supongo que perdí la habilidad particular (el entrenamiento (¿o la ceguera?)) que se requiere para manejarla y disfrutarla. Me sorprende con sinceridad que alguien pueda. Mi percepción es que Bogotá sólo le sirve (y apenas parcialmente) a los pocos que habitan la burbuja privilegiada. La gran mayoría debe luchar a diario en contra de la ciudad para poder (mal)vivir en ella.