En parte por Laia y en parte por mi ansiedad reciente por no morirme tan pronto ahora le prestamos mucha más atención a la comida que compramos y en especial a la carne. En el supermercado toda la carne de res es de criaderos industriales (así que sólo comemos carne muy ocasionalmente, cuando pasamos por el mercado hipster del centro) pero entre las opciones de pollo hay unos paquetes de pechuga orgánica por ahí al doble del precio del resto del pollo disponible que aclara muy visiblemente en la etiqueta todo lo que NO hacen con ellos (no toman antibióticos, no reciben hormonas, no comen forzados, no son caníbales, etcétera.) También hay pollos enteros con esas mismas características. Ante el estante del pollo todavía dudo a veces por culpa del precio, pero a punta de leer regularmente la lista de particularidades de los pollos orgánicos desde hace poco me entra una desazón profunda y me pregunto por qué tiene que ser el pollo sano el que trae aclaraciones y no el de criaderos industriales. Tal vez en una sociedad más evolucionada y responsable pero todavía carnívora será el empaque de pollo de criadero industrial el que traiga una lista detallada de todo lo que le hacen, administran e inyectan. Entonces la gente sabrá qué es exactamente lo que paga por ese precio.

Foto de una granja de pollos en Ontario en 1945.