Rango Finito

fotoscódigoobservatorioshermanocerdo temas plots

computadores

Superficial

En el postgrado se requería pasar seis exámenes en áreas generales antes de enfocarse en algo más específico. Cada uno de estos exámenes estaba asociado a un curso. Dos exámenes eran obligatorios, para el resto había cierta flexibilidad de elección. Los exámenes que presenté fueron análisis real, análisis complejo, álgebra 1, álgebra 2, lógica y geometría diferencial. Eran exámenes salvajes de tres o cuatro horas con cinco preguntas que requerían trabajo duro de varias páginas. Me encantaba el reto. Nunca estudié tanto, sospecho. Había límites en el tiempo para cerrar esta fase del programa pero no recuerdo cuáles eran. Creo que nunca estuve al borde de la expulsión aunque no podría asegurarlo. El de álgebra 2 lo tuve que presentar dos veces antes de lograr superarlo (o sea a la tercera — había por ahí cuatro momentos en el año en el que se podían tomar). El resto los pasé a la primera aunque no siempre con holgura (por lo general recién había terminado de tomar el curso correspondiente — los únicos que no tomé fueron el de lógica (presenté y pasé el examen milagrosamente recién llegué aunque mi inglés era apenas funcional) y el de álgebra 2 (tercamente me negué a tomarlo y me determiné a estudiarlo por mi cuenta)). Todo esto para decir que de los seis los exámenes en los que me fue mejor (calificados “con distinción”, lo que quiera que fuera eso) fueron geometría diferencial y análisis complejo. Y creo que durante lo que siguió siempre lamenté en secreto no haber seguido estudiando más geometría diferencial, así que ha sido agradable revisar esta semana, por cosas del trabajo, algunos libros viejos para intentar entender, otra vez, detalles de la forma como la curvatura nace de esos productos perturbados en el espacio tangente. Ahora intento leerlos computacionalmente: imaginar en qué consistiría una clase que codificara una variedad riemanniana. Qué propiedades tendría, qué métodos, cómo se pueden abstraer en un lenguaje como Python. Hay algunos proyectos en esa dirección para variedades riemannianas específicas en las que los cálculos son relativamente sencillos si se enfocan en una cierta aplicación específica. Pero creo que con los sistemas de diferenciación automática que se consiguen ahora se podría aspirar a herramientas más generales (al menos para los problemas que ahora me interesan). A ver si en algún momento saco tiempo para jugar con eso. Por ahora sigo leyendo.

Virgulilla

La Novela Luminosa de Levrero me insta a retomar este diario abandonado, así sea de vez en cuanto (dejemos el error tipográfico), así sea solo para decir que aquí sigo, tan atento como ausente.

Compré hace varios meses un nuevo computador portátil marca Lenovo muy ligero (casi demasiado ligero) y cómodo que ahora poso en mis piernas para escribir desde la cama. Lo compré como ejercicio de resistencia contra los computadores de Apple que llevaba usando desde 2003 o 2004 ya que en sus últimos modelos me han parecido bastante insuficientes considerando el precio. Este Lenovo ha resultado ser un buen aparato. Hace lo que debe hacer, tiene lo que debe tener y no puso problema instalándole el GNU/Linux. El teclado, tal y como prometen todos los fanáticos de la serie ThinkPad, es un placer. Configuré el teclado para soltar tildes combinando el Alt de la derecha con «’» más la letra que corresponda. Lo malo es que la eñe sale con un «~» más la ene y la virgulilla está muy lejos, en la esquina superior izquierda, así que todavía no tengo totalmente automatizado el gesto y por ende prefiero evitar las palabras que usan esa letra de repente incómoda. Las tildes sí las llevo bien. Ya ni lo noto.

Casi siempre que compro o estoy por comprar cosas que considero costosas me entra una angustia que no sé aislar bien pero relaciono con cierto compromiso de «clase» que siento que traiciono al adoptar un nuevo lujo. Después del gasto duro sintiéndome culpable y hasta juzgado por semanas. La plata me incomoda. Lo pésimo es que cuando teníamos poca plata eso también me angustiaba. Uno nunca está feliz. Lo que cambia es el sabor de la insatisfacción.

Máquinas para matar

La columna de hoy habla sobre los orígenes bélicos del computador electrónico digital. La referencia principal es Turing’s Cathedral, de George Dyson, donde me enteré del proyecto de Barricelli. Me gusta esa dicotomía: los mismos computadores que permitieron el desarrollo de la bomba termonuclear sostenían también un proyecto para generar vida artificial. Barricelli, por cierto, trabajaba como voluntario, sin un salario. Y su proyecto ocupaba los tiempos libres del computador. Nunca fue totalmente oficial. Aquí hay un artículo breve de Dyson para Make Magazine donde resume la historia. Y aquí hay un artículo largo (y un poco confuso) sobre la historia de los computadores que Von Neumann y su equipo montaron en Princeton. Von Neumann es un personaje que siempre me ha intrigado mucho. Es impresionante la cantidad de áreas matemáticas (tanto “aplicadas” como “puras”) donde hizo aportes significativos.

El computador Maniac y sus operarias
El computador de Princeton, apodado cariñosamente MANIAC. Igual el ENIAC, era operado mayoritariamente por mujeres. Más fotos.

Muerto

Escribo esta entrada con el iPod. Mi fiel MacBook de cuatro años sacó la mano. El disco duro sucumbió a mis abusos. Estaba débil y aletargado desde hace meses. El lunes pasado, coincidencialmente, había comprado en un arranque de consumismo el que será su reemplazo. Tardará una semana en llegar. Hace unos minutos bajamos a revisar las ardillas. Todo parece estar bien. Entradas breves (y comunicación restringida) hasta nueva orden.

La era de las máquinas espirituales (Idea para un ensayo)

La nueva literatura requiere que el escritor neófito se entrene en la redacción de ensayos, esa forma perdurable de pensamiento puro experimental. Sin esta habilidad, un joven escritor posmoderno debe resignarse a ser ignorado o declarado un paria intelectual por sus pares mejor dotados o con mejor publicista. Debido a lo anterior, y preocupado por mi futuro como joven (?) escritor posmoderno, a partir de hoy presentaré en este espacio ideas sueltas para ensayos que me servirán algún día de práctica para consolidarme y ser, por fin, respetado. Empiezo por uno que se me ocurrió esta tarde, mientras limpiaba la sala. La premisa principal de este ensayo es que el computador no fue la primera máquina espiritual. La aspiradora casera lo precedió por varias décadas sin hacer tanto bombo (la patente de la aspiradora ciclónica es de 1929). Quien dude de lo anterior debe hacer el experimento de utilizar a consciencia una aspiradora de buena calidad en su sala. Cuando digo de buena calidad me refiero a cualquiera que no sea esa aspiradora de cuarta marca DirtDevil® (la ele en forma de rabo demoniaco) que compramos en Walm-rt por error, embelezados por el precio en oferta y la promesa de que no necesitaba cables (era recargable). Cuando digo a consciencia me refiero a hacerlo concentradamente, con convencimiento, con disposición de servicio, entendiendo el proceso físico (hermoso en su sencillez) y con aprecio por lo que pasa mientras la aspiradora se desliza sobre el suelo, en mi caso de madera, y las partículas de polvo y la pelusa desaparecen en ese vacío prodigioso de succión mecánica. Valore, por favor, la compenetración que ocurre naturalmente entre el operario y la máquina; la, si me permite el atrevimiento, simbiosis ergonómica entre su brazo y ese artilugio incansable. Reconozca también, no es obvio, que a su paso (en plural) el espacio recorrido se limpia. No es brillo superficial, es limpieza objetiva, constatable. Valórela. Es suya (en plural). Piense en las implicaciones concretas (nada de simbologías ociosas) de este hecho. Piense en su papel, en el papel de la máquina y en el compromiso tácito que ambos asumen. Escuche con atención el ruido blanco hasta que el ruido sea El Universo. Despierte a la claridad de saber lo que hizo, lo que hicieron juntos, y no la pierda. Cultívela en usted. Ahora piense en la humildad/dignidad de su aspiradora (oculta sin opción en un armario) y compárela con el ansia constante de atención del computador, siempre exigiendo más y más de usted, nunca conforme con nada. ¿Quién es usted? ¿Quién preferiría ser? En el Walm-rt cerca de mi casa, las aspiradoras están al lado de los recipientes de plástico y no muy lejos de los grandes refrigeradores de (sospechosa) comida congelada, perdidas entre la infame megasección Hogar, mientras que los computadores tienen su propia sección exclusiva casi a la entrada, iluminados por una pared de pantallas de televisión (cada vez más grandes y vacías). Que las personas que se dedican profesionalmente al uso de aspiradoras industriales tengan vidas cinco (5) veces más satisfactorias que el resto de la población en promedio (según un resonado estudio británico) no debería ser una sorpresa para nadie que practique regularmente las labores del hogar.