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cómic

East of West

Estoy leyendo East of West, una serie de cómics escritos por Jonathan Hickman con dibujos de Nick Dragotta que me tiene completamente fascinado. A Hickman me lo había encontrado antes en The Manhattan Projects y más recientemente en The Black Monday Murders. Este último es probablemente el más intrigante, pero todos mezclan oscurantismo con realidades alternativas y fantasía. East of West es, de lejos, el más elaborado de los tres: una narración extensa con varios arcos interconectados que siguen la erupción del Apocalipsis en una Norteamérica futurista fragmentada desde la guerra civil (y por ende (?) culturalmente congelada en las divisiones sociales esenciales de ese entonces). Lo que hace Hickman es agresivo y ambicioso. Para mi gusto es descrestante. Me imagino que algo así se debía sentir leyendo Métal Hurlant en 1974.

Anticipación

Estaba pensando esta mañana en escribir una historia, o tal vez el capítulo de una historia, desde la perspectiva de un personaje que recuerda el futuro inmediato: lo ve llegar y lo reconfirma con cierta decepción, siempre a la expectativa de una sorpresa, de una señal que lo guíe por fuera de la tristeza de lo predecible; déjà vu acentuado hasta el hastío. Esto ha sido probablemente ejecutado antes y en muchas formas distintas (un ejemplo notable y el más cercano a lo que busco que se me ocurre: el personaje de Duncan en MIND MGMT de Kindt), pero no recuerdo ninguna donde se enfatice lo suficiente la claustrofobia de saberse determinado y por tanto vacío. Aunque somos máquinas anticipadoras tengo la sospecha de que nos motivan igualmente las divergencias que rompen cualquier sentido de lo esperado. De ahí la pulsión por las incertidumbres de la experimentación, el riesgo y la aventura.

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Algo que sugiere la biografía de Hitler escrita y dibujada por Mizuki es que al cierre de su, no sé ni cómo llamarla, ¿epopeya?, el tipo se quiebra. O mejor, es como si hubiera durado roto toda la vida pero solo al cierre, en las últimas semanas en ese búnker bajo Berlín, toda la mierda reprimida se le sale; lo que no quiere decir que se arrepienta o que renuncie a sus ideas, pero deja entrever otra faceta menos resuelta, más frágil. El resultado son una serie de incidentes pequeños pero dicientes: por ejemplo el último encuentro con Speer, donde este, tras aceptar que es imposible salvar a su ¿amigo? de su suicidio inminente, le confiesa que no cumplió sus órdenes de coordinar un reclutamiento masivo con el que Hitler pretendía ejecutar una última movida suicida bajo la teoría de que la muerte de todos los alemanes era una salida más digna que la derrota (la órden Nerón). Speer le explica que lo hizo para salvar algo de Alemania para las próximas generaciones y Hitler, en lugar de pegarle una vaciada como habría hecho en cualquier otra ocasión (aunque tal vez no con Speer), lo alaba y declara “magnífico”. No hay reclamo. O cuando Hitler acepta que Göring lo suceda y negocie la rendición pese a los reclamos de Goebels, que lo considera indigno e incapaz. O cuando Hitler, después de que Goebels le explica que lo acompañará hasta el final con su familia, le dice que su mujer y sus hijos deberían vivir. O cuando regala botellitas de veneno a sus colaboradores cercanos después de agradecerles sus servicios como una especie de gesto misericordioso ante el asalto inminente de las tropas soviéticas. El Hitler de Mizuki es un señor triste, errático y débil, de llanto fácil, atrapado en sus insatisfacciones y resentimientos. Probablemente muy pocas personas lo conocieron de verdad.

Hitler- Mizuki

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Lean I am a hero de Kengo Hanazawa.

i am a hero

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Andrés nos regaló Jerusalem: A Family Portrait y anoche lo leí. Es un cómic sobre el nacimiento del estado de Israel desde la perspectiva de una familia judía que vive en Jerusalén entre 1940 y 1948. La historia está pensada para que la mirada microscópica a los conflictos familiares sirva de reflejo a las situaciones políticas macro que se entretejen en Palestina por ese entonces (que a su vez sirven de reflejo a situaciones políticas actuales): la ocupación (y manipulación) británica, los movimientos pacifistas de corte comunista, los movimientos radicales sionistas o árabes, la diversidad de proveniencias, la llegada de los judíos que escapan de los nazis, los campos de concentración en Europa, etcétera.

Es una novela agresivísima no solo por las escenas muy explícitas de guerra y terrorismo como por las evidencias (sutiles pero constantes) de desequilibrio emocional de los personajes. Son personas seriamente afectadas por la vida. Tienen rabia. Son rabia. Han transmutado en resonancias de la guerra. El comentario general que propone de la situación política en Palestina en ese entonces (y de cierta forma también ahora) es descorazonador.

El dilema sobre cómo y por qué ejercer violencia contra otras personas (o recibirla) es un punto de contacto entre las diferentes tramas. Las respuestas difieren. Ninguna es fácil. Hay mucha resignación, mucha impotencia, cunde la derrota.

Tal y como anota Andrés en su reseña, aunque hay una línea de tiempo clara y las situaciones están encadenadas, algo (no soy capaz de puntualizarlo) en la forma como se cuentan las historias hace que se sientan confusas. Como si fueran los cuentos que le llegan del exterior cada día a los que se resguardan en un refugio contra artillería: intentos de comprimir lo incomprensible en narración.

La guerra destruye todo. Por dentro y por fuera.

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jerusalem

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Jordi Sánchez Navarro ahora tiene un nuevo blog de lectura de cómics. Atentos ahí.

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raquel_y_el_fin_del_mundo

Raquel y el fin del mundo se enmarca en la tradición del cómic alternativo semirrealista contemporáneo que es obligatoriamente rústico en su factura y melancólico en tono. Trata sobre la disolución de un grupo de amigos desde la perspectiva de quien los ve partir y no sabe cómo dejarlos ir. También hay algunas muertes. Mariana Gil Ríos, su autora jovencísima, dibuja en un estilo muy sencillo (por ratos se pasa de burdo) a blanco y negro con tonos grises en algo que parece acuarela y que ocasionalmente explota en viñetas dinámicas donde sugiere movimiento o cambios mediante colores o multiplicidades. Aunque la historia en sí es bastante minimal, se siente la intención de montar sobre ella algo grande y sustancioso. Esta ambición cauta permite que la narración no se salga de control sin que esto la fuerce a reprimirse. Es una lectura agradable con muy pocos baches. Tal vez algunos diálogos desmerecen y valdría la pena haber ahondado en el drama de la protagonista para que no pareciera una pataleta infantil tardía, pero aún así creo que cuenta lo que quiere contar y lo logra con un estilo propio y sincero. Es una buena primera novela.

Big Questions

Al principio Big Questions es engañosamente simple: pájaros conversan en la pradera. Son indistinguibles los unos de los otros. Son pájaros haciendo lo que hacen los pájaros que además hablan de lo que hacen: comen, descansan, comen más, vuelan, construyen nidos, sobreviven. Se sienten como pequeñas escenas absurdas y minimales sin propósito, casi sin escenario, un experimento de improvisación dramática. Pronto, sin embargo, los pájaros ganan nombres y empiezan a diferenciarse. El mundo de los pájaros se conecta y expande. Aparecen nuevos personajes y un universo que todos comparten. Una guerra, tal vez. Los pájaros se enfrentan a sus creencias e interpretan sus pequeñas realidades, alteradas por la miseria de los hombres. La historia que surge de la acumulación de arcos es pura melancolía y fatalismo. Si hay un sentido los supera. Si hay explicaciones los evaden. La vida sigue para quienes pueden permitírselo hasta que se acaba. Es un bucle sencillo y cruel. No hay nada más.

big questions

Tekkonkinkreet

What can you see from there? Can you see light? Can you see dreams? Nothing can be seen from here. The truth can’t be seen. Neither can hope.

No sé bien qué pasa en Tekkonkinkreet. Lo leo y lo releo y no sé qué pasa. Blanco y Negro sobrevuelan a saltos su ciudad (de terraza en tejado, de tejado en poste) y la defienden. La ciudad es lentamente deshumanizada por corporaciones que limpian, cubren y desinfectan. Las mafias corruptas supervisan el proceso. Se enfrentan por el poder remanente. Blanco y Negro, más que héroes, son bestias asustadas que sienten su guarida amenazada y reaccionan agresivamente: un engendro contrariado compuesto de rabia y compasión. La violencia en Tekkonkinkreet es desesperanzadora. No es apologética. No soluciona el mundo. Destruye. Incentiva la renuncia. Nada es redimido por la muerte. La vida simplemente se detiene. La sangre se seca. La ciudad la absorbe. Los niños indomables chillan en el cielo.

I can see everything from here.

Black & White - Tekkonkinkreet

Peregrino

Si el pasado que se consolida en el recuerdo es un territorio, todos somos peregrinos intentando encontrar nuestro lugar en memorias ajenas repletas de presencias previas (a veces maltrechas y agresivas) que tenían la misma aspiración de establecerse y perdurar. Lo que hace Scott Pilgrim es concretar esas expediciones dentro del pasado propio y el de los demás mediante batallas (físicas) a muerte por los presentes que queremos habitar y hospedar.

La locura que nos guía

Toda ficción es teología. Su consumo o producción requiere la existencia de un creador que canaliza la historia a través de artilugios narradores. Este creador puede ser negado y ofuscado pero jamás ignorado: hay alguien en control que decide, articula y estructura. La paranoia, parafraseando a no sé quién, es fe en la existencia de una trama preestablecida a escala cósmica que determina el papel y propósito de cada cual en el gran esquema de las cosas (o sea, una religión). En ese sentido, el acto de leer una ficción requiere inevitablemente algún grado (local) de paranoia.

En los mitos de Lovecraft esta paranoia es explícita. Sus narraciones se basan en incrementar progresivamente en el lector y los personajes por igual la sospecha de que el camino dispuesto es inevitable y conduce al horror. Ese es el tipo de dios que encarna Lovecraft: uno cuya noción de misericordia es la destrucción de la cordura del adepto ante el advenimiento de lo indescriptible (como si el alcance de las palabras demarcara los límites de la razón). Sus personajes ascienden de la ignorancia a la resignación y ahí, de rodillas ante su destino, encuentran su redención, que es un miedo que parece calma. En Lovecraft, la locura nos salva.

Neonomicon, homenaje de Alan Moore (con dibujos de Jacen Burrows) al legado de Lovecraft que le valió el premio Bram Stoker a novela gráfica de terror en 2012, se inicia con la historia del agente federal Sax, que investiga en Nueva York una serie de homicidios idénticos ejecutados por asesinos aparentemente independientes: los torsos de las víctimas son esculpidos mediante cortes precisos en flores de carne. La investigación lo lleva a un bar montado en una vieja iglesia donde los asistentes, descontrolados por una droga misteriosa, cantan en una lengua incomprensible (y casi impronunciable). Lo que sigue es de esperarse: en la lucidez de la locura inevitable que sobreviene tras el descubrimiento de la verdad detrás de los crímenes, Sax se transforma en otro asesino más de la serie. La historia de Sax es lovecraftiana en la norma y plagada de referencias abiertas, casi descaradas, a cuentos y personajes de la mitología. Sax mismo (racista, acomplejado, fascista, misógino, sexófobo) es un retrato físico y psicológico de Lovecraft actualizado a la época en la que se desarrolla la narración (una especie de siglo veinte tardío con componentes de ciencia ficción cincuentera y ciudades cubiertas por cúpulas energéticas de las que jamás se dice una palabra). La intención de este preámbulo, titulado The Courtyard y basado en una historia que Moore escribió en 1994, es establecer la tradición y códigos dentro de los cuales se enmarca la historia y sugerir, de paso, la forma como estos serán demolidos a continuación.

Luego viene el horror y luego la iluminación.

Neonomicon no es un ejercicio de estilo. Su compromiso con los parámetros establecidos por Lovecraft y su séquito de imitadores decae a medida que la investigación se desarrolla y se vuelve consciente de sus propias reglas. Cuando la acumulación de convenciones y referencias supera cierto límite, los personajes admiten abiertamente que esto no puede ser más que una broma literaria. Es más o menos en este punto cuando la caricatura entretenida-inofensiva gana filo y Moore, al tiempo que desarrolla un comentario crítico a la cuantiosa (y en su mayoría mediocre) ficción derivada de los mitos, rompe los límites que Lovecraft era incapaz de transgredir, acorralado como siempre estuvo por sus moralismos y complejos: los actos indecibles son sexo y el reconocimiento del deseo, lo inenarrable es nuestro propio cuerpo.

Aquí es crucial resaltar el trabajo de Burrows: la narración no alcanzaría la agilidad, tono y profundidad que exige sin sus viñetas certeras y tremendamente minuciosas que transitan sin esfuerzo entre el realismo descarnado y cinematográfico de la historia críminal y los delirios místico-psicodélicos de la infrahistoria paranormal. La serie de representaciones a doble página de las visiones enloquecidas del agente Sax, recién arrasado por la verdad, merecería una exposición en gran formato. Y el uso de la miopía de uno de los personajes para develar gradualmente la naturaleza de la amenaza es ingenioso y hábil. Es claro por qué eligieron a Burrows para este proyecto.

En el mundo de Neonomicon las ficciones de Lovecraft capturan, como muchos tememos, un aspecto de la realidad que se oculta bajo la percepción consciente. Tal vez sin quererlo, Lovecraft sirve de médium atormentado a una mitología de deidades primigenias que amenazan con regresar del fondo del mar a guiarnos hacia la sumisión liberadora. No hay metáfora ahí. Es literal. Quienes son iluminados y reconocen esta verdad trascienden el tiempo y aceptan que son simples recuerdos (o tal vez proyecciones) de entidades tetradimensionales estáticas en un futuro consignado en libros (¡como El Quijote!) escritos por árabes dementes. De ahí que el miedo sea calma y la locura una suerte de faro para cumplir nuestra parte del plan. El sueño eterno es paciencia. El colapso cósmico nos espera.

Revolver

Ayer Arturo, que anda con mucho tiempo para pensar, me decía algo sobre los problemas de la libertad. Tenía que ver con los dilemas modernos de encontrar un lugar que se adapte a lo que uno siente que es (o tal vez a lo que uno siente que merece ser). Ese rango de opciones es por supuesto falso, o por lo menos no tan real como la filosofía voluntariosa inspiracional promete. A la larga estamos sometidos a circunstancias que están fuera de nuestro control y esas circunstancias deciden más o menos arbitrariamente qué será de nosotros. Por fortuna el cerebro reactualiza con frecuencia las aspiraciones para que cada tanto tengamos momentos de satisfacción que compensen por toda la mierda adicional. De pronto el valor de la vida consciente está en sostener la ilusión útil de que las decisiones que tomamos nos determinan. Quién sabe cuánto progreso cultural le debamos a esa creencia.

En Revolver, de Matt Kindt, el protagonista habita intermitentemente dos realidades. En una de las dos la civilización está al borde del colapso: cuerpos llueven sobre las calles de Chicago. En la otra, la vida del protagonista se deshace a diario en su rutina estereotípica del trabajo de oficina sin sentido que sirve para satisfacer hábitos de consumo que se confunden ocasionalmente con necesidades (es inevitable). En la realidad apocalíptica los límites morales son atenuados por la urgencia de sobrevivir y esto le permite acceder a aspectos de su personalidad que en la realidad más real (?) deben ser reprimidos para garantizar colectivamente la estabilidad del orden social. Ambas realidades son versiones extremas (?) a una vida dada por perdida. Pero su simultaneidad progresiva es una trampa cómoda ya que anula la necesidad de compromisos con la identidad y los principios. En la relatividad explícita del multiverso nada importa. Los sacrificios no tienen valor. La responsabilidad es un sinsentido. Estar vivo es lo mismo que estar muerto.

El Cuy Jacobo y el tesoro quillacinga

Lo que dicen es que el cómic colombiano está pasando por una buena época. Eventos como Entreviñetas, el éxito de súper-estrellas indie como Powerpaola y publicaciones periódicas como Revista Larva lo demuestran. Curiosamente, la extensión de expresiones como “Novela Gráfica” por fuera del nicho de aficionados de siempre también ha contribuído a la causa. Cada vez hay que explicar menos por qué el cómic merece atención y respeto como medio narrativo.

El Cuy Jacobo y el tesoro quillacinga es uno de los primeros álbumes de Editorial Robot. Parece ser primer volumen de una serie decididamente infantil de aventuras (con ángulo educativo) dibujada y escrita por alias Ivanquio, quien ya lleva varios años afinando estos personajes. La historia transcurre en 1910 en una Colombia poblada por animales antropomórficos. Buena parte del esfuerzo de su autor se enfoca en recrear gráficamente este contexto histórico a gran nivel de detalle. Una trama sencilla le permite explorarlo: el Cuy Jacobo, un muchacho proveniente de Pasto que vende sombreros en Bogotá, pierde, en manos de un viejo arqueólogo, una moneda de la suerte que le encomendó su abuelo. Esta moneda (no es nada claro por qué) resulta ser clave a la hora de demostrar la existencia de un mítico tesoro del pueblo quillacinga. El viejo arqueólogo intenta convencer al gobierno (en medio de una crisis bélica con Venezuela) de que envíe una comisión en busca del tesoro. Uno de los asesores del presidente resuelve apoyar el proyecto con la intención oculta de apoderarse el oro. Luego de un viaje sin mayores contratiempos (descontando un intento confuso de linchamiento en la catedral de Pasto), los personajes encuentran la guaca y deben enfrentar a sus guardianes: una tribu quillacinga oculta desde siempre cerca de la laguna de la Cocha, en Nariño. También hay momias y un monstruo mágico de la mitología local que, pese a su función, no luce particularmente amenazador. Al final el Cuy Jacobo y sus amigos son liberados por la tribu pues logran demostrar que, a diferencia del enviado del presidente, nunca tuvieron la intención de robarse nada, sólo querían estudiarlo. En las páginas finales descubrimos que el presidente previno la guerra con Venezuela cediendo la mitad del tesoro quimbaya a los españoles, para que quede clara cuál hubiera sido la suerte del oro quillacinga (aunque creo que ese episodio en realidad pasó mucho antes, en los ochocientos noventa).

Un problema recurrente entre los ilustradores devenidos en autores de historietas es que inicialmente desconfían de la capacidad narrativa de sus dibujos. Para compensar, sobrepueblan sus cómics con palabras que en lugar de enriquecer la historia la frenan. Cuando los dibujos son tan pulidos como en El Cuy Jacobo, el contraste con el guión se convierte casi que en un obstáculo para disfrutarlo. Adicionalmente, aunque la historia es sencilla, depende demasiado de casualidades para avanzar y debido a esto se siente forzada. Por momentos parece que la trama es lo de menos y el verdadero protagonista era el contexto histórico (y la lección (encomiable, seguro) sobre la defensa del patrimonio autóctono). Tan es así que el personaje que da nombre al libro nunca deja de ser un observador distante y no particularmente activo de lo que pasa. Estos detalles, sin embargo, son más que naturales al inicio de una carrera (para constatarlo relean Tintin en el Congo) y estoy seguro de que si Ivanquio continúa trabajando con la disciplina y entusiasmo que le endilgan quienes lo conocen en los siguientes episodios de la serie serán mucho mejor manejados. Por eso, porque entiendo las dificultades y valoro el esfuerzo inmenso que hay detrás, El Cuy Jacobo y el tesoro quillacinga me deja contento y esperanzado.

Dungeon Quest

Dungeon Quest - Joe Daly
…and at the end of the day, isn’t the force behind the creation of this universe responsible for all the shit that goes down… all the actions and re-actions? Isn’t that thing we awkwardly describe as “God” really to blame for all this?” — Joe Daly, Dungeon Quest

Nadie entiende mi ansia de aventura ni mi disposición para el peligro, la poesía y el erotismo. Soy un héroe. Mejor aún: soy el arquetipo del héroe. Mi misión: la aventura. Mi pasión: la aventura. Mi motivación: la experiencia y la gloria, cuidadosamente cuantificadas e itemizadas para distribución adecuada en cada uno de mis siete atributos excepcionales. No tengo miedo: el azar me prefiere. No siento dolor. Mi aseo es impecable. Me alimento del terror de mis enemigos. Vivo por la batalla y la destrucción absoluta de aquellos que obstaculizan mi destino. Mi cerebro sobrehumano es un arma mortal. No necesito dormir. Con ayuda de plantas sagradas accedo en meditación al plano astral y trasciendo los estadios primarios del ser, viajo al averno y recobro, tras diezmar a un ejército de arpías, el báculo del Poligrifo. No siento odio. Soy compasión. Mi naturaleza me hace inmune a la maldad. Encuentro calma en la práctica del arte hermética consignada en grimorios y tratados arcanos protegidos por creaturas abominables. Los siete artefactos ígneos marcan mi viaje por tierras lejanas hacia la conjuración de la armadura florida del gólem. No soy ambicioso, sólo quiero el oro y la verdad, los cuales comparto con generosidad y sabiduría. Quienes aceptan mi superioridad reciben mi misericordia, que es infinita. Quienes me cuestionan sufren muertes dolorosas bajo el filo de mis uñas. Bebo su sangre. Sacrifico a sus hijos y violo a sus mujeres con mi miembro descomunal. Profano las tumbas de sus antepasados. Los hago pagar su atrevimiento. Quiero que entiendan que el respeto es el único camino posible en este mundo lleno de sufrimiento y mierda. Mi brutalidad es legendaria. Conozco mi propósito: es el poder que yace en la virtud. He leído el libro. Sé lo que me espera. Soy paciente y humilde. Me avergüenzan los himnos fastuosos que celebran mis victorias. No son mías, les digo, sirvo a la voluntad infalible de La Divinidad. Acepto sus designios como si fueran propios. Permito que actúe a través de mi cuerpo privilegiado y agradecido por sus dones. No soy alguien extraordinario, sólo he sido iluminado.

Domingo (Bone)

Esta mañana, después de lavar los platos, terminé de leer Bone, de Jeff Smith. Lo leí por las noches, antes de dormir, durante las últimas semanas. Leía un capítulo o dos cada noche. Nunca logró entusiasmarme lo suficiente como para volcarme en una maratón non-stop de una tarde. A partir de cierto momento, bastante temprano, perdí la esperanza de que mejorara de la manera que me gustaría que mejorara porque lo que me incomoda de Bone, lo que no me deja disfrutar la historia plenamente, está en su esencia. Tal vez haya descripciones más amables, que lo contextualicen históricamente y expliquen sus decisiones narrativas a la luz del trabajo de Walt Kelly, principalmente, pero para mí Bone es una historia épica-fantástica medianamente digna dentro de las posibilidades del género que se debate constantemente entre el humor local y la seriedad global de la trama por cuenta de tres personajes esencialmente caricaturescos a quienes Smith elige, un error serio e irreparable, como focos centrales de la historia. El resultado es lo que pasaría si las primeros tres episodios de Star Wars se centraran más (¡muchísimo más!) en Jar Jar Binks que en Anakin. Desde mi posición relativamente abierta al respecto de esa precuela trilogística, Jar Jar era un personaje prescindible cuyo propósito era simplemente cautivar al público menor de doce años, el personaje pintoresco que se tira pedos. Ese era el personaje para ellos (sí, así ven a esos niños, es triste). Desde ese sentido, acepto (a regañadientes) la decisión de incluirlo, pero sería inaceptable que la narración le diera más importancia de la que merece. Algunos comentaristas del otro lado de la fuerza aseguran que la sola presencia de Jar Jar Binks fue un atentado serio a la dignidad de la saga, pero esa me parece que es una posición dogmática que desconoce la existencia de esas películas como producto cultural comercial (al tiempo que sobrevalora la calidad y significancia general (a nivel narrativo) de las primeras tres). Lo que pasa en Bone es muchísimo más grave (exagero). Tal vez para honrar a Kelly, Smith centra su propia versión del Señor de los Anillos (porque eso es Bone) en estos tres parientes raciales de Gasparín. El resultado es una historia que no se encuenta y que, por momentos, se trata a sí misma como si fuera una idiota, como si no se creyera a sí misma. Como lector hay poco que hacer ante eso. El resultado no es tan trágico, ¡la trama nunca pierde cierto impulso!, pero cada tanto es necesario leerla pese a sí misma, desde la conciencia de que el error está en la narración (en una perspectiva y unos protagonistas mal elegidos) y no en la historia. Que la historia, con todos sus errores y cojeras, funciona, está viva.

Ahora procederé a contradecirme porque es necesario reconocer ciertas cosas: Bone, en términos de producción, no es una novela convencional. Bone, como tantas novelas gráficas, fue publicada por fascículos, pero incluso considerando eso el proceso fue inusual: el primer fascículo de Bone fue publicado en 1991 y el último en 2004. Trece (13) años, sí. En total fueron 55 fascículos, y el trabajo de edición, publicación y distribución fue asumido casi enteramente por Smith y su mujer. Para que entiendan lo que esto implica piensen que Watchmen duró doce fascículos, fue hecho por cinco personas (con una empresa inmensa (DC, los mismos de Superman) respaldándolos), y fue terminado en el transcurso de un año largo (1986-1987). Así, cuando hablamos de Bone estamos hablando de un proyecto paradigmáticamente independiente, improvisado, salvaje (medio inconcebible) y probablemente muy difícil de controlar. Smith, con toda seguridad, no sabía en qué se estaba metiendo ni tampoco sabía para dónde iba. Sus lectores, por su parte, recibían con regularidad tolerable nuevos capítulos de la novela pero lo que sostenía el interés no podía ser la trama, que avanzaba lentamente. Smith, por la razón que sea, pero tal vez principalmente porque su inspiración eran los cómics clásicos de Kelly, decidió que localmente Bone fuera por encima de todo una comedia casi que infantil, que el humor sostuviera a la audiencia mientras que el arco épico y serio transcurría al fondo (en el caso de Kelly lo que transcurría al fondo no era una novela épica sino un comentario político agudo). Desde esa perspectiva, su elección de centrarse en los primos Bone tiene todo el sentido del mundo y era hasta revolucionaria. El problema, claro, viene cuando su proyecto sin patas ni cabeza gana fuerza y audiencia, triunfa, y llega el momento de compilar todos esos fascículos en un solo volumen de mil cuatrocientas páginas donde, por la velocidad de la lectura, el arco principal gana muchísima más visibilidad y el humor local, la tontería innata de los Bone, empieza a sobrar.

Esa es mi relación con Bone. Entiendo por qué merece admiración y hasta postración como megaproyecto artístico-narrativo y si me concentro, si me imagino con dieciseis años menos y atrapado en un pueblo aburrido del midwest gringo donde recibía Bone en mi tienda comiquera de confianza un fascículo al tiempo, puedo comprender por qué Smith hizo lo que hizo y tomó las decisiones que tomó (y definitivamente puedo apreciar su habilidad para el dibujo y la narración, sencilla y efectiva, pánel a pánel, así como su cariño y dedicación por el trabajo evidentes en cada página), pero cuando pierdo la concentración y soy de nuevo yo y leo la monstruosa edición de un volumen, me gustaría poder tomar la historia y decir todo esto sobra, todo esto no es para mí, todo esto ya no es necesario, ya no, y cambiar algunas perspectivas y algunos énfasis y quitarle predominancia a Fone Bone, a Smiley Bone y sobre todo a Phoney Bone (el personaje más detestable de la historia del cómic universal) a cambio, tal vez, de profundidad en la mitología y contextualización del mundo, de apartes intercalados de la infrahistoria, de una aproximación más seria (no en el sentido de solemne) de la trama.

Algo parecido (si no peor) me pasa con El Incal, pero de eso mejor hablo otro día.

Adenda: Me acabo de dar cuenta de que The Abominable Charles Christopher, de Karl Kerschl, es, en más de una dimensión, un heredero casi directo de Smith y Bone. En mi opinión, este es uno de los mejores webcomics en desarrollo (lleva en pie cuatro años), y uno de los pocos que se toma en serio la misión de contar una historia. Es casi obligatorio leerlo. Aquí el inicio.