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desconfianza

Emblemas orgullosos de la ira suprema

En Poor People, su atlas personal de la pobreza, Vollmann menciona a Bogotá varias veces. Hay personas que viven en Bogotá sin saber en qué sociedad viven. La pobreza, que atribuyen a descomposiciones morales y/o defectos de carácter, los asquea. ¿Por qué nuestros pobres no son como los del primer mundo?, se preguntan. En un libro de cuentos infantiles comentados por Ana Botella que llegó a mis manos recientemente, se destaca la mansedumbre de Cenicienta como una de sus virtudes principales. Cenicienta acepta los maltratos de su madrastra y además la respeta. Es un ejemplo de miseria bien llevada, digna. Esa es la actitud que los acomodados bogotanos esperan de sus sirvientes. La insolencia de los mendigos, además de insultante, les resulta incomprensible.

Vollmann describe “la cara de Bogotá”:

green or tan or white high walls overstrung with barbed wire, private security guards who shrink away from every stranger, even from me if I come on them suddenly; truckloads of police in the streets, broken glass atop brick walls, caution and suspicion, masked by the appeasement of panhandlers who refuse who go away, getting angrier and angrier, striding up to my interpreters scowling and threatening; call them proud emblems of the tallest wrath; sometimes they kill drivers and set cars on fire.

Probablemente es exagerado, no sé. Hace casi cinco años que no voy. Cuando hablo con amigos que están allá me dicen, con cierta resignación, que es mejor y peor. Que hay cosas que ya no pasan pero también hay otras que no pasaban y ahora sí. La ciudad muta y su miseria evoluciona o se reubica. Mi impresión de todas maneras es que los rasgos generales de la pobreza bogotana no han cambiado considerablemente desde hace mucho tiempo (lo que otorga un cierto grado de validez al diagnóstico de Vollmann). Las modificaciones son apenas cosméticas, valga la ironía.

Otra cita del libro, corta y contundente:

The worst places are those where both inter- and intra-class estrangement exist. Accordingly, Colombia haunts me.

A mí también me asusta.

Del puente para Alá

Alrededor del diez por ciento de los habitantes de London, Ontario, son colombianos. Empezaron a llegar a finales de los noventa. Son detectables (mi corrector propone detestables) en centros comerciales, buses y festivales de verano. Tienen su propio semanario en línea. Problema: no es claro por qué alguien podría elegir este lugar para asentarse como inmigrante. Que la comunidad sea tan grande me intriga todavía más. Esta no es precisamente una ciudad próspera. Todo lo contrario: los índices de desempleo son altos y la industria es escasa. El centro está tomado por los adictos zombis y los mendigos. Dicen que cerca de la mitad de los colombianos están acá como refugiados, así que reciben una pequeña suma mensual (menos de setecientos dólares) que les otorga el gobierno de Canadá. Tal vez eso ayuda. Sea como sea, aquí están.

Este fin de semana, la comunidad de colombianos celebró el día de la independencia de Colombia. Aunque nunca vamos a esas cosas (acuso alergia aguda a las banderas), es difícil no enterarse. Tradicionalmente, la fiesta se celebra en un parque que queda en la mierda, junto a una planta de control de polución. El apellido del parque es Off Leash Dog Park. Apropiado. Supongo que el gueto principal está por ahí cerca. Este año se anunció con meses de antelación en varios medios locales que la celebración volvería al parque, pero a última hora el periódico latino del pueblo organizó, en llave con el locutor (asumo popular) de un programa de radio en español, su propia fiesta de la independencia en una plaza del centro de la ciudad, junto al mercado. Descubrimos la sede alterna ayer, en un paseo para apaciguar a Laia. Había tarima y puestos de venta de comida pero poca gente. Unas niñas maquilladas bailaban salsa con muñecos de trapo. Era evidente que la sede satélite, más que una ampliación de las celebraciones, era una disidencia. El locutor popular, políticamente influyente y amigo de los de la plata, quería montar chiringuito aparte. El periódico organizador niega que haya disputa o ánimo competitivo pero en la práctica es más que claro en qué consistía el juego y quién perdió: el periódico se quedó con los patrocinadores y el parque con la gente.

El panorama era similar hoy, cuando fuimos a la caza de un plato de lechona y otra siesta prolongada para la niña. Salseros tristes en la tarima, invitando a un público inexistente a bailar. Es extraño pero también familiar. La fuerza que prima entre los colombianos en el exterior es con frecuencia repulsiva. Las confrontaciones son frecuentes. La desconfianza manda. Nadie sabe quién es quién y mejor ni saber. Cada cual va por su lado, a su suerte, contra el siempre sospechoso resto. Diría que no los entiendo pero mentiría, y eso no le gusta a Dios.

*

Escena en Antojitos, el puesto de lechona y picadas instalado en el festival disidente (¿tendrían también puesto en el parque?): pedimos tres platos. Mientras esperamos aparece un paisa gordo colorado medio borracho de sombrero, con los brazos llenos de teléfonos escritos en bolígrafo, que al hablar transita con fluidez seguro inconsciente entre el parcero y el brotha, como mi amigo Óscar. Le pregunta al dueño del puesto si tendrá carne(cita) más tarde. El dueño, que lo conoce, responde que sí. El paisa le explica que ahora mismo (son las tres) no puede comer pues el viernes inició un mes de ayuno estricto, pero le recomienda un plat(ic)o bien cargado de carne asada con papitas a eso de las nueve, cuando caiga el sol. No sé por qué tengo la impresión de que lo quiere gratis, por la amistad. El dueño dice que seguro, mi hermano. El paisa le dice que lo único es que no lo vaya a preparar junto al puerco, parce, porque eso es pecado, if you know what I mean. Le señala la lechona. Insiste: pilas ahí, güevón. Luego se va. Alá se lleva a los mejores de nosotros.

Tela

Una empresa local ofrece el servicio de distribución y lavado de pañales de tela. Es barato y cómodo. Más barato que los pañales desechables que se consiguen en el supermercado. El pediatra los recomendó. Son suaves, tienen elásticos y botones de presión, y por lo pronto cumplen su función sin queja (apoyados en unos calzoncitos ligeros de plástico). Cada jueves recibimos más que suficientes pañales limpios y entregamos una bolsa llena de pañales sucios que ellos lavan y desinfectan en máquinas industriales como las que se utilizan en hospitales. Si por casualidad necesitamos más, llamamos y traen más. Si Laia creció y necesitamos unos más grandes, lo mismo. Todo dentro del precio fijo semanal. La primera semana Laia usó sesenta y tantos pañales. Los acumulamos en una caneca que la empresa provee. No despide olor alguno.

Mi tío Juan, que estuvo de visita, dice que un servicio como este podría tener éxito entre el progresismo bogotano. Mi mamá por su parte opina que allá no prosperaría porque requiere compartir pañales con otras familias y eso no sería bien visto. Sospecho que mi mamá tiene razón. O tal vez el servicio tendría que ser carísimo (para que sientan que no compartirán pañales con cualquiera o que no compartirán en absoluto), en cuyo caso perdería buena parte de su gracia para mí. La desconfianza generalizada (sumada a las infinitas barreras sociales dispuestas) encarece y complica vivir.