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culpa

Another Earth

¿Y si existiera una copia de mi mismo en otro lugar, una copia indistinguible de mí mismo que compartiera mi vida pero no fuera yo en tanto que… ¿Qué me define? ¿Quiénes somos exactamente? ¿En qué sentido somos únicos y en quién pensamos cuando pensamos en nosotros mismos? ¿Y si la identidad es de pronto una pluralidad de alguna manera explícita? Another Earth habla, creo, sobre la distancia con respecto a lo que somos y nos determina. Es algo en lo que no solemos pensar, pero cuando nos miramos y reflexionamos sobre nuestro estado individual en el universo necesariamente nos alejamos, asumimos una posición extraña en la que somos el objeto que piensa el objeto que se piensa. Nada impide que seamos varios. Que ese objeto sea sólo una versión posible entre otras, cada cual con sus particularidades pero al mismo tiempo unificadas bajo esto que somos en últimas al principio y al final, más o menos como somos el mismo pese al paso del tiempo. ¿Quién muere cuando morimos y qué queda? ¿De quién es la culpa que siento y de quién son las acciones que despiertan esa culpa? De pronto por eso es frecuente enfrentar momentos que se sienten fuera de lugar. Inconscientemente sabemos que en realidad hay un orden y así como hay historias que son inconfundibles de lo que sentimos que somos, hay otras que podrían ser distintas y quizás podrían ser reubicadas hasta encontrar la que realmente nos corresponde. Esto naturalmente es independiente de la satisfacción que recibimos de la vida. Va mucho más allá. Hay dolores correctos, hay desengaños necesarios, hay alegrías que no empatan. Constantes y variables. ¿Cuántos somos cuando somos todo lo que podemos ser? ¿Qué podría ser distinto sin que perdiéramos nuestra consciencia de ser alguien particular?

Another Earth
Tal vez somos sólo lo que no podemos ser.

We need to talk about Kevin

La justicia distribuye responsabilidad de acuerdo a la intencionalidad del crimen y las contribuciones individuales en su ejecución. Asumimos que este es un proceso racional y por ende confiable, supervisado por el aparato social que administra la verdad. Se espera que esta distribución no sólo aclare los vectores causales que determinaron el horror sino que, mediante una delimitación precisa de autorías, libere de culpa a quienes podrían ser condenados debido a algún tipo de proximidad circunstancial. La culpa, sin embargo, es un sentimiento que no atiende a la razón. El proceso penal puede evitar el linchamiento pero no el tormento. Quien culpa o siente culpa no admite que la desconexión causal explícita diluya los vínculos subjetivos que internamente sustentan la necesidad de castigo. A veces, no importan la voluntad, el esfuerzo o la presión, es imposible establecer la distancia liberadora. La mancha no se va. La expiación es recursiva. Nunca termina.

Tilda Swinton
La mamá siempre tiene la culpa.

告白

Confesiones, de Tetsuya Nakashima, se entiende mejor con un esquema de puntos y flechas. Los puntos son personajes y las flechas verdes son transferencias de culpa. Las flechas rojas, por su parte, son venganzas ejecutadas. Hay un punto especial que es la masa. Así me lo imagino. Recomiendo hacer el esquema mientas la ven. Ayuda a apreciar el juego de justificaciones de violencias interconectadas sobre la imposibilidad del perdón. Me recuerda al Señor de las Moscas y a Rashomon. Suicide Circle es un predecesor obvio. La dinámica de venganzas e intercambios de culpas en Confesiones permite que todos los personajes tengan su momento de redención y su momento de castigo desproporcionado. También promueve la confusión moral, lo que siempre es apreciado. Liberar temporalmente al psicópata interior en un ambiente controlado es un ejercicio sano.

Confessions
Los niños japoneses dan miedo.

¿Cómo debemos entender la crucificción? (Idea para un ensayo)

Que quede claro, la situación es la siguiente: un hombre es asesinado de la manera más bárbara concebible (o si no pregúntenle a Mel Gibson, que se masturba con eso) y su muerte está diseñada por el Altísimo para exacerbar nuestra culpa. Lo que no estaría mal si el Altísimo mencionado, que es, sí, altísimo, único, ubicuo, omnipotente y se pidió TODO TODO TODO antes de todo el mundo, compensara por ese sentimiento de culpa de alguna manera justa. Supongo que el Altísimo, también llamado el Señor o El Que Es El Que Es, sabe, porque TODO lo sabe, de nuestra tendencia natural al conformismo, la resignación y el sexo recreacional. El Altísimo tiene medios para saber esas cosas porque cuando se entusiasmó con los dioramas ningún tío moribundo le explicó lo de la responsabilidad que viene con el poder que ahora es casi que sentido común así que se tomó atribuciones desmedidas sobre sus creaciones con resultados desafortunados, igual que los publicistas de Old Navy. Debemos, entonces, entender la crucificción, y aquí me ciño al dogma, como una muestra más de la incapacidad del Altísimo para expresarse de manera efectiva (lo que, por cierto, puede ser un indicio (más) de autismo). Porque esa es la única manera de explicar que espere culpa agradecida como respuesta a la muerte supuestamente amorosa pero también dolorosa e inmisericorde de un hijo que además, por razones que no entraré a discutir acá pero que sugieren la práctica bestial de la autofornicación, posibilidad que me repugna e intriga en igual medida, es Él mismo. Que luego (¿arrepentido?) lo resucite (o desaparezca el cuerpo) no es excusa.

Arrepentimiento

Yo no quiero hacerla llorar pero la hago llorar y me entra culpa porque sé que podría ahorrarle todo este dolor de alguna manera si supiera, si hubiera sabido, manejar mejor lo que sentía y expresarlo, sobre todo expresarlo, antes de que se atascara y empezara a hacerme sentir (tan) mal. Pero ya es demasiado tarde para eso. El arrepentimiento es un sentimiento fútil, que no resuelve ni repara. El arrepentimiento es una forma de autodesprecio socialmente aceptada que sirve al propósito último de convencernos de que si no podemos estar bien con nosotros al menos podemos estar bien con Dios. Porque Dios es quien lo aprecia y aplaude. Dios se alimenta de nuestra culpa y del sufrimiento que sentimos al aceptarla. Es una suerte de vampiro moral ese Dios de castigos y amenazas que nos inventamos para no perder el control sobre nuestra naturaleza descarriada. Nada lo place como el pecado, porque sabe que el pecado es fuente segura de la pena que precede al ruego, al clamor por ese perdón abstracto, distante, pleno, que Dios todopoderoso concede con una sonrisa tras la correspondiente humillación. A esa sonrisa, a la sonrisa sádica de la divinidad omnipotente ante el hombre débil, arrodillado, destrozado, sin dignidad, es a la que llamamos ingenuamente bondad.