борщ


Lo que Sergio no cuenta es que una vez mató a un animal para comérselo. Un animal que, además, le sirvió fielmente durante varios meses. Era 1993. Teníamos codornices en el patio. Las teníamos por los huevos. Tal vez haya fotos por ahí. Las compramos pequeñas. Recolectábamos los huevos todos los días, los guardábamos en la nevera, y cada tanto, al ritmo de los suplex de Monday Night Raw, nos comíamos cuarenta de golpe con salsa rosada. Era uno de nuestros planes favoritos cada semana.
Pero un día las codornices dejaron de poner huevos.
Pensamos mucho en qué hacer. Les dimos tiempo. Buscamos asesoría en las tiendas veterinarias de la avenida Caracas. Compramos comida especial. Nada dio resultado. Decidimos asarlas al horno, pero primero teníamos que matarlas. Mi abuela dijo que las codornices debían ahogarse para proteger la carne. Creo que haber visto recientemente Como agua para chocolate influyó en la decisión.
Instrucciones: cada uno agarra una codorniz, sostiene la cabeza y la hunde en un balde con agua. Sólo la cabeza (esto también por recomendación de mi abuela). Lo hicimos en el patio, junto a la que había sido su casa por cerca de un año. La codorniz se retuerce, patalea, se relaja, tiembla y muere en ese orden. Dos minutos por animal. Sergio sólo lo hizo una vez. Yo maté a las otras cinco. No recuerdo haber sentido mayor culpa. La compasión no era mi fuerte. Todas estas debilidades morales que ahora padezco son más recientes. Encontrar el amor me jodió.
De resto procuramos que tuvieran una vida feliz, eso sí.
Verde y azul. Desayuno en el balcón. Huevos coddled con pan, té con especias y jugo de naranja con banano. En el supermercado, la portada de un tabloide revela que Bin Laden estaba high on heroin cuando lo encontraron y que su mujer lo traicionó (ratted by his wife). Abajo de un fotomontaje de su cara rabiosa dice que pidió clemencia y lloró cuando lo ejecutaron. ¿Y quién no lo haría? Al lado del tabloide una revista nos confirma lo que ya sospechábamos: Angelina engañaba a Brad con una criada. Quien se sorprenda con esto no ha seguido la historia de cerca. Ahora, de vuelta en la casa, preparamos un tajine mixto con verduras y pedazos de pollo, res y cordero. Me gustó este reportaje (parte de esta lista). A veces me encantaría poder dedicarme a investigar y escribir cosas así.

Vimos Sucker Punch y la pasamos bien. Las películas hay que juzgarlas de acuerdo a sus aspiraciones, a lo que pretenden ser, y Sucker Punch es perfecta en su género. Lo consolida. Le da sentido. El género de Sucker Punch es el thriller psicosexual de explotación gótico-sf-fantástico adolescente con intermedios musicales (Población: un (1) habitante). La fortaleza de Sucker Punch es la habilidad sobrenatural de Zack Snyder para montar escenas, musicalizarlas y colorearlas, para abusar de la gramática cinematográfica y poner el estilismo más desbordado a su servicio, de rodillas (en esta ocasión, además, libre de compromisos con historias ajenas por adaptar). Snyder monta secuencias donde, sin razón alguna, la cámara atraviesa espejos y continúa viajando por el espacio reflejado limpiamente, sin alardeos. Eso es Snyder en modo sutil. Aunque se podría pensar en razones, tal vez no sea del todo gratuito. Se podría pensar que en tanto que Sucker Punch transcurre dentro de la fantasía evasora/negadora de su protagonista, el mundo y su reflejo son indistinguibles en homenaje velado a mi colega Charles Dodgson. De ahí que los espejos no sean barreras. Tal vez la mayor debilidad de Sucker Punch sea su sentido de la historia, su desprecio por lograr un cierto nivel de coherencia global que nos convenza. Es una historia escrita por un niño. Si tuviera plata y talento me dedicaría a hacer películas así. Debe ser divertidísimo.

Luego del cine fuimos al mercado y compramos sobrebarriga. Al llegar a la casa llamé a mi abuela en Bogotá para que me recordara su receta. La acompañamos, como ordena la tradición, con papas chorreadas. Quedó rica. Hacía once años que no me comía una sobrebarriga.
(El 80% de la zona central de Londres, Ontario, luce así.)Día normal. Mónica fue a trabajar a las diez y media y regresó a las tres. Desayunamos pancakes. Ahora pedimos comida india a domicilio. Pereza de cocinar. Dos largas siestas. Un párrafo:
Repeat the fiction about the legs and the brain often enough over two hundred and fifty years and eventually it comes true. Recite the gospel of brain chemistry, invoke your authority to see inside us and show us the miraculous pictures of our despair, name the secret regions of our brains in a language as incantatory, as mysterious and incomprehensible as a Latinate Mass, and then offer the sacramental pills that will absolve us of our original sin, of the imbalances that are in us but not of us, promise us the salvation of mental health in the form of the ability to meet whatever sorrow we encounter with resilence—illness and loss and the death of loved ones (after two months, of course), our own limitations and failures and those of our leaders, the creeping awareness that we’re suffocating the planet, that living high on the hog requires billions of people to be our fodder, troubles both personal and political adding up to a world broken beyond repair: do all that, and we will line up for communion, we will take the sacrament, and we will be transformed into neurochemical selves, reinvented as the people of the pill. Not only because the drug changes our brain chemistry, although it undoubtedly does, but because it changes our idea of who we are. It’s the biggest placebo effect of all.
G. Greenberg, Manufacturing Depression
Mientras Mónica trabajaba en el laboratorio yo limpié la casa para recibir a Jana, Clif y la pequeña Lorelei esta noche. Tengo problemas con mi técnica de barrido. Me duele la espalda cuando barro. Creo que me inclino de más. Cuando Mónica volvió almorzamos en el bar aquí al lado. Ella pidió alitas picantes y yo una hamburguesa. No debería comer hamburguesa, siempre me deja el sistema digestivo en estado de emergencia. Hace unos días soñé que estaba orinando en el baño de la estación de Kitchener y no podía parar. Desde que descubrí que el jabón del baño de la estación de Kitchener huele a chicle (ese olor dulce a chicle clásico de unos chicles que, creo, ya no existen) entro al menos una vez al día a orinar y luego, como recompensa, me lavo las manos. En el sueño, la meada era interminable e incontenible y eso me angustiaba porque temía que perdería el tren. Nunca había soñado algo así antes.
Día calmado. Trabajo por la mañana y después de almuerzo. Conversaciones con Miguel sobre violencia e institucionalidad. Súbito interés por la tutela a media tarde. Correos electrónicos que vienen y van. Mónica y su familia fueron al centro comercial y compraron el coche para Mauricio. Es verde. Plinio está echado a mi lado sobre la manta roja. Fuimos a comer al restaurante cubano cerca de la casa. Pedí una tilapia frita. Viene acompañada de yuca con mojo y arroz congui. Me recuerda al pargo con patacón que usualmente me comía en el restaurante de Don Saúl, en Coveñas. ¿Cómo andará Don Saúl? Ya debe estar muy viejo. ¿Habrá regresado a Medellín? Los señores del restaurante cubano (Juan y Antonio) saben que Mónica se llama Mónica y que Mauricio se llama Mauricio. Mi nombre no lo conocen, creo. Me dicen “caballero”.
Me levanto temprano. Leo un cuento hiperviolento de Federico Escobar y le envío un correo largo con comentarios. Se titula, inofensivamente, Manizales. Juan me escribe: vio esto y se acordó de mí. Hago desayuno. Acompaño a Mónica a tomar el bus. Camino a la casa. Trabajo un poco por la mañana. Le recomiendo a Laura lugares en Nueva York. Escribo correos. Recaliento comida para el almuerzo (arroz congui y carne de cerdo). Leo este cuento de Daniel Espartaco Sánchez. Lo vuelvo a leer. Tomo el bus hacia el hospital. En Richmond con Dundas se sube un señor que huele a orines. Se sienta justo al frente mío. Contengo la respiración y oigo a Dan Savage reconfortar gringos con problemas de identidad sexual. Espero a Mónica en el punto acordado. No llega. Me asusto. Llega en taxi cinco minutos antes de la cita. Se le hizo tarde. Me desinfecto las manos al entrar al hospital. Miro personas en sala de espera. Hay un hombre de pantaloneta de jean a la Carlos Vives que tiene todas las piernas tatuadas con lo que a mi juicio son malos dibujos infantiles. Su hija, una niña de siete años, está vestida de cuero y tiene gafas negras. Es probable que ella sea la artista que decora las piernas de su padre. Hay una niña, más pequeña, que cuenta revistas con su papá. La mamá sale del consultorio, está embarazada, y la niña corre hacia ella y le entrega una revista que le guardó. Pienso en la perspectiva (horrenda) de enviar a Mauricio a un colegio. Odio los colegios. Había olvidado que Mauricio tendría que soportar ese martirio algún día. Mónica sale de la consulta. El cérvix se está borrando y Mauricio está en posición. Todo está preparado para su despegue vaginal hacia el temible mundo exterior. El doctor Fellows dice que faltan pocos días. Regreso a la casa a pie. Helado de yogurt con fruta (mango, frambuesa y mora; el helado tiene sabor a te verde) ante la imposibilidad de comprar bubble tea. Reviso el buzón de correo. Limpio la arena de los gatos. Escribo un twit que usa (correctamente, creo) la palabra “empero”. Escribo otro correo electrónico. Intento leer una entrevista a Pierre Bordieu que Miguel me recomendó. Fracaso. Creo que Pierre Bordieu usa un lenguaje secreto. Hablamos de gramática y Jaime Ruiz. Hablo con Mercedes varias veces durante el día. Renunció a la invisibilidad para volver a sentirse una chica popular. Pienso en un artículo de Rahim y Tom que hace meses que debería haber leído. Me da culpa. Juan me tranquiliza y me asegura que un taxi no se puede rehusar a llevarnos al hospital. Hablo con Sergio, el jueves se va a las tierras del norte. Instalamos una repisa blanca en el cuarto. Pongo un dinosaurio verde y gordo para estrenarla. Hay grillos afuera. Más que de costumbre. Encuentro a mi Asterix y mi pulpo naranja debajo del sofá nuevo junto al gato superhéroe de Gonta y su araña de jugar fetch. Juego fetch con Gonta. Me hago un sánduche, un vaso de te verde y sirvo papas fritas que compré en el Ikea. Me quejo al aire por séptima vez: las papas fritas del Ikea norteamericano no se parecen en lo más mínimo a su contraparte europea. Como. Debería comer mejor. Recuerdo una vez más que debo cargar la batería de la cámara. No hago nada al respecto. Debo dejarle comida a los gatos antes de salir al hospital. Debo dejarle comida a los gatos antes de salir al hospital. Plinio pide comida. Los platos están vacíos. Les sirvo comida. Plinio ronronea. Transmission me anuncia que Darkon está aquí. Veo (maravillado) pelear en juego a los gatos. Admiro el estilo de Plinio. Es poco efectivo pero elegante. Ayudo a Mónica a actualizar su hoja de vida. Oigo Little Person. La canto. Me pregunto por qué todos estamos tan lejos. Creo que leeré un poco antes de dormir. Huele a mofeta afuera. Ayer, por cierto, vimos una mofeta en el parqueadero. Dicen que hay que tenerles miedo.