Rango Finito

Un blog para Mauricio Arturo

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Contra todos

Aumento del poder destructivo de artefactos explosivos durante el siglo veinte.

Los autores de atentados terroristas usualmente los reivindican pues con ellos demuestran su capacidad de amedrentamiento. En Colombia no es así. Optan en lo posible por el silencio. Les conviene más. La guerra colombiana es un negocio donde todos los bandos se declaran, a su manera, justicieros del lado del pueblo (que oprimen y matan) y de la paz. Admitir que asesinaron a cinco personas aumenta la credibilidad política del oponente y reduce la propia: debilita su fachada heroica. Promover la confusión es preferible. Lo que importa es sostener la guerra activa en todos sus frentes. El juego de acusaciones subsiguiente es útil a los asesinos pues genera polarización, desconfianza y agresividad. Recrudece el enfrentamiento político en las ciudades. Radicaliza las posiciones. Explica la matanza en el monte. El mensaje de la explosión es abierto pero al mismo tiempo llega a quien debe llegar: cada cual lo interpreta a su conveniencia y cualquier interpretación es válida en tanto que no hay cómo refutarla. La amenaza es más efectiva y amplia cuando no se sabe de dónde proviene. Una amenaza sin firma es una amenaza contra todos.

Las Brisas

La pregunta sobre la naturaleza (o la fuente) del mal es una banalidad. Cualquiera con suficientes años en este mundo debería tener claro que no se necesita gran cosa para convertir a una persona (no me excluyo) en monstruo. Las justificaciones sobran. Es sencillo de verdad. No hay que estar dañado. Un resentimiento bien establecido (mediante entrenamiento, instigación o vivencia) engendra odio y del odio a la violencia sólo hay un pequeño tabú moral que es fácil de ignorar bajo suficiente presión. Pero es peor todavía: no se necesita nada. Ninguna excusa. Las limitaciones que impone la sociedad nunca son suficientes para contener todas las variantes de daño intencionado concebibles. Una centena de hombres llega a la vereda Las Brisas y fusila a doce campesinos (papás, hermanos, hijos). Luego los decapitan a machete ante sus familias. Son órdenes de arriba. Casi rutina. Cuando le reclaman a los asesinos ellos dicen de diferentes formas que no saben por qué lo hicieron pero están arrepentidos y sienten culpa (o sea merecen perdón). Con algo de esfuerzo histriónico lloran. Parece casi natural. Está bien hecho. Las revistas y los jueces intentan explicar por qué pasó. Hablan de venganzas, territorio y estrategias. No es satisfactorio pero es funcional. Cuelgan de eso un Nunca Más. La narrativa como consuelo. El horror dispuesto en una cadena causal bien alineada, apodada de cariño La Verdad, que convierte lo inaceptable en comprensible. Nos inventamos el cuento de que la maldad es ajena a lo que somos (es inhumana) y necesita historias que nos perviertan para poder existir.

Plazas

No es coincidencia que el militar con mayor visibilidad mediática dentro de la retoma del palacio de justicia, el que los periodistas convirtieron en símbolo de la respuesta estatal, haya sido procesado como responsable de lo que quiera que pasó ahí. Plazas era un blanco fácil. El condecorado y tenebroso Fracica tenía exactamente el mismo rango en la operación y está libre. El espectáculo político confuso en el que se convirtió el juicio contra Plazas contribuyó a que los que estaban de verdad al mando, los que tomaron decisiones, los que dieron las órdenes, desaparecieran del radar. Ahora el progresismo imbécil y el establecimiento militar respiran ambos aliviados. Los primeros, con el puño en alto, porque se sienten reivindicados tras la crucifixión del teniente coronel enérgico que cometió el error de dar declaraciones memorables a la prensa desde un vehículo blindado. Los segundos, más discretos, porque saben que el fallo del juicio reduce el riesgo de que se abran procesos en su contra que destapen la verdadera olla de inmundicia e ineptitud detrás de lo que pasó ese noviembre vergonzoso de 1985. Todos felices y a salvo.

Plazas Vega como todos los recuerdan.

Confusión

Eafit acaba de imprimir por error unas cuantas copias más de mi libro de relatos. El error se debió, aquí mi hipótesis, a que Javier Moreno, el director de El País de España, fue invitado al Hay Festival en Cartagena. Algún funcionario descuidado y diligente del fondo editorial leyó el nombre del invitado y recordó que hace algunos años un Javier Moreno había publicado un libro de cuentos con ellos y, para aprovechar el impulso mediático que la obra de Javier Moreno tendría, ordenó una segunda reimpresión. Hoy recibí un correo electrónico donde me informaban de la reimpresión y me preguntaban cómo podían contactarme en Cartagena para entregame las ocho copias del libro que recibiré como regalías. Muy amablemente le aclaré al remitente que yo soy el otro Javier Moreno (en realidad el otro otro) y que no estaba en Cartagena sino en Canadá. Le pedí que enviara las copias a la dirección de una amiga en Bogotá.

Fraude

Un culebrero cristiano cobra 3.8 millones de pesos al distrito por un ritual para conjurar el buen clima. Resultado: escándalo y (hasta justa) indignación en los medios. Un poetarro vaca sagrada establecida que vive de sus penosas y provincianas glorias de juventud cobra 38 millones a la alcaldía de Bogotá por hacer un libro homenaje lamentable compuesto de plagios de viejas entrevistas, citas sin mayor criterio editorial y correos electrónicos agramáticos (como es usual en él, por lo demás), y todo el mundo calladito.

Decía Alejandro Gaviria que la defensa de la supuesta sabiduría de los brujos evidencia una tradición anti-científica arraigadísima en el establecimiento intelectual colombiano que ha dificultado enormemente el progreso (hacia cualquier lado) del país. ¿Y qué hay de estos otros señores que tienen secuestrada la cultura al servicio de una red clientelista de artistoides mediocres especializados en el endoelogio y la jeringonza? ¿Qué hay de ese fraude abierto e impune? Las políticas públicas de promoción de la cultura en Colombia funcionan como un sistema de financiación de un par de pequeñas burbujas de sinvergüenzas zalameros compitiendo por quién se queda con más. Las no-públicas, ahora que lo pienso, también. El establecimiento intelectual no sólo apoya esta estructura sino que, en este caso, hace parte de ella. Todo el enramado está diseñado para fortalecer ese club (tradicionalísimo) de favores, aplausos, plata fácil y mamaditas a punta de, por ejemplo, libros escritos para nadie y eventos sociales autocomplacientes. La producción y difusión de cultura y arte de calidad es una prioridad menor si es que es una prioridad. Lo importante es que la plata siga fluyendo a los bolsillos de los sospechosos de siempre.

Las razones por las que lo anterior está relacionado con el atraso social y sobre todo educativo del país son evidentes.

Universidad

La movilización de los estudiantes es admirable y justa pero ingenua. Exige un fortalecimiento financiero sin controles, evaluaciones ni restricciones de un conjunto de instituciones lamentables en lo administrativo y apenas aceptables en lo que corresponde a su supuesta labor como educadoras y generadoras de movilidad social. Unas instituciones encerradas en sí mismas que (más que cualquier otra cosa) subsidian con plata pública el acceso a títulos nobiliarios y privilegios (dentro del estricto sistema de castas colombiano) de quienes (en su gran mayoría) ya los tienen por ascendencia. Es evidente que la educación en Colombia adolece de todo tipo de problemas, pero el presupuesto para las universidades públicas y la “investigación” que se desarrolla en ellas no es ni mucho menos el más grave. (¿Quieren problemas educativos serios y urgentes? Miren los colegios públicos. Miren los medios con los que cuentan, la calidad de sus maestros, los índices de deserción y los resultados (tristes) que producen: sólo diecinueve colegios públicos se cuelan en la lista de los quinientos mejores colegios del país de acuerdo a las pruebas Saber de este año. Diecinueve de quinientos, sí. El primero ocupa la posición sesenta y siete. ¿Cuántos egresados de colegios públicos tendrán el chance de siquiera considerar la universidad como una opción?) La situación actual debería ser una oportunidad para, antes que “defender la universidad”, poner en duda su valor y propósito así sea sólo como ejercicio. Dicen que la educación superior genera progreso económico y/o social, pero para que esto sea así es crucial decidir primero hacia dónde progresar. Esta es una reflexión que ni la universidad ni el país se han permitido tener. Es incómoda. Obliga a sugerir que la fe en la universidad y en general la educación (parte del discurso progresista estándar) no es suficiente. ¿Cómo encaja (o debería encajar) la universidad en la sociedad? ¿Qué debe ser subsidiado y bajo qué condiciones? No basta con admitir y “graduar” cada año a números cada vez más grandes de personas de títulos cada vez más extensos (o llenar las universidades de “profesores/investigadores” con estudios de postgrado (usualmente sin mayor compromiso con la docencia, por cierto)). Es necesario repensar qué quiere decir un título universitario: qué acredita, qué garantiza y qué pretende. (¿Qué ofrecen los diferentes programas y a qué responde (o de dónde proviene) su variedad? ¿Qué queremos que hagan/puedan hacer sus egresados? ¿No deberían al menos saber leer, escribir y comunicar sus ideas?) La pregunta grande es si tiene sentido enfocar el inconformismo con respecto a la educación en la defensa obtusa de una institución diseñada para otra época (y otro lugar), anclada rígidamente en la tradición y garante fiel del statu quo, o si más bien deberíamos plantearnos un proceso de modernización serio que de verdad ponga a la universidad pública al servicio de la sociedad, sus necesidades y sus aspiraciones, a ver si algún día deja de ser un expendio a bajo costo de certificados de superioridad social y moral.

(Monjes chinos)

Altura

En su columna de ayer, Nicolás Uribe propone que el debate al respecto de la penalización del aborto se lleve a cabo con altura.

Por desgracia, la columna donde Uribe ofrece sus supuestamente elevados argumentos es un mosaico de imprecisiones y afirmaciones sin sustento. Una de las poquisimas afirmaciones (tal vez la única) para la que brinda una referencia más o menos explícita es la siguiente:

[...] resulta probado que el aborto legal es hasta tres veces más peligroso que el parto (American Journal of Obstetrics and Gynecology).

Ayer dediqué un par de horas a encontrar su fuente. A continuación lo que descubrí.

No costó mucho trabajo notar que Uribe citaba textos de propaganda a favor de la penalización donde se afirmaba lo mismo con exactamente la misma referencia escueta a una revista (sin año, sin nombre del artículo, etcétera). Por fin, tras profundizar un poco más en la maraña de vínculos, descubrí en este lugar la referencia a la que se atribuye la afirmación. Es un artículo sobre mortalidad femenina en Finlandia durante el primer año tras un embarazo. Aquí está el PDF. El artículo estudia los casos de mujeres muertas en Finlandia durante el año que siguió a un embrazo que pudo terminar en parto o aborto (tanto inducido como espontáneo). Hay 419 casos en 13 años (de 1987 a 2000). En Finlandia el aborto es legal bajo cualquier circunstancia (dentro de ciertas restricciones de tiempo razonables) y por ende prácticamente todos los abortos son seguros en el sentido de que son realizados por personal médico especializado en condiciones adecuadas. También vale la pena aclarar, antes de entrar en detalles, que Finlandia cuenta con los niveles educativos más elevados de Europa y con programas de salud sexual y reproductiva de altísimo nivel. Ahora miremos de dónde sale la afirmación de Nicolás Uribe: en la quinta página del artículo se lee lo siguiente:

Women who underwent an induced abortion had a pregnancy-associated mortality rate from natural causes that was one third higher than that of women who had given birth.

Lo que más o menos parecería darle la razón (como anota un comentarista abajo, “one third higher” no es lo mismo que “tres veces más”). Sin embargo, el artículo prosigue:

These deaths included both terminations in early pregnancy (indicating most often an unwanted pregnancy) and in late pregnancy (included practically all cases for medical reasons). After excluding all terminations for medical reasons, the pregnancy-associated mortality rate from all natural causes declined from 22.3 to 15.9 per 100,000 induced abortions, a rate lower than the mortality rate after a birth.

¿Explicación? Como ya dije, el artículo estudia los cuatrocientos diecinueve casos de mujeres muertas durante el primer año tras un embarazo ya sea terminado en parto o en aborto. Como en Finlandia las mujeres cuentan con amplia información sobre anticoncepción, buena parte de las mujeres que inducen un aborto lo hacen por causas médicas. Debido a esto, en el estudio se concluye que las mujeres que abortan (en Finlandia) tienen una tasa de mortalidad (tres veces) más alta durante el primer año tras terminar su embarazo (¡tenían problemas médicos para empezar!). Sin embargo, una vez se excluyen las mujeres muertas que abortaron por causar médicas, la tasa de mortalidad de las mujeres que abortan (en Finlandia, no olvidemos esto) es menor que la de las mujeres que concluyen su embarazo en un parto. Mejor dicho, si se quisiera utilizar este artículo como herramienta en una discusión sobre la peligrosidad del aborto, el artículo claramente asegura que en circunstancias normales hay más riesgos asociados al parto natural que al aborto temprano para terminar un embarazo no deseado. Pero por supuesto esto sería casi tan tendencioso como la afirmación flagrantemente falsa y descontextualizada de Uribe. El contexto del artículo es demasiado preciso para sacar conclusiones apresuradas más allá de dejar bastante claro que Uribe nunca lo leyó (y tal vez ni conocía su título).

Personalmente pienso que en el debate al respecto de la penalización del aborto los puntos de vista a favor y en contra más fuertes y valiosos provienen no de la ciencia, como intenta sugerir fallidamente Uribe, sino de la reflexión moral (aquí un texto muy valiente de Aleyda al respecto) y/o desde la salud pública. En particular, tienen que ver con la relación entre la mujer embarazada y el niño (en desarrollo, si se quiere) que lleva adentro, así como con la incidencia del aborto en la sociedad. En mi opinión este es un debate muy serio. Es necesario con urgencia llegar a acuerdos que tomen en cuenta no sólo nuestras percepciones morales personales y compartidas sino las estadísticas reales de abortos clandestinos. Asímismo necesitamos implementar políticas públicas que reduzcan, como se ha logrado en Finlandia, la necesidad de abortar salvo en casos excepcionales. No creo que artículos mentirosos como el que publicó Uribe (aquí sólo exploré una de sus afirmaciones, la que única que semi-referenciaba burdamente (¡No me quiero ni imaginar los argumentos que sustentarán las otras!)) contribuyan significativamente a mejorar la calidad (¡y altura!) de este importante debate público.

Homofobia

Tal vez la homofobia en Colombia tenga raíces religiosas, pero es evidente que se extiende mucho más allá de la esfera religiosa. La homofobia en Colombia es endémica. Proponer a la Iglesia Católica (o a la Conferencia Episcopal (o a los cristianos en general)) como blanco principal de las críticas y cánticos en contra de la discriminación es un juego fácil pero estratégicamente inocuo. Es inocuo porque aunque la Iglesia efectivamente ejerza presión política para impedir que se adopten legislaciones más progresistas al respecto, sus razones para sostener estas posiciones son dogmáticas y difícilmente manipulables a través de la protesta. De alguna manera se podría decir que, como sugiere Mauricio, ser homofóbicos es parte de su misión. En las sociedades donde se ha llegado a una actitud más positiva al respecto de la homosexualidad la Iglesia Católica igual persiste en sus citas a Levítico 18-20 y sus memorias delirantes de lo que pasó en Sodoma.

Dado lo anterior, pienso que el objetivo de las campañas contra la homofobia no debería ser la Iglesia, sino aquellas personas que ejercen la homofobia no por convicción religiosa sino por costumbre, que son casi todas. Un sector amplio de la sociedad colombiana urbana tiene una relación distante con la religión y difícilmente presta atención a las necedades de los curas con respecto a la sexualidad (usan métodos anticonceptivos, tienen sexo antes del matrimonio, &c.), pero aún así mantiene actitudes homofóbicas basadas en prejuicios, ignorancia y miedo a la diferencia y lo desconocido. He ahí el verdadero obstáculo. En Colombia el índice de homofobia personal es esencialmente ortogonal a la afiliación política: aquellos que se autodenominan “de izquierda” o “progresistas” tampoco quieren maricas de vecinos, prefieren negros, y eso que también son racistas (ver el Latinobarómetro de 2009). Los activistas deberían reducir sus intentos de acallar a los curas y más bien concentrar sus esfuerzos en ganar la solidaridad y el apoyo de este sector que describo. Mientras que la batalla contra la discriminación de los homosexuales sea percibida como una causa de los afectados (una minoría pequeñísima y para colmo mayoritariamente invisible por culpa de la misma homofobia) y no como un problema social amplio, un problema relacionado con nuestra relación negativa con el sexo, la intimidad y lo raro, las pequeñas y agónicas victorias en las cortes y el congreso serán frágiles y siempre correrán el riesgo de dar marcha atrás.

Domingo (Tres Ataúdes Blancos)

Hablemos sobre el poder. Sobre lo que el poder hace y lo que el poder puede pero sobre todo acerca quienes ostentan el poder y cómo lo sostienen. Se me viene a la cabeza esa canción de Flaming Lips, una de mis favoritas en concierto, donde Wayne Coyne pregunta insistentemente qué haría *USTED* si tuviera el poder: ¿cómo lo usaría? ¿pensaría en los demás? ¿podría controlarlo? ¿qué haría de poder hacer todo lo que quisiera hacer? En Tres Ataúdes Blancos, de Antonio Ungar (ignoren su portada horrible), el poder (su búsqueda, su control, su ejercicio) engendra violencia, aunque podría ser al contrario porque el poder en Tres Ataúdes Blancos (como en la vida real) lo tienen aquellos que están apropiadamente armados. Es un bucle, obvio. Se arman para adquirir el poder y se arman para sostenerlo y por ende otros más se arman para arrebatarlo y puntos suspensivos. El horror. Es un horror que conocemos bien. Lo conocemos tan bien que, en su perversión cotidiana, ya no nos afecta como debería. Ya no es horror pero seguimos llamándolo así por costumbre, sin convencimiento. Todo parece tolerable o comprensible o, por lo menos, de esperarse, porque existe todo un aparato de medios e información dispuesto para orientar al espectador/ciudadano en el ejercicio de su sacro derecho/deber a comprender de la manera correcta (o conveniente) la violencia que lo rodea y, supuestamente, lo protege. Una particularidad de este aparato mediático es que está diseñado para digerir y replantear cualquier tipo de información de tal manera que sirva (se adapte) a los intereses de quienes lo controlan. Todo esto, es natural, bajo una máscara de objetividad puesta a las patadas.

<DigresiónProbablementeInnecesaria> En los primeros cursos de lógica matemática aparece la noción de valuación. Es una concepto contraintuitivo. La verdad no es una noción absoluta sino una función que asigna valores de verdad a las proposiciones atómicas (o a universos, en otros contextos) y luego, mediante álgebras, se calcula el valor de verdad de las proposiciones compuestas. Las proposiciones tautológicas son aquellas rarezas (engrandecidas por los griegos) que son verdaderas no importa la valuación. Las otras (la aplastante mayoría) pueden ser verdaderas o falsas dependiendo del valor de verdad asignado a los componentes básicos/primitivos. El propósito principal de estos aparatos mediáticos a los que me refiero arriba consiste (y aquí permítanme ser laxo en mi (ab)uso de los términos) en controlar el valor de verdad de las proposiciones atómicas (de la interpretación de los eventos) para así controlar lo que es considerado verdad. </DigresiónProbablementeInnecesaria>

Y, bueno, entonces la pregunta es qué hace el ciudadano/espectador ante eso. ¿Cómo interpreta el ciudadano/espectador su realidad si casi todos sus recursos de adquisición de información están siempre al servicio de alguien(es) que quiere(n) dominarlo? ¿Qué es la verdad para ese ciudadano/espectador que interpreta todo a través de filtros que preinterpretan lo que presencia? ¿Cómo reacciona cuando desvela o (peor) es forzado a ser partícipe del engaño? Por otro lado: ¿Qué tan común es que pase esto? Y finalmente: ¿Cuántos están dispuestos a reaccionar al abuso, a oponer resistencia, y cuántos se sumen en la resignación/impotencia?

Sábado (El problema de Randy y otras historias)

Infrahistoria: La versión que tengo de El problema de Randy y otras historias de Luis Noriega está compuesta por diez relatos relativamente extensos que en un libro físico ocuparían unas doscientas páginas. Como en el caso de Razones para destruir una ciudad, este es un libro parcialmente inédito que le pedí a su autor a través de Twitter. Digo parcialmente inédito porque cuatro de los diez cuentos aparecieron publicados ya sea en revistas (El Malpensante) o en antologías (Calibre 39 y Relatos Caníbales). Yo conocía a Luis pero no sabía que lo conocía. Cuando leí Soluciones ad hoc, publicado dentro de la antología Calibre 39, no caí en cuenta de que era el amigo de mi amiga con quien nos encontramos varias veces en fiestas y comidas en Barcelona. No recuerdo cómo fue que me di cuenta, tal vez hablando con ella. Rencor: Estos cuentos de Luis encajan dentro del género de la Literatura del Rencor. Encajan y lo inauguran. En la Literatura del Rencor el personaje principal, que es usualmente el mismo narrador, resiente (por razones diversas) su situación actual y en respuesta (tras algún tiempo de pasividad que sólo exacerba la molestia) actúa con violencia (ya sea verbal o física). El rencor del personaje está relacionado con la pérdida del orgullo o de los ideales, con la constatación de que no es lo que esperaba ser, o con la frustración que le produce su dificultad para interactuar con el mundo. El personaje, por lo general, es incapaz de entablar relaciones significativas y duraderas con otras personas y, cuando lo hace, su rencor (que muchas veces no es otra cosa sino una suma de inseguridades enquistadas) lo hace dudar del valor de estas relaciones o de su propia sinceridad con respecto a ellas. Los relatos de la Literatura del Rencor son antiparábolas donde no hay redención: al final los personajes se dejan llevar por (o se resignan a) sus motivaciones mezquinas (muchas veces delirantes) y salen relativamente bien librados. Suena serio y duro pero Luis hace esto sin solemnidad alguna. No hay siquiera una pretención burlesca de solemnidad. La Literatura del Rencor es, en contra de la intuición, desparpajada y humorística (la prosa de Luis es casi costumbrista) porque los personajes rencorosos son también hombres más bien buenos (aunque en evidente crisis moral) que se esfuerzan demasiado por encarnar la maldad, no siempre con los resultados deseados. Ingredientes: En estos cuentos aparecen y reaparecen elementos. Recolecté unos cuantos: un profesor/escritor, un arma, un taxista con una varilla, la evolución de Darwin como religión de incitación a la reproducción, Sherlock Holmes y la literatura criminal como modelos antimodélicos, la teoría literaria como falso transfondo, la escritura (frustrada) de literatura y el fracaso en general, una puntilla clavada (para colgarse y/o para acumular rechazos), La Guerra de las Galaxias, los conflictos familiares, la sociedad del un güisquicito, atracos, una pieza de construcción que cae del cielo por accidente, Bogotá, España, inmigración como huída, el autodesprecio, muertos con violencia, asesinos improvisados, y, naturalmente, la venganza.