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crianza

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Los libros de hojas de cartón duro son ideales para esta edad. Resisten perfecto el trato característico de la motricidad fina en desarrollo. Laia elige uno y me pide que lo leamos. A veces ella pasa las páginas. Me enseña los dibujos con el dedo. Pide explicaciones. Hace sus ruidos. Reconoce gatos, elefantes y niños. Otras veces nos acostamos uno al lado del otro y yo llevo el control del libro. No le basta con que le muestre el libro sino que quiere que se lo lea, lo que implica por lo general traducir pequeñas frases o palabras pues tenemos pocos libros en español. Traducir o inventármelas. Algunos libros, la mayoría, tienen mejores dibujos que palabras así que no me importa tener libertad a ese nivel. De todos modos poco a poco necesitaremos más libros en español para que ella pueda aprender a leer. Además del libro de Isol a Laia le gustan los libros del elefante Élmer de David McKee. Tenemos dos traducidos al español: uno sobre el clima y uno sobre los animales. También tenemos algunos de Chigüiro de Ivar Da Coll. Esos son de hojas de papel así que requieren más cuidado. Había uno de animales de hojas compuestas de algo parecido a espuma que ella esencialmente se comió durante la ansiedad por morder que acompaña el nacimiento de los primeros dientes. La edición de hojas duras de Olivia, de Ian Falconer, ha sido muy apreciada. Y The Big Book of Words and Pictures de Ole Könnecke es un tesoro al que siempre se puede regresar con gusto. También tenemos algunos libros baratos de dibujos que le permito deshojar libremente. Cada tanto le leo unas páginas de alguna novela de Roald Dahl o de la edición con comentarios de Martin Gardner de Alicia. Todavía no le llaman mucho la atención. Prefiere los dibujos coloridos.

The-Big-Book-of-Words-and-Pictures-Muiscal-Instruments

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Una serie más de gráficas de Pisa Colombia 2012 alrededor de una pregunta de autovaloración en matemática:

autovaloracion
En un eje su autovaloración y en el otro el puntaje que sacan en la prueba de matemática diferenciado por género.
autoevaluacion-genero
Fracción de muchachos y de muchachas en cada respuesta.
autovaloracion-total
Porcentaje en cada respuesta sin diferenciar por género.

Agua

El fin de semana nos inscribimos al YMCA del centro de la ciudad para poder usar la piscina con Laia. Hay actividades para bebés en la piscina todos los días, usualmente por las mañanas. Planeamos ir tres veces por semana. Hoy fue nuestra primera vez.

Antes habíamos bañado a Laia en la tina del baño pero esto es distinto. Mónica está asustada. Yo llevo a la niña cargada. Cuando bajo las escaleras Laia no parece sorprendida. La incomoda flotar de espaldas incluso si nos ve la cara. Hay otras personas con sus hijos pero no hay parejas como nosotros. Salvo por dos mujeres, no parece que se conocieran entre ellos. La piscina se parcela y cada cual usa su propio lote de agua. Poca interacción. Laia persigue una pelota de caucho azul. El propósito de las actividades que propone la coordinadora es acostumbrar al niño al contacto con el agua. Hacemos varios de los ejercicios. Algunos niños parecen muy avanzados aunque son apenas un par de meses mayores que Laia.

Al verlas jugar en el agua me recuerdo (falsamente) en la misma situación, aunque tal vez mayor, en Melgar, Pacho o Cali. Siento el peso del bucle que se cierra y la responsabilidad y el privilegio que tenemos.

Uno de los ejercicios consiste en hundir a la niña en el agua y sacarla de inmediato. La primera vez es traumática. Entra agua por la boca y sale por la nariz. Arranca el llanto. La calmo con la pelota. La segunda vez entiende mejor lo que pasa y no parece incómoda. El ejercicio es tanto para ella como para nosotros. Le enseñamos el mundo para que se vaya. Aprendemos a dejarla ir.

Tercer ciclo lunar

Cada vez la risa es más frecuente aunque creo que todavía no me reconoce totalmente. Tampoco reconoce su nombre. A veces duerme bien y a veces duerme mal. Todavía no entendemos de qué depende. Los manuales proponen la creación de una rutina pero mi impresión es que la rutina (si se le puede llamar así) la impone ella. Igual no es malo: es divertido adaptar la vida a los designios de una pequeñita déspota sonriente que hace globos de baba. Hace un par de días estuvimos hasta las dos y media de la madrugada conversando. Creo que me quedé dormido antes que ella.

El control de las manos ha mejorado muchísimo. También su visión. Ahora puede tocar lo que quiere tocar (dentro de un margen de error de unos cinco centímetros). Adora los móviles. Queremos llenar el techo con todos los que podamos encontrar. La ropa que antes parecía inmensa ahora apenas le queda. Ya empezamos a usar la ropa que corresponde a los tres a seis meses y a prescindir de la otra.

Hace un par de días, durante el baño, redescubrió sus pies.

Janak vino a visitarla por cinco días. Jugamos Dance Central 2. Nos fue conferida la misión de asegurarnos de que Laia pronuncie apropiadamente las palabras “out”, “about” y “sorry”. Según Janak, el acento canadiense sobre esas palabras es fonéticamente ofensivo para el angloparlante de bien.

La licencia de maternidad de Mónica termina hoy. Mañana regresa al trabajo. Este año (“académico”) Laia será mi única ocupación. Tal vez escriba y programe por las noches, dependiendo del cansancio. Durante los primeros días iré con Laia a la universidad al mediodía para que reciba un almuerzo. De resto, la alimentación diaria dependerá de mi habilidad con los teteros y su disposición a la resignación. Esperamos que no sea necesario utilizar leche de fórmula. Durante el último mes Mónica se ordeñó regularmente y tenemos una buena provisión en el congelador. A ver cuánto aguanta.

Winter is coming (2)

El frío otoñal llegó la semana pasada acompañado de brochazos de invierno. A mí me gusta sentir frío así que por lo general sólo recurro a abrigos serios cuando la temperatura baja lo suficiente para que sea médicamente requerido. Mónica no era así. En Barcelona sufría cuando estábamos alrededor de los cinco grados, pero tras tres años acá cada vez es menos prevenida. Con Laia hemos tenido que repensar nuestra relación con el frío porque su rango de tolerancia es muy distinto del nuestro. Ayer por la noche durmió muy mal y no entendíamos por qué. Pedía comida con mucho más frecuencia de lo usual. Estaba cubierta, pero parece que no era suficiente. Por la mañana decidimos sacar uno de los mamelucos de invierno que le quedan inmensos (oso-ninja es una buena descripción) y ponérselo encima de su piyama. Casi de inmediato se quedó dormida. Por la tarde se echó una siesta larga también. Anoche durmió mucho mejor. Las cosas serán más agradables cuando empiece a funcionar la calefacción del edificio.

Una de las enseñanzas de estos primeros meses de crianza es que la única prenda de vestir que necesita un bebé son mamelucos (¿”enterizos”?). Algunos de manga corta, algunos de manga larga, con o sin pies o piernas (de pronto esos tienen otro nombre, no sé). El resto de ropa (vestidos, conjuntos de pantalón y camiseta, &c.) no es práctica, se descuadra con facilidad y es difícil que cumpla su propósito de abrigar.

Tela

Una empresa local ofrece el servicio de distribución y lavado de pañales de tela. Es barato y cómodo. Más barato que los pañales desechables que se consiguen en el supermercado. El pediatra los recomendó. Son suaves, tienen elásticos y botones de presión, y por lo pronto cumplen su función sin queja (apoyados en unos calzoncitos ligeros de plástico). Cada jueves recibimos más que suficientes pañales limpios y entregamos una bolsa llena de pañales sucios que ellos lavan y desinfectan en máquinas industriales como las que se utilizan en hospitales. Si por casualidad necesitamos más, llamamos y traen más. Si Laia creció y necesitamos unos más grandes, lo mismo. Todo dentro del precio fijo semanal. La primera semana Laia usó sesenta y tantos pañales. Los acumulamos en una caneca que la empresa provee. No despide olor alguno.

Mi tío Juan, que estuvo de visita, dice que un servicio como este podría tener éxito entre el progresismo bogotano. Mi mamá por su parte opina que allá no prosperaría porque requiere compartir pañales con otras familias y eso no sería bien visto. Sospecho que mi mamá tiene razón. O tal vez el servicio tendría que ser carísimo (para que sientan que no compartirán pañales con cualquiera o que no compartirán en absoluto), en cuyo caso perdería buena parte de su gracia para mí. La desconfianza generalizada (sumada a las infinitas barreras sociales dispuestas) encarece y complica vivir.