Dos aproximaciones críticas al cine de pelea: en la primera, idealista, conservadora, los combates, aunque centrales, deben ser enmarcados dentro de una historia medianamente cuidada, donde los personajes evidencien humanidad y motivaciones íntimas más allá de la supervivencia primaria. Roger Ebert, en su crítica, adscribe esta perspectiva y, por ende, The Raid: Redemption lo decepciona. Es una buena reseña.

La aproximación cínica, por su parte, reconoce con cierto alivio que la naturaleza del cine de pelea se opone a la construcción de personajes y narrativas (el fracaso recurrente de proyectos que pretenden mezclar homogeneamente ambos aspectos es evidente) y, en consecuencia, su prioridad debe ser maximizar sin compasión el número de hostias por minuto, como dirían en la España. Esta escuela propugna el aprecio por la coreografía de la violencia en sí misma, sin amagos de historia que la desplacen, y por tanto aplaude The Raid: Redemption como cumbre indudable del género incluso si su desprecio absoluto por la narrativa a veces se confunde con desprecio por el espectador, a quien no ofrece el más mínimo vínculo emocional que sostenga su atención, como si fuera un personaje más para matar.