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crimen

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Antier por accidente empecé a leer un ensayo que en su párrafo introductorio revelaba sin pudor el giro central en Gone Girl, la novela de Gillian Flynn que Fincher acaba de adaptar como película (sale en octubre). El giro que sugerían (no lo busquen, seguro que es mejor si no lo saben) me llamó la atención así que ayer la leí. Empieza lento intercalando crimen y dramedia romántica en medio de la Amérika post-apocalíptica que dejó la crisis económica pero por ahí a las cien páginas se larga a soltar jugo al ritmo justo para no liberar toda la sustancia de un golpe y al tiempo sostenerlo a uno en la cama con la lengua afuera saboreando cada gota. A partir de ahí es una fiesta de la manipulación ácida: una lucha entre dos testimonios por la confianza en las palabras y las acciones de otros, o sea una novela de amor: sobre lo que significa, implica y requiere el amor como compromiso. Aunque nunca deja de ser una novela ligera y rápida, en medio de los reveses propone dudas generales sobre la realidad del amor empacado, plástico, que las personas ansiosamente intentan imitar para parecer adaptadas, para que no se note tanto que están insatisfechas con sus vidas no importa lo que hagan y para compensar por todas las soledades que se autoimponen con el propósito triunfar y encontrar la felicidad (o al menos aparentarla). Supongo que en el fondo la trama es inverosímil (todo es demasiado perfecto, demasiado inteligente, demasiado medido, demasiado demasiado) pero el salto de fe inicial que se requiere para disfrutarla, para dejarse intrigar y llevarle la cuerda a las versiones desencontradas, no es particularmente difícil de lograr y además paga bien, sin remordimientos.

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El domingo llamó un estafador que ya ha llamado otras veces haciéndose pasar por un pariente de Mónica que vive en Estados Unidos. Lleva un acento venezolano o panameño, tal vez, con palabrejas en varios registros por si las moscas. La estafa es transparente (“¿Quién crees que te puede estar llamando, tío?”) pero pareciera que hay gente que cae. La primera vez le seguimos el juego un rato largo dando vueltas hasta que se aburrió. La segunda vez lo mandé a comer mierda a las tres frases. Parece que no son lo suficientemente sistemáticos como para llevar un registro de a quién han llamado y a quién no. El domingo resolví improvisar una estrategia distinta: fingí alegría de oirlo, le dije que me sorprendía cómo le había cambiado el acento y apenas me dio oportunidad me solté en una historia dramática de niña enferma en el hospital y nosotros ya entregados a la voluntad de Dios (creo que dije “El Altísimo”). Le dije que le agradecía la llamada y la preocupación. Le dije que sabíamos que él estaba pendiente. Aunque se notaba incómodo me respondió que él también estaba elevando las oraciones al cielo por la niña y que lo aliviaba saber que todo había salido bien. Le dije que todavía faltaba la operación grande y que había muchos riesgos pero nosotros no perdíamos la esperanza. Le agradecí de nuevo la llamada y le dije que debíamos salir para el hospital. Se despidió acongojado y deseándome mucha fuerza. Le respondí que la necesitaríamos y le mandé un abrazo.

La próxima vez le voy a hacer una parecida pero al final, antes de colgar, le voy a decir que si él o alguno de sus amigos vuelven a llamar los voy a matar a todos.

La casa muda

De lo que quisiera que habláramos, si hay alguien que pueda leerme allá afuera, es de la identidad de la cámara. Porque cuando la toma es sostenida y activa, cuando su posición adquiere el papel de presencia, es necesario preguntar quién antes de adentrarse en los porqués. Quién anda ahí y qué quiere de mí. A través de quién veo. Quién filtra y otorga sentido. Quién modula la verdad. Lo que yo veo en La casa muda es una cámara en alianza con una consciencia trastornada e incapaz de ser fiel a la realidad que presencia. El lente es sincero y por eso miente. La cámara de La casa muda deforma y no se rinde a la exigencia de representar sin antes interpretar, lo que puede ser percibido como una traición por aquel que ingenuamente espera complicidad testimonial.

La casa muda
La fotografía es manipulación.

We need to talk about Kevin

La justicia distribuye responsabilidad de acuerdo a la intencionalidad del crimen y las contribuciones individuales en su ejecución. Asumimos que este es un proceso racional y por ende confiable, supervisado por el aparato social que administra la verdad. Se espera que esta distribución no sólo aclare los vectores causales que determinaron el horror sino que, mediante una delimitación precisa de autorías, libere de culpa a quienes podrían ser condenados debido a algún tipo de proximidad circunstancial. La culpa, sin embargo, es un sentimiento que no atiende a la razón. El proceso penal puede evitar el linchamiento pero no el tormento. Quien culpa o siente culpa no admite que la desconexión causal explícita diluya los vínculos subjetivos que internamente sustentan la necesidad de castigo. A veces, no importan la voluntad, el esfuerzo o la presión, es imposible establecer la distancia liberadora. La mancha no se va. La expiación es recursiva. Nunca termina.

Tilda Swinton
La mamá siempre tiene la culpa.

마더

¿Cuando se exige justicia qué se exige? Castigo, tal vez, o reconocimiento de culpas. O de pronto una compensación a quienes fueron afectados. Muchas veces, sin embargo, lo que el ansioso de justicia quiere es que le otorguen la razón y su verdad particular sea de repente la de todos. La justicia oficializa y fija una narrativa que idealmente corresponde a lo que pasó pero que en realidad sólo lo establece por decreto. Por eso a veces es injusta. Por eso no siempre es conveniente. La mentira, la manipulación y el olvido pueden ser preferibles, más cercanos a lo verdadero y deseado.

마더 Madeo Madre
Nadie conoce mejor a sus hijos.

告白

Confesiones, de Tetsuya Nakashima, se entiende mejor con un esquema de puntos y flechas. Los puntos son personajes y las flechas verdes son transferencias de culpa. Las flechas rojas, por su parte, son venganzas ejecutadas. Hay un punto especial que es la masa. Así me lo imagino. Recomiendo hacer el esquema mientas la ven. Ayuda a apreciar el juego de justificaciones de violencias interconectadas sobre la imposibilidad del perdón. Me recuerda al Señor de las Moscas y a Rashomon. Suicide Circle es un predecesor obvio. La dinámica de venganzas e intercambios de culpas en Confesiones permite que todos los personajes tengan su momento de redención y su momento de castigo desproporcionado. También promueve la confusión moral, lo que siempre es apreciado. Liberar temporalmente al psicópata interior en un ambiente controlado es un ejercicio sano.

Confessions
Los niños japoneses dan miedo.