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De acuerdo a un censo educativo de 2012 y estimados de población del Dane para el mismo año. Código, datos y otras gráficas en este repositorio.

Quién manda a quién

La columna de hoy trata sobre la transformación del computador en una máquina de entretenimiento con capacidades limitadas para ser programada por su usuario. Esta transformación está convirtiendo a los usuarios en espectadores. Aunque todavía es posible instalar compiladores e intérpretes de lenguajes de programación en los computadores actuales, esta posibilidad no es promovida por sus productores ni impulsada por establecimiento educativo. En un sistema económico consumido por el software semejante tendencia debería ser por lo menos cuestionable. Pero incluso sin entrar en discusiones económicas, dada la ubicuidad de los computadores y la digitalización progresiva de buena parte de las actividades humanas, la capacidad para programar ofrece a los usuarios una relación menos pasiva con las máquinas que administran sus vidas. Al final es un problema casi político: estamos permitiendo, por pura ignorancia, que los computadores personales se conviertan en otro medio de opresión y control.

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Aquí veintisiete formas de aprender a programar en línea todas muy razonables (Codeacademy tiene hasta versión en español (dudoso, eso sí)). De paso recomiendo este manual de programación para Processing. Está muy bien escrito. También está este video log cheverísimo de desarrolo de una aplicación animada en Javascript.

Con las manos

Durante sus primeros años Internet se hacía con las manos. El código estaba en la superficie, dispuesto a ser modificado y abusado. Con el paso del tiempo la distancia entre el código y el contenido ha aumentado, al tiempo que se ha reducido el control de los usuarios sobre su presencia en la red. De un esquema altamente anárquico donde cada habitante tenía una parcela propia que podía estructurar y administrar a sus anchas hemos pasado a un modelo centralizado donde asuntos como la presentación y en ocasiones la esencia misma del contenido están fuera de nuestro alcance.

Las casas del futuro. “What does a woman do all day?”

Quienes defienden este proceso y lo describen como progreso hablan de una red más pulcra, con varias capas de administración profesionalizadas que supuestamente garantizan que la navegación (o lo que queda de ella) sea más agradable y efectiva. También dicen que esto facilita la adopción de la tecnología y su consecuente popularización al reducir los requisitos técnicos para usarla.

Tengo la impresión, sin embargo, de que esta falta de control local de los espacios personales en línea reduce el sentido de propiedad de la red en general. En cuestión de diez años y sin mayor resistencia de nuestra parte hemos pasado de una red de pequeños espacios (relativamente) autónomos a una red de empresas que imponen las maneras de estar presente e interactuar.

Imaginen que en treinta años todos viviéramos en casas alquiladas a una de cuatro empresas posibles que exigen en el contrato que ningún aspecto de las propiedades (incluyendo el mobiliario, los colores, el uso de espacios, etc.) sea drásticamente modificado so pena de expulsión (argumentan optimización). A cambio, ellos adquieren el derecho de registrar nuestra intimidad con cámaras, eso sí asegurándonos que ninguna persona real mira esas imágenes sino que todas son analizadas por computadores que refinan nuestro perfil de consumo para garantizarnos mejor publicidad en los cuadros que hay en las paredes. Imaginen que hubiéramos permitido que nos hicieran eso. ¿Será que seguiríamos sintiendo que esas casas son nuestras? ¿Qué es exactamente lo que nos conceden esas empresas a cambio de todo lo que entregamos? ¿Quién es dueño de qué?

Por otro lado, con respecto a la ampliación de acceso, tengo la duda de si la aparente reducción de requisitos técnicos no es simplemente una reducción de las posibilidades de uso de la red. Como si Lego dejara de vender modelos para armar, empezara a vender juguetes prearmados con las fichas soldadas y se justificara diciendo que lo hacen para que los niños que no pueden armar los modelos también puedan disfrutar de sus productos. Es claro que no sería el mismo juguete y me atrevería a decir que es uno cualitativamente peor. Me temo que algo similar pasa hoy con Internet.

Juguetes
Todo tiempo pasado fue mejor, especialmente en lo que concierne a los juguetes.

Diseño

Con los años he aprendido a apreciar el valor del diseño como un mediador/facilitador/amplificador del acceso a contenidos y la interacción con los mismos. Es común despreciar o ignorar el diseño bajo el argumento de que no es sustancioso o no aporta, sólo decora; no creo que sea así. El diseño enriquece el texto y le permite existir y aprovechar el medio sobre el cual es transmitido. Entre mis amigos, creo que Miguel y Juan Diego entienden eso muy bien y saben utilizarlo (aunque el blog del primero desmerezca en ese sentido). Entre las publicaciones en línea con diseños que admiro están Fray y Triple Canopy. Cuando se hace seriamente (lo que es difícil), el diseño dice cosas (o al menos ofrece pistas) sobre el contenido que alberga y sus intenciones. En su esencia es organización creativa a un nivel que no se limita a la simple disposición o forma de los componentes (quería utilizar la palabra semántica en esta oración pero no supe dónde ponerla). El buen diseño transmite sentido complementario al texto y lo refuerza. Los instintos estéticos básicos (naturales o aprendidos) a los que apela son en realidad mecanismos sofisticados de acceso y procesamiento de información. Si el cerebro es hardware y el texto es código, el diseño es un conglomerado de protocolos/etiquetas para facilitar la compilación, ejecución y aprovechamiento pleno de los programas descritos por el código.

Viernes (Números)

Nadie durmió. Ni siquiera los gatos. Es el miedo. Vimos televisión toda la noche. Primero series policiacas con muchos cuerpos descompuestos y luego ese programa de la persona que lee números en desorden para asegurarse de que hay alguien ahí, atento. No sabemos si es una mujer o un hombre. Tenemos varias apuestas al respecto. El programa no se inicia ni se termina formalmente. Da la impresión de continuar mientras no es transmitido aunque supongo que la persona debe tener períodos de descanso para comer e ir al baño. O tal vez son varias personas exactamente iguales que toman turnos. La tecnología de la clonación humana está mucho más avanzada de lo que reconoce la ortodoxia científica. Todo el mundo sabe eso. De ahí los laboratorios en islas artificiales, el culto de Los Eternos, y esas noticias frecuentes de los muertos que regresan sin memoria. Los números se acumulan. A medida que los dice cruzan la pantalla a velocidades variables y se van acomodando en una pila cuyo tamaño de fuente se reduce a medida que la pila crece. Algunos números son negros y otros son rojos. En la sesión de anoche hubo apenas siete números rojos. Generalmente son más. Siempre hay más negros, los rojos son especiales, los acompaña con una entonación distinta, más alegre, pero la proporción nunca es tan desigual. En dos horas de transmisión, la persona, que nunca mira la cámara y parece estar sentada en una silla rígida particularmente incómoda, alcanza a leer dos mil números. Hace pausas entre cada cifra y también cuando cambia de página o toma un sorbo de agua de una botella de vidrio sin marca. Nunca la he visto superar el número cien mil, pero hay historias que se cuentan entre los seguidores más fieles de números larguísimos, todos rojos. Durante un tiempo pensé que era parte de algún código, que quería transmitirnos un mensaje, todo el mundo piensa eso ingenuamente la primera vez, pero ahora creo que es posible que sea algo más serio y profundo, algo que debería preocuparnos más allá del morbo de saber de qué se trata. ¿Un índice? ¿Un conteo? ¿Una rifa? ¿Un bingo? El viejo dice que cuando la transmisión se detiene en nuestro canal continúa en otros canales u otros lugares. Nunca se detiene de verdad. Él, por ejemplo, la encontró alguna vez a las cuatro de la madrugada en Disney Channel, pero entonces era animado. Alguien más, no recuerdo quién, pude haber sido yo mismo, me dijo que vio a la persona leyendo los números a la entrada de un centro comercial hace algunos años, antes de la guerra. No había cámaras por ningún lado.