Rango Finito

Un blog para Mauricio Arturo

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cultura

Pontypool

En Pontypool se propone la idea de que el uso apropiado de ciertas palabras podría reconfigurar la voluntad de la persona que las oye, las entiende, las apropia y las repite. A través de este mecanismo natural, un virus verbal podría tomar control de una sociedad, habitando su lenguaje y reproduciéndose a través de él. En Pontypool el control es agresivo y confuso. Los individuos infectados son poseídos por un ansia asesina de retransmitir el mensaje que sólo es saciada cuando se registra la retroalimentación que confirma el contagio. Primero pensé que era absurdo pero tal vez no lo sea tanto. Lo que pasa es que en el mundo real los virus verbales son más sutiles. Pocos asumen que haya peligro alguno en permitir su expansión (que de cualquier modo es por lo general indetectable). Son (parte de) la cultura. Su contundencia y capacidad destructiva, sin embargo, no son atenuadas por su sutileza, en especial cuando el lenguaje es activamente secuestrado por el poder político. En no pocos casos engendran desolación, discriminación, esclavitud y muerte. Son inofensivos hasta que dejan de serlo. Siempre hay riesgo en repetir las palabras de los demás.

La última defensa es la incomprensión.

Fraude

Un culebrero cristiano cobra 3.8 millones de pesos al distrito por un ritual para conjurar el buen clima. Resultado: escándalo y (hasta justa) indignación en los medios. Un poetarro vaca sagrada establecida que vive de sus penosas y provincianas glorias de juventud cobra 38 millones a la alcaldía de Bogotá por hacer un libro homenaje lamentable compuesto de plagios de viejas entrevistas, citas sin mayor criterio editorial y correos electrónicos agramáticos (como es usual en él, por lo demás), y todo el mundo calladito.

Decía Alejandro Gaviria que la defensa de la supuesta sabiduría de los brujos evidencia una tradición anti-científica arraigadísima en el establecimiento intelectual colombiano que ha dificultado enormemente el progreso (hacia cualquier lado) del país. ¿Y qué hay de estos otros señores que tienen secuestrada la cultura al servicio de una red clientelista de artistoides mediocres especializados en el endoelogio y la jeringonza? ¿Qué hay de ese fraude abierto e impune? Las políticas públicas de promoción de la cultura en Colombia funcionan como un sistema de financiación de un par de pequeñas burbujas de sinvergüenzas zalameros compitiendo por quién se queda con más. Las no-públicas, ahora que lo pienso, también. El establecimiento intelectual no sólo apoya esta estructura sino que, en este caso, hace parte de ella. Todo el enramado está diseñado para fortalecer ese club (tradicionalísimo) de favores, aplausos, plata fácil y mamaditas a punta de, por ejemplo, libros escritos para nadie y eventos sociales autocomplacientes. La producción y difusión de cultura y arte de calidad es una prioridad menor si es que es una prioridad. Lo importante es que la plata siga fluyendo a los bolsillos de los sospechosos de siempre.

Las razones por las que lo anterior está relacionado con el atraso social y sobre todo educativo del país son evidentes.

Homofobia

Tal vez la homofobia en Colombia tenga raíces religiosas, pero es evidente que se extiende mucho más allá de la esfera religiosa. La homofobia en Colombia es endémica. Proponer a la Iglesia Católica (o a la Conferencia Episcopal (o a los cristianos en general)) como blanco principal de las críticas y cánticos en contra de la discriminación es un juego fácil pero estratégicamente inocuo. Es inocuo porque aunque la Iglesia efectivamente ejerza presión política para impedir que se adopten legislaciones más progresistas al respecto, sus razones para sostener estas posiciones son dogmáticas y difícilmente manipulables a través de la protesta. De alguna manera se podría decir que, como sugiere Mauricio, ser homofóbicos es parte de su misión. En las sociedades donde se ha llegado a una actitud más positiva al respecto de la homosexualidad la Iglesia Católica igual persiste en sus citas a Levítico 18-20 y sus memorias delirantes de lo que pasó en Sodoma.

Dado lo anterior, pienso que el objetivo de las campañas contra la homofobia no debería ser la Iglesia, sino aquellas personas que ejercen la homofobia no por convicción religiosa sino por costumbre, que son casi todas. Un sector amplio de la sociedad colombiana urbana tiene una relación distante con la religión y difícilmente presta atención a las necedades de los curas con respecto a la sexualidad (usan métodos anticonceptivos, tienen sexo antes del matrimonio, &c.), pero aún así mantiene actitudes homofóbicas basadas en prejuicios, ignorancia y miedo a la diferencia y lo desconocido. He ahí el verdadero obstáculo. En Colombia el índice de homofobia personal es esencialmente ortogonal a la afiliación política: aquellos que se autodenominan “de izquierda” o “progresistas” tampoco quieren maricas de vecinos, prefieren negros, y eso que también son racistas (ver el Latinobarómetro de 2009). Los activistas deberían reducir sus intentos de acallar a los curas y más bien concentrar sus esfuerzos en ganar la solidaridad y el apoyo de este sector que describo. Mientras que la batalla contra la discriminación de los homosexuales sea percibida como una causa de los afectados (una minoría pequeñísima y para colmo mayoritariamente invisible por culpa de la misma homofobia) y no como un problema social amplio, un problema relacionado con nuestra relación negativa con el sexo, la intimidad y lo raro, las pequeñas y agónicas victorias en las cortes y el congreso serán frágiles y siempre correrán el riesgo de dar marcha atrás.

Martes (Hay que luchar por el control)

El paquete de cable básico tiene un canal de acuario en alta definición que parece real, con bailarinas y esos bagres en miniatura que limpian el vidrio. También tiene un canal del atardecer eterno (con un bucle insultante de menos de treinta segundos pero no lo suficientemente insultante para no verlo ayer por cerca de una hora) y otro de la vista desde el balcón de la cabaña hacia el lago (cuya periodicidad es menos obvia pero también frecuente). No tenemos el canal chimenea, para ese hay que pagar. Estos canales son incluídos en el paquete básico como canales de control dentro de estudios de medición de audiencia, todo el mundo lo sabe. La popularidad de los canales de control, sin embargo, ha aumentado ostensiblemente en los últimos años debido a la costumbre cada vez más común (e impulsada por las autoridades al elegir a la televisión como el medio de alerta temprana por excelencia) de nunca apagar el televisor bajo ninguna circunstancia. En cuanto a contenido, estos canales son evidentemente superiores a casi cualquier cosa disponible a las tres y media de la mañana (o incluso a medio día). También son perfectos para acompañar reuniones sociales y horas de falsa desconexión. Esto, sin embargo, impide tomarlos en serio como individuos control dentro de los (demoniacos) estudios estadísticos que sirven de base para el desarrollo de estrategias de mercadeo y manipulación que mejoren los índices de audiencia de los canales comerciales. Desde hace varios años se discute en agencias y universidades cuál debería ser la esencia del canal control. Qué debería ofrecer. Cuál debería ser su medida de audiencia con respecto a las demás. Qué debería decirnos sobre la audiencia y sus intereses. Piénselo: el canal control debería ser suficientemente atractivo como para capturar audiencias desprevenidas pero no debería motivar de manera alguna su sintonización ulterior. Una escuela que gana fuerza en la teoría del mercadoanálisis audiovisual teletransmitido dice que todo canal control deja de servir a su propósito al cabo de un par de meses. Varios estudios al respecto parecerían comprobarlo. La hipótesis principal para explicar este fenómeno sugiere que hemos llegado a cierta etapa de desarrollo cultural global donde un producto televisivo, no importa su naturaleza, no necesita ofrecer mayor estímulo para sostener por tiempo indefinido a una audiencia fiel. La quietud del ruido blanco es suficiente. Como resultado, algunas compañías contemplan la posibilidad de ampliar su densidad publicitaria de manera progresiva durante los próximos seis años.

Irony

And make no mistake: irony tyrannizes us. The reason why our pervasive cultural irony is at once so powerful and so unsatisfying is that an ironist is impossible to pin down. All irony is a variation on a sort of existential poker-face. All U.S. irony is based on an implicit “I don’t really mean what I say.” So what does irony as a cultural norm mean to say? That it’s impossible to mean what you say? That maybe it’s too bad it’s impossible, but wake up and smell the coffee already? Most likely, I think, today’s irony ends up saying: “How very banal to ask what I mean.” Anyone with the heretical gall to ask an ironist what he actually stands for ends up looking like a hysteric of a prig. And herein lies the oppressiveness of institutionalized irony, the too-successful rebel: the ability to interdict the question without attending to its content is tyranny. It is the new junta, using the very tool that exposed its enemy to insulate itself.

—David Wallace, E Unibus Pluram; Television and U.S. Fiction

Albert Hofmann

(Por Alex Grey)

Martes

Mauricio cumple mañana treinta y cinco semanas de gestación dentro de la panza de Mónica. Ese número lo pone ya del otro lado. De aquí en adelante puede nacer en cualquier momento. La visita al ginecólogo esta mañana tardó un poco más de lo acostumbrado. Todo estaba bien. El bicho está en la posición recomendada y el corazón le late como debe. Mientras Mónica estaba en consulta ojeé una revista para padres. Aunque aparentaba ser una revista equilibrada, el target de la revista eran las madres: tanto el tono como la sobrepoblación publicitaria de toallas higiénicas lo ponían en evidencia. Había un artículo sobre los llamados roles de género. La pregunta en últimas era cuánto de eso viene hardcoded y cuánto es dependiente del medio cultural. El artículo, ligero, sugería que había cierta tendencia natural a favorecer algunas preferencias dependiendo del género pero a la larga la cultura (la crianza) era el factor fundamental a la hora de asentar el estereotipo (en otro artículo, independiente de este, decían que los niños criados por parejas homosexuales tenían una tendencia menor a encasillarse en el estereotipo). Una cosa de la que hablaban y que me pareció interesante es que niños y niñas tienen procesos de desarrollo cognitivo distinto y por eso los niños educados en salones de sólo niños (o sólo niñas) tienen, en promedio, mejor desempeño académico. De todas maneras, vale la pena preguntarse (o al menos eso me pregunto yo) si ese aumento potencial en el desempeño académico es suficientemente valioso a largo plazo como para sacrificar las habilidades de interacción social que generan los ambientes escolares mixtos. Por experiencia personal (o por ser una víctima accidental de la visión opuesta), pienso que a los colegios no se va tanto a aprender como a descubrir cómo vivir en sociedad (y adquirir de paso cierta ética de trabajo).