Empecé a hacer una dieta a principios de enero. No es muy estricta pero ha sido juiciosa. Reduje las harinas y los azúcares bastante. No soy radical: a veces, en la cafetería, le recibo a Laia bocados de una galleta. Y en el restaurante vietnamita pido sagradamente mi plato de phở. Ah: dejé de tomar gaseosa también, excepto por agua con gas con limón (o soda). Y en la hamburguesería ocasional pido sólo el pedazo de carne con los toppings y brócoli en lugar de papas. No me cuesta: no siento que me prive de nada. Nunca he sido muy apegado a cosas. A ideas y personas tal vez, pero no a cosas. Creo que he bajado algo de peso y siento que el cambio de dieta ha sido beneficioso para mi ánimo, siempre tan endeble. En realidad la reducción del azúcar venía desde hace meses. Había dejado de echarle a mis jugos licuados y después hice lo mismo con café con leche. Ahora no entiendo por qué le echaba azúcar a los jugos y he empezado a apreciar el sabor fuerte del café, que siempre me había costado. La dieta fue desencadenada tras un susto en un examen que sugirió que tal vez tenía principios de diabetes. Como soy gordo era una posibilidad, pero un examen posterior más cuidadoso concluyó que no era el caso. Aunque la noticia me alivió seguí preocupado por mi peso: no quiero reducir mi esperanza de vida pendejamente por malos hábitos. Ahora el tiempo, el que me quede, me importa más. Supongo que mi impulso reciente con los proyectos de programación está relacionado con lo mismo: es algo que había postergado muchos años y creo que ya no me puedo dar el lujo de postergarlo más. Se siente bien aprender y crecer dentro de lo aprendido.