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Televisor

Ayer aceptamos que nuestro viejo y fiel televisor, el que compramos recién llegados a Canadá y con el que vimos tantas películas de gusto dudoso, ya no quiere vivir (solo prende ocasionalmente, sin razón alguna) y compramos un reemplazo que lo duplica en tamaño. Fue una decisión difícil. Nos va a tomar tiempo acostumbrarnos a todas sus inteligencias. Atrás quedaron los años cuando los televisores se resignaban a su condición con humildad. Ahora todos quieren ser algo más. Este a veces ni se deja apagar.

Sábado y domingo (Consumo e individualidad)

Aquí, para empezar, viene una lista de productos que he adquirido en el último año. Luego una reflexión sobre cómo siento (no puedo evitarlo) que esos productos, en conjunto, responden a mis aspiraciones y refuerzan mi individualidad. Cada cual dice algo sobre mí, sobre lo que creo que soy, sobre lo que quiero ser. Me proyecto socialmente a través de su ostentación sutil o descarada así como del orgullo (enternecedor) de no haber comprado aquellos que me igualarían al despreciable conformista. Una paradoja aparente: los productos de consumo masivo son diseñados y comercializados recurriendo a la idea de que soy único y especial y necesito satisfacer deseos particulares que me diferencien de la masa. El mercado cuidadosamente fragmentado (especializado) me permite expresar, mediante mis decisiones como consumidor, eso que siento que me distingue como individuo a través de la compra de artículos que cientos de miles de personas también comprarán. El esquema de oferta es tan fino que logra apelar incluso a aquellos que se sienten insatisfechos con el mismo esquema. Cada brote de indignación crea un nuevo estilo de individuo dentro de una clasificación detectable con métodos estadísticos cuyas necesidades son prontamente atendidas por productos que lo hagan sentirse fortalecido en sus indignaciones y reproches contra todo eso que condena. El secreto para mantener el control es implementar un sistema de respuesta ágil y adaptable que impida que nadie se sienta ignorado cuando no quiera ser ignorado.

Sábado

Estamos en esa fase en la que cualquier molestia se hace pasar por contracción. Pero Mónica tiene trabajo por hacer así que vamos al laboratorio a enseñarle a los ratones mutantes a reconocer la guarida placentera a punta de inyecciones de cocaína. Por la mañana, como parte del programa de anidaje instintivo patrocinado por las hormonas parturientas en las que Mauricio flota, Gonta y Plinio padecieron el consabido baño anual. Esta vez lo hicimos en el lavaplatos. Fue el primero de Gonta y el cuarto de Plinio. Creo que Gonta pensaba que lo íbamos a matar. Nos rogaba. Plinio ya está acostumbrado y se resigna. Gime un poco. Luego le toma un buen tiempo secarse por su tipo de pelo. Ayer instalé en una pared dos de esas repisas, no sé cómo más llamarlas, para poner libros de tal manera que parece que los libros flotaran. No son muy prácticas pero tienen encanto. Hace rato que quería unas. Antojos pendejos, sí. Hoy por la mañana montamos el palo para la cortina de la habitación. Por mí viviría sin cortinas pero Mauricio necesita un lugar oscuro para dormir. De vuelta de la universidad se largó un aguacero. Para no mojarlas, me quité las chanclas en el bus y caminé descalzo del paradero a la casa. Me recordó cuando llovía en Lorica y salíamos felices a mojarnos en la calle. Ojalá que uno pudiera regresar a voluntad a los nueve años de vez en cuando.