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Por qué no confían

Las personas no confían en la policía porque cuando un agente de policía le dispara en la cabeza a un muchacho de diecinueve años desarmado en medio de una discusión durante un partido de fútbol juvenil y el muchacho muere, el proceso penal contra el agente es dilatado, surgen testigos falsos, la necropsia es alterada, la familia del muchacho recibe amenazas y el agente sale libre a los cuatro meses por vencimiento de términos.

Las Brisas

La pregunta sobre la naturaleza (o la fuente) del mal es una banalidad. Cualquiera con suficientes años en este mundo debería tener claro que no se necesita gran cosa para convertir a una persona (no me excluyo) en monstruo. Las justificaciones sobran. Es sencillo de verdad. No hay que estar dañado. Un resentimiento bien establecido (mediante entrenamiento, instigación o vivencia) engendra odio y del odio a la violencia sólo hay un pequeño tabú moral que es fácil de ignorar bajo suficiente presión. Pero es peor todavía: no se necesita nada. Ninguna excusa. Las limitaciones que impone la sociedad nunca son suficientes para contener todas las variantes de daño intencionado concebibles. Una centena de hombres llega a la vereda Las Brisas y fusila a doce campesinos (papás, hermanos, hijos). Luego los decapitan a machete ante sus familias. Son órdenes de arriba. Casi rutina. Cuando le reclaman a los asesinos ellos dicen de diferentes formas que no saben por qué lo hicieron pero están arrepentidos y sienten culpa (o sea merecen perdón). Con algo de esfuerzo histriónico lloran. Parece casi natural. Está bien hecho. Las revistas y los jueces intentan explicar por qué pasó. Hablan de venganzas, territorio y estrategias. No es satisfactorio pero es funcional. Cuelgan de eso un Nunca Más. La narrativa como consuelo. El horror dispuesto en una cadena causal bien alineada, apodada de cariño La Verdad, que convierte lo inaceptable en comprensible. Nos inventamos el cuento de que la maldad es ajena a lo que somos (es inhumana) y necesita historias que nos perviertan para poder existir.

Miércoles

Llueve todo el día. Salgo descalzo a la puerta del edificio para recibir un paquete del cartero que no cabe en el buzón. De no haber estado, habríamos tenido que ir a la tiendita de tarjetas Hallmark con oficina de correo asociada que es atendida en persona por su propietario: un patriarca chino con cara de contador corrupto jubilado que la última vez que fui a reclamar un paquete para mí y otro para Mónica sugirió con agresividad mal disimulada que yo podía ser un ladrón pues quería reclamar un paquete a nombre de una mujer que, coincidencialmente, vivía en el mismo edificio y en el mismo apartamento que yo pero que no había nada que concluyentemente demostrara que era, como yo decía, mi esposa; que tenía que disculparlo pero él, para ser franco, no tenía ninguna razón para confiar en mí. En otras noticias, el árbol frente a la sala floreció entre ayer y hoy. Primero florece y luego salen las hojas, ese es el orden de las cosas.