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comida

Ocho meses

De repente aprendió a dar vueltas acostada. Llevaba un par de meses intentando que lo hiciera sin éxito, explicándole qué mover, cómo poner los brazos, y de pronto un día aprendió por su cuenta. Creo que entiende el logro porque sonríe orgullosa con cada giro. Ayer por la noche Mónica le dijo algo sobre “su papá” y ella respondió “papá”. En la piscina, mientras tanto, patalea con fuerza para impulsarse hacia el balón. Se lleva bien con el agua aunque todavía no se atreve a lanzarse desde el borde ni entiende el concepto de hacer burbujas (dos de los ejercicios usuales). En la comida cada vez somos más arriesgados. Esta semana comió un platito del sancocho de carne y pollo que hicimos el domingo. Ayer le hicimos un estofado de carne de res con cebolla, pimentón y zanahoria a ver qué opina. Su comida favorita es la berenjena al horno con lentejas. También le gusta comer pedazos de patilla. El martes fuimos al pediatra y sigue dentro de su curva de crecimiento. El pediatra dijo que era muy buena señal que lo mirara con extrañeza y buscara a la mamá. Ahora estira los brazos para pedir que la carguen. También grita para pedir cosas o llamar la atención. La mayor parte del día estamos en la sala con sus juguetes. A veces pongo música y cantamos. Le leo poco. Debería leerle más. Apenas el clima mejore quiero salir al menos una vez al día a caminar. El encierro es pesado para los dos. Sospechamos que viene un diente en camino pero no está confirmado. Últimamente se ríe mucho cuando hago el gesto de lanzarme a morderle las manos. Por las mañanas, recién levantada, la acuesto entre nosotros dos y por la cara parecería que es la niña más feliz del mundo. Con la consciencia, sin embargo, han llegado las primeras frustraciones: Gonta se va, los juguetes no están suficientemente cerca, no la dejo jugar con cables, Plinio no la determina. Llora desconsolada. Hoy la calmé usando una media como títere. Quedó impresionadísima. Este mes empezó a usar la tercera talla de pañal.

Salmón

El otro día le dimos salmón a Laia de desayuno. Parecía que le costaba pasarse los pedazos luego de mascarlos así que la ayudábamos con sorbos de agua, pero no entendimos el grado de dificultad sino hasta una hora más tarde cuando estábamos en la piscina y descubrimos que mientras nadaba todavía mascaba con gusto uno de los pedazos de salmón que le habíamos dado.

Pata

El domingo fuimos al supermercado a comprar la comida de la semana y había patas de cerdo en la sección de carnes a veintitrés dólares. Sin pensar, compramos una de diez kilos. Al llegar a la casa llamo a mi abuela a preguntarle su metodología para la pata de cerdo asada. Mi abuela, que no oye mucho, cree que compramos paticas de cerdo y recomienda meterla en la olla a presión por una hora y acompañarla con fríjoles.

Después de adobarla con cebolla y ajo licuados, pongo la pata en la refractaria más grande que tenemos y reacomodo el horno para abrir espacio porque en la configuración normal no cabe. No sé qué habíamos cocinado en el horno recientemente, pero de pronto, tras apenas diez minutos adentro, la base del horno empieza a arder. Como puedo saco la pata y aplaco el fuego con un trapo mientras Mónica corre a buscar el extinguidor en el pasillo. Al tiempo que golpeo las llamas pienso en cómo salvar a los gatos en caso de que el incendio se expanda. Por fortuna, antes de que Mónica rompa el vidrio de seguridad con el puño grito que el fuego ha sido controlado. Salvo su puño, la cocina y los gatos. Sé que pudo ser peor.

Dejo enfriar, limpio el horno y vuelvo a empezar.

La pata dura cerca de cinco horas en el horno a 180 grados centígrados hasta que la temperatura interna alcanza los 65. Durante el proceso tuve que sacar un par de veces grasa acumulada porque parecía a punto de desbordarse. El cuero estaba crujiente. La carne quedó blanca y jugosa.

El lunes por la tarde mientras Laia dormía corté la pata en lonjas gruesas que luego acomodé como pude en dos contenedores de plástico verdes que compramos hace poco en el supermercado.

Me dio lástima botar el hueso a la basura por falta de perro para premiar.

Llevamos comiendo pata cuatro días y todavía no limpiamos el primer contenedor. Creo que nos excedimos. Cuando compré la pata jamás pensé que tendríamos que comérnos diez kilos de carne entre los dos. Mi ilusión era asar la pata en el horno, como mi abuela en las navidades familiares de mi infancia. Tal vez añoraba esa sensación de comunidad reunida en torno a la mesa, nada más. Ya perdí la cuenta de las decisiones de mi vida que he tomado con criterios parecidos.

Sexto ciclo lunar

Ahora vivimos temporalmente en el planeta helado. Las salidas a la calle son difíciles pues la limpieza de las aceras es pobre. Cada vez el carrito nos parece menos práctico pero el uso del canguro no es confiable sobre el suelo congelado. Una solución no muy óptima es conseguir un trineo de madera para arrastrar a la niña. Estamos en ello. Igual a veces salimos los tres, caminando con cuidado de la mano. Gajes de vivir en un mundo donde olvidaron que las personas caminan. Laia come y masca. Le damos pedazos grandes de patilla y pera. Le gustan mucho las frutas jugosas. Laia hace muchos ruidos pero se restringe al sistema fonético klingon. Sólo sabe comunicarse a los gritos. Por las mañanas intercala gritos y pedos por la boca (no sé cómo más describirlo) hasta que nos despertamos. Cada vez parece más cómoda sentada aunque todavía no es muy estable. Cuando le dan comida con cuchara quiere apoderarse de la cuchara. Pese a la evidencia, Mónica sigue convencida de que la niña no crece. Lo mismo decía del Gonta, que ya pesa como diez kilos. Este viernes a medio día tenemos la séptima visita al pediatra y tercera ronda de vacunas.

Galleta

Yo estaba un poco asustado con el tamaño de las galletas pero al final se comió dos ella sola sin mucho problema.

Ciencia digestiva

He estado tentado a abrir un tablero de Pinterest que registre la comida que come Laia y el resultado tras recorrer el aparato digestivo. Supongo que sería excesivo. De paso también mediría el tiempo aproximado de digestión. Con la zanahoria es mucho más rápido que con el banano. La mierda de zanahoria sale prácticamente con el mismo color y textura que el puré de zanahoria original. La del banano, en cambio, sale gris casi negra por culpa del potasio. El pediatra dice que es importante aprender a reconocer la mierda sana.

Zanahoria

Primera comida: puré de zanahoria. Le gustó.

Leche

El lunes parecía que la sola presencia del tetero le dolía. Gritaba horrorizada cuando intentaba que tomara y sostenía el llanto desgarrado sin probar bocado hasta que el cansancio la fundía. Entonces, en duermevela, chupaba. Según mis cálculos alegres, durante la ausencia de la mamá Laia necesita aproximadamente dos teteros de 120 mililitros (uno cada tres horas). Entre los dos teteros hay siestas (a veces cortas, a veces largas — ese es mi tiempo para escribir), conversaciones, cambios de pañal y juegos. Los primeros tres días logré con mucho esfuerzo darle unos 80 mililitros en total. Entre mi angustia natural y su llanto apenas podía moverme cuando Mónica volvía. Ayer, sin embargo, su resistencia se redujo (la necesidad tiene cara de perro) y apenas lloró protocolariamente antes de recibir la comida. Si alguien la conociera hoy, creería que el tetero y ella son viejos amigos. Da alegría verla recibir la leche ordeñada con aprecio: se tomó 280 mililitros en tres golpes.

Segundo ciclo lunar

La semana pasada le di de comer a Laia por primera vez. El tetero de leche ordeñada no fue suficiente para saciarla. Mónica tuvo que intervenir. El uso del tetero implica un cambio de protocolo serio para ella. Todavía no se adapta del todo a la nueva opción y a veces duda (con razón) de que pueda recibir comida sin su mamá cerca. Mi impresión es que el ángulo de recepción es clave. Todavía no lo domino. De todas maneras me emociona poder participar en su alimentación. Necesitamos tener el sistema perfeccionado a principios de octubre, cuando Mónica vuelve a trabajar.

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La mamá y la hermana de Mónica estuvieron dos semanas con nosotros. Viajamos a varios sitios del suroeste de Ontario en un carro que alquilaron. Los paseos eran pesados para Laia y sospecho que más contra ella que con ella. Las travesías por carretera, sin posibilidad de darle de comer en el acto como está acostumbrada, fueron fuente frecuente de llanto. Al final logramos sincronizar mejor los tiempos y asegurarnos de que comiera muy bien (y sacara los correspondientes gases) antes de arrancar. La omnipresencia de Tim Hortons, ese símbolo de la vida canadiense, facilitó las pausas para cambiarla y darle de comer con comodidad en medio de los viajes.

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El curso que empezó el día que nació Laia terminó mejor de lo que pensé. Sólo dos estudiantes de veintiocho reprobaron. El examen parcial había sido un desastre pero para el final se esforzaron mucho más y el resultado fue mucho más cercano al que esperaba. No es divertido jugar el papel de verdugo cruel, especialmente cuando la intención al preparar las evaluaciones y los evaluados es exactamente la contraria. Al final varios estudiantes fueron a mi oficina a agradecerme la experiencia. Uno me pidió una carta de recomendación para un trabajo dentro de la universidad. Varios me preguntaron por qué no tenía cuenta en Facebook. Al descubrir que había pasado el curso, un estudiante soltó lágrimas de emoción.

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La mañana del día que le di tetero por primera vez, recién levantada, Laia empezó a sonreir regularmente en respuesta a conversaciones. Hasta entonces las pocas sonrisas parecían reflejos involuntarios y no particularmente predecibles. Ahora son reacciones reproducibles. Le hablo, abro la boca y hago una gran

A

y ella me mira con sorpresa y sonríe. Un par de veces tuve la impresión de que intentó imitar mi gesto, pero todavía tengo mis dudas. Necesito aumentar el tamaño de muestra para confirmarlo. Tras siete semanas de sentirme desconectado de su realidad interior, las sonrisas regulares parecen puentes de acceso directo (de conexión activa) a su mundo emocional. Soy particularmente sensible a estos progresos.

борщ

Borscht Sopa
Me provoqué de borscht a medio día así que hicimos borscht por primera vez. El borscht es un antojo extraño para mí porque en general no tolero la remolacha. Seguimos esta receta con algunas modificaciones menores (e.g., salteamos las verduras en mantequilla antes de echarlas en el caldo y horneamos la remolacha en lugar de cocinarla en agua). Salió una ollada salvaje. Quedó buenísimo. Me recordó una comida con Mercedes en Veselka hace ya casi dos años. Esa vez pedimos el borscht frío, que no es tan bueno. Fue un desastre. Me hace falta Mercedes.

Asesinos

Lo que Sergio no cuenta es que una vez mató a un animal para comérselo. Un animal que, además, le sirvió fielmente durante varios meses. Era 1993. Teníamos codornices en el patio. Las teníamos por los huevos. Tal vez haya fotos por ahí. Las compramos pequeñas. Recolectábamos los huevos todos los días, los guardábamos en la nevera, y cada tanto, al ritmo de los suplex de Monday Night Raw, nos comíamos cuarenta de golpe con salsa rosada. Era uno de nuestros planes favoritos cada semana.

Pero un día las codornices dejaron de poner huevos.

Pensamos mucho en qué hacer. Les dimos tiempo. Buscamos asesoría en las tiendas veterinarias de la avenida Caracas. Compramos comida especial. Nada dio resultado. Decidimos asarlas al horno, pero primero teníamos que matarlas. Mi abuela dijo que las codornices debían ahogarse para proteger la carne. Creo que haber visto recientemente Como agua para chocolate influyó en la decisión.

Instrucciones: cada uno agarra una codorniz, sostiene la cabeza y la hunde en un balde con agua. Sólo la cabeza (esto también por recomendación de mi abuela). Lo hicimos en el patio, junto a la que había sido su casa por cerca de un año. La codorniz se retuerce, patalea, se relaja, tiembla y muere en ese orden. Dos minutos por animal. Sergio sólo lo hizo una vez. Yo maté a las otras cinco. No recuerdo haber sentido mayor culpa. La compasión no era mi fuerte. Todas estas debilidades morales que ahora padezco son más recientes. Encontrar el amor me jodió.

De resto procuramos que tuvieran una vida feliz, eso sí.

Domingo

Verde y azul. Desayuno en el balcón. Huevos coddled con pan, té con especias y jugo de naranja con banano. En el supermercado, la portada de un tabloide revela que Bin Laden estaba high on heroin cuando lo encontraron y que su mujer lo traicionó (ratted by his wife). Abajo de un fotomontaje de su cara rabiosa dice que pidió clemencia y lloró cuando lo ejecutaron. ¿Y quién no lo haría? Al lado del tabloide una revista nos confirma lo que ya sospechábamos: Angelina engañaba a Brad con una criada. Quien se sorprenda con esto no ha seguido la historia de cerca. Ahora, de vuelta en la casa, preparamos un tajine mixto con verduras y pedazos de pollo, res y cordero. Me gustó este reportaje (parte de esta lista). A veces me encantaría poder dedicarme a investigar y escribir cosas así.

Sábado

Vimos Sucker Punch y la pasamos bien. Las películas hay que juzgarlas de acuerdo a sus aspiraciones, a lo que pretenden ser, y Sucker Punch es perfecta en su género. Lo consolida. Le da sentido. El género de Sucker Punch es el thriller psicosexual de explotación gótico-sf-fantástico adolescente con intermedios musicales (Población: un (1) habitante). La fortaleza de Sucker Punch es la habilidad sobrenatural de Zack Snyder para montar escenas, musicalizarlas y colorearlas, para abusar de la gramática cinematográfica y poner el estilismo más desbordado a su servicio, de rodillas (en esta ocasión, además, libre de compromisos con historias ajenas por adaptar). Snyder monta secuencias donde, sin razón alguna, la cámara atraviesa espejos y continúa viajando por el espacio reflejado limpiamente, sin alardeos. Eso es Snyder en modo sutil. Aunque se podría pensar en razones, tal vez no sea del todo gratuito. Se podría pensar que en tanto que Sucker Punch transcurre dentro de la fantasía evasora/negadora de su protagonista, el mundo y su reflejo son indistinguibles en homenaje velado a mi colega Charles Dodgson. De ahí que los espejos no sean barreras. Tal vez la mayor debilidad de Sucker Punch sea su sentido de la historia, su desprecio por lograr un cierto nivel de coherencia global que nos convenza. Es una historia escrita por un niño. Si tuviera plata y talento me dedicaría a hacer películas así. Debe ser divertidísimo.

Luego del cine fuimos al mercado y compramos sobrebarriga. Al llegar a la casa llamé a mi abuela en Bogotá para que me recordara su receta. La acompañamos, como ordena la tradición, con papas chorreadas. Quedó rica. Hacía once años que no me comía una sobrebarriga.

(El 80% de la zona central de Londres, Ontario, luce así.)

Sábado

Día normal. Mónica fue a trabajar a las diez y media y regresó a las tres. Desayunamos pancakes. Ahora pedimos comida india a domicilio. Pereza de cocinar. Dos largas siestas. Un párrafo:

Repeat the fiction about the legs and the brain often enough over two hundred and fifty years and eventually it comes true. Recite the gospel of brain chemistry, invoke your authority to see inside us and show us the miraculous pictures of our despair, name the secret regions of our brains in a language as incantatory, as mysterious and incomprehensible as a Latinate Mass, and then offer the sacramental pills that will absolve us of our original sin, of the imbalances that are in us but not of us, promise us the salvation of mental health in the form of the ability to meet whatever sorrow we encounter with resilence—illness and loss and the death of loved ones (after two months, of course), our own limitations and failures and those of our leaders, the creeping awareness that we’re suffocating the planet, that living high on the hog requires billions of people to be our fodder, troubles both personal and political adding up to a world broken beyond repair: do all that, and we will line up for communion, we will take the sacrament, and we will be transformed into neurochemical selves, reinvented as the people of the pill. Not only because the drug changes our brain chemistry, although it undoubtedly does, but because it changes our idea of who we are. It’s the biggest placebo effect of all.

G. Greenberg, Manufacturing Depression

Sábado

Mientras Mónica trabajaba en el laboratorio yo limpié la casa para recibir a Jana, Clif y la pequeña Lorelei esta noche. Tengo problemas con mi técnica de barrido. Me duele la espalda cuando barro. Creo que me inclino de más. Cuando Mónica volvió almorzamos en el bar aquí al lado. Ella pidió alitas picantes y yo una hamburguesa. No debería comer hamburguesa, siempre me deja el sistema digestivo en estado de emergencia. Hace unos días soñé que estaba orinando en el baño de la estación de Kitchener y no podía parar. Desde que descubrí que el jabón del baño de la estación de Kitchener huele a chicle (ese olor dulce a chicle clásico de unos chicles que, creo, ya no existen) entro al menos una vez al día a orinar y luego, como recompensa, me lavo las manos. En el sueño, la meada era interminable e incontenible y eso me angustiaba porque temía que perdería el tren. Nunca había soñado algo así antes.