Cada primero de enero me siento culpable de antemano por todo lo que no haré. Sé cómo defraudarme y para prevenirlo evado las declaraciones de propósitos y compromisos, lo que no quiere decir que no los contemple.

Pasa también que inadvertidamente cumplo propósitos que jamás me hice aunque tal vez debí hacerme, como renunciar a un trabajo o dedicarle más tiempo a la limpieza de la casa o a la bicicleta. En las lecturas retrospectivas del año que acompañan su cierre los detecto y aíslo e intento convencerme de que de alguna forma me cumplí y soy lo que quise ser. Así compenso por las perezas que determinan, más que cualquier otra fuerza, el ritmo de mis días.