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diario

Delusión

Los paños de agua tibia no arreglan nada pero consuelan, que es una forma de sanación simbólica no sin mérito.

De camino al colegio, en el bus, la niña me explica que no basta con ponerse una sábana encima para ser un verdadero fantasma, lo esencial es primero estar muerto. Ahora pienso que tal vez me lo explicó en el cuarto, mientras me vestía.

En el chat del trabajo alguien habla largamente de los beneficios de una dieta balanceada acompañada de ejercicio y cómo esta receta infalible lo curó de sus problemas cardiacos. Iba a escribir conversatorio en lugar de chat pero me contuve. Merezco un premio o algo.

De regreso, en otro bus, oigo música y leo artículos de prensa. Llovía. No me mojé gracias a mi fiel sombrilla robada en el metro de Seúl.

Ya en la casa, después de comer, leo un rato sobre variables instrumentales y modelos de causalidad, un negocio que más que estadística parece a veces filosofía aplicada (bajo el cual intuyo un marco categórico por desenterrar). Entiendo (un decir) apenas lo básico muy básico y me imagino diagramas pero ya estoy aburrido más que cansado, así que miro al techo un rato corto y sopeso el dolor actual en el ojo. Me convenzo de que ha de ser menor que ayer y procedo a contemplar una nueva dosis de paños tibios para que no digan que no me someto al régimen impuesto por la médica. A esa delusión de que estoy mejor la llamo consuelo. Se vive mejor sumergido en eso.

Incapaz

Resultó que este fin de semana es acción de gracias así que el lunes no trabajo. Tal vez debería hacer pausas del diario los fines de semana para ver si la pausa contribuye así sea mínimamente a mejorar el contenido aunque no creo que haya redención por ese lado. El diario sirve para reconocer un vacío (¿una incapacidad?) y permitirle ser. No sé si para eso esté pero sin duda cumple ese servicio. Me recuerdo que esto que armo a retazos acá es un espacio para el contacto distante, a veces a través del tiempo, con personas que me inventan. No es un diario en la norma en tanto que no es un compendio de intimidades reseńadas periódicamente sino más bien un intento de crear y sostener una conversación así sea falsa. Sobre todo por la costumbre, por la nostalgia de las voces que alguna vez contuvo, pues ya casi todas se han ido. De pronto nunca estamos de veras acá. Pero entonces no sé dónde estamos.

Intermediario

Y bueno, otra semana que se va por el hueco sin nada meritorio para cosechar. No me quejo porque nunca ha sido mi propósito ser un segador de iluminaciones. A duras penas arrisco con lo que me corresponde y de vez en cuando incluso eso se me sale de las manos así sea poco porque supongo que no es tanto un problema de fuerza sino de destreza. No que sea fuerte tampoco, por si hace falta aclararlo. Esta semana la cocina estuvo relativamente limpia y mi nuevo intento de hacer dieta prosiguió sin contratiempos. Poco contacto social fuera del trabajo. A veces no me hace falta y a veces sí. Recientemente no tanto. Prefiero estar en la casa con M. y la niña, jugar y conversar. Los domingos paso la mañana con L. en el parque mientras M. trabaja. Por las noches leemos Momo. Apenas estamos comenzando. Intento también leer cada día unas cuantas páginas de la antología de Borges que sacó la real academia de la lengua. Contiene el ensayo sobre Swedenborg que tanto me impresionó de muchacho. Después de leerlo le conté a mi tía Ángela y ella me advirtió que con Borges nunca se sabía si lo que decía era real o no (creo que ese libro de ensayos Borges Oral fue lo primero que leía de él), así que busqué en la enciclopedia británica herencia de mi abuelo qué encontraba y ahí estaba la entrada sobre el místico alemán. A partir de ahí, en muchas de las bibliotecas por las que he pasado busco libros de Swedenborg y los ojeo no sé bien buscando qué. En la biblioteca de la Universidad Nacional, por ejemplo, había un volumen (solo uno, aunque eran varios) de sus viajes por el inframundo que era un obsequio (aclarado en una nota a mano) de unos seguidores de su doctrina radicados en Chile o Bolivia. Lo malo es que son unos libros aburridísimos. Menos mal que un viejo argentino ciego los leyó por todos nosotros.