Una empresa local ofrece el servicio de distribución y lavado de pañales de tela. Es barato y cómodo. Más barato que los pañales desechables que se consiguen en el supermercado. El pediatra los recomendó. Son suaves, tienen elásticos y botones de presión, y por lo pronto cumplen su función sin queja (apoyados en unos calzoncitos ligeros de plástico). Cada jueves recibimos más que suficientes pañales limpios y entregamos una bolsa llena de pañales sucios que ellos lavan y desinfectan en máquinas industriales como las que se utilizan en hospitales. Si por casualidad necesitamos más, llamamos y traen más. Si Laia creció y necesitamos unos más grandes, lo mismo. Todo dentro del precio fijo semanal. La primera semana Laia usó sesenta y tantos pañales. Los acumulamos en una caneca que la empresa provee. No despide olor alguno.

Mi tío Juan, que estuvo de visita, dice que un servicio como este podría tener éxito entre el progresismo bogotano. Mi mamá por su parte opina que allá no prosperaría porque requiere compartir pañales con otras familias y eso no sería bien visto. Sospecho que mi mamá tiene razón. O tal vez el servicio tendría que ser carísimo (para que sientan que no compartirán pañales con cualquiera o que no compartirán en absoluto), en cuyo caso perdería buena parte de su gracia para mí. La desconfianza generalizada (sumada a las infinitas barreras sociales dispuestas) encarece y complica vivir.