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Natividad

Hay que nacer para poder morir. El nacimiento de Jesús es el inicio de su sacrificio que será culminado en el calvario. Nunca es muy claro desde qué perspectiva presenció Jesús su existencia terrena. A partir de qué momento entendió cuál era su papel. ¿Lo entendió? A través de su hijo el padre experimentó el tiempo y las dudas. Se sometió voluntariamente a la ignorancia del mundo y el desconocimiento del futuro. Tal vez Jesús jamás supo lo que el padre esperaba. Apenas intuía que ocupaba un lugar singular en el Gran Esquema y aceptaba su destino resignadamente, confiado en la misericordia del Padre, tan sorprendido como cualquiera de su poder y su miseria.

Lunes

Vi una foto del papa Benedicto con los brazos en alto hacia los fieles dentro de lo que parece un ritual de conjuración de un espíritu. El papa Benedicto tiene brazos cortos, como de enano, y tiene la cara que tendría Juan Pablo Segundo si, bajo suficiente presión social, se convirtiera en vampiro. No me da confianza ese papa. Siento su capacidad (su potencial) para la maldad. Ayer vimos una película con Anthony Queen Hopkins sobre un pobre aspirante a cura gringo de paseo por Roma que termina de amigo de un viejo exorcista inglés con síntomas de autismo. Por un buen rato la película gira alrededor del exorcismo de una muchacha embarazada (violada por su papá (el suyo)). El problema del cura joven es que el cura joven no cree. No cree en la posesión demoniaca. Piensa que es un problema psiquiátrico y no un asunto de curas. De nada sirven los esfuerzos del viejo ni el hecho de que la muchacha, en trance, tenga voz de hombre(s) y hable en inglés. Tampoco sirve que vomite, de repente, clavos ensangrentados, o que le hable al cura joven de asuntos que sólo él podía saber. Este cura joven representa, es claro, a nuestra juventud incrédula, perdida, que niega a Dios. Anthony Hopkins, por su parte, es un reconocido canibal. Las cosas se complican cuando el joven confronta al demonio, niega su existencia, y el demonio, en respuesta, mata a la mujer y aborta al niño. A partir de ese momento empieza lo que realmente importa pero no quiero entrar en más detalles. Sólo diré que la principal enseñanza de la película es que la fe en Dios implica necesariamente la fe en el Diablo y, por tanto, negar al Diablo es negar a Dios. La gente pasa por alto estas cosas. Cree de manera ligera, sin entender la seriedad del compromiso que sellan y sin medir las consecuencias. Piénsenlo: las víctimas de posesiones demoniacas son, por lo general, creyentes. Son muy pocos los ateos que son víctimas de las artes del maligno. La prevalencia de pedofilia entre la población más pía podría ser consecuencia del mismo fenómeno. El demonio aprovecha la fragilidad del alma creyente promedio (con una fe que no está suficientemente cimentada) para secuestrar su cuerpo y utilizarlo para sus propósitos oscuros. Así, un argumento adicional a favor del ateísmo bien vivido (sin necedades extremistas) es que, paradójicamente, nos protege y blinda de los trucos del enemigo malo (que sin duda existe). Quisiéra dejarlos con esta reflexión el día de hoy.

¿Cómo debemos entender la crucificción? (Idea para un ensayo)

Que quede claro, la situación es la siguiente: un hombre es asesinado de la manera más bárbara concebible (o si no pregúntenle a Mel Gibson, que se masturba con eso) y su muerte está diseñada por el Altísimo para exacerbar nuestra culpa. Lo que no estaría mal si el Altísimo mencionado, que es, sí, altísimo, único, ubicuo, omnipotente y se pidió TODO TODO TODO antes de todo el mundo, compensara por ese sentimiento de culpa de alguna manera justa. Supongo que el Altísimo, también llamado el Señor o El Que Es El Que Es, sabe, porque TODO lo sabe, de nuestra tendencia natural al conformismo, la resignación y el sexo recreacional. El Altísimo tiene medios para saber esas cosas porque cuando se entusiasmó con los dioramas ningún tío moribundo le explicó lo de la responsabilidad que viene con el poder que ahora es casi que sentido común así que se tomó atribuciones desmedidas sobre sus creaciones con resultados desafortunados, igual que los publicistas de Old Navy. Debemos, entonces, entender la crucificción, y aquí me ciño al dogma, como una muestra más de la incapacidad del Altísimo para expresarse de manera efectiva (lo que, por cierto, puede ser un indicio (más) de autismo). Porque esa es la única manera de explicar que espere culpa agradecida como respuesta a la muerte supuestamente amorosa pero también dolorosa e inmisericorde de un hijo que además, por razones que no entraré a discutir acá pero que sugieren la práctica bestial de la autofornicación, posibilidad que me repugna e intriga en igual medida, es Él mismo. Que luego (¿arrepentido?) lo resucite (o desaparezca el cuerpo) no es excusa.

Miércoles (El Profeta)

We are all of us brothers, dice El Profeta por televisión. Cuando estoy cansado pero no puedo dormir veo televisión en la sala de recreo o juego ajedrez. Siempre hay alguien en la sala de recreo dispuesto a una partida. También hay gatos. La doctora dice que son terapéuticos pero prefiero a los perros que viven afuera. Son más humanos. Cuando se acaba la programación comercial se inician los programas religiosos subvencionados por el estado. El Profeta es de lejos mi favorito. El Profeta no propone conversiones, le parecen innecesarias pues en su opinión la misericordia infinita de Dios no exige expresiones de devoción sino la práctica de la bondad. Tampoco promete curaciones milagrosas. El Profeta es un hombre preocupado, dice que vamos por mal camino y que debemos reconsiderar nuestra situación como individuos, nuestra desconexión. Esta perspectiva, nos confiesa, lo angustia. Una fracción significativa del discurso recurrente del Profeta gira en torno a la fé en la existencia de los demás. Esa es una idea que me gusta. El Profeta dice que la fé en Dios es innata, hace parte de la condición humana básica, pero que la fé en el otro, en su individualidad, en su complejidad, en su estatus de igualdad con respecto a nosotros, requiere un esfuerzo que no puede ser compensado con piedad. El Profeta dice que el hombre piadoso que olvida a su prójimo, el que cae en el pecado del solipsismo por darle prioridad al culto al Señor, merecería el infierno si el infierno existiera, porqué él es de la escuela que dice que el infierno es un concepto falso, un error de interpretación popularizado por una mala traducción de las escrituras. Anoche El Profeta decía que la comunión no debe ser un ritual de cada domingo, sino un ejercicio cotidiano y constante por compartir, por encontrarnos con el otro y, al reflejarnos, reconocer explícitamente el valor de su presencia y nuestra propia alteridad.

Lunes (Prado)

Por las mañanas, antes del desayuno, salgo descalzo a caminar por el patio, cerca a los gallineros. Es mi nueva costumbre. El prado siempre está mojado y frío a esa hora. Un perro me sigue. Toma un rato que los pies se habitúen, que deje de doler, pero luego la sensación de caminar junto al perro se torna placentera, suave, me despierta. Siento el quiebre del pasto podado a mi paso, la resistencia y el quiebre. Es temprano, muy temprano, y todavía no sale el sol. Pasan bandadas de ganzos hacia el norte. Me gustaría volar con ellos y salir de aquí. Hacerme pequeño y volar sobre un ganzo que me lleve al norte, más allá de los lagos, al reino de los osos. Aunque sería duro dejar al perro. Durante el desayuno oímos las noticias en la radio, entrevistan a los muertos, les preguntan qué se siente (morir), y los muertos no dicen nada. Sin las luces de los bombardeos durante la noche sería difícil creer que la guerra esté tan cerca. La doctora me pregunta por eso. ¿Dónde estaba cuando todo empezó? ¿Por qué no me gusta hablar de la guerra? Le respondo que tengo rabia, que estoy lleno de rabia, que intento mantenerme sereno y en control, fiel a las directivas del Programa, pero que en este momento sólo tengo rabia y no sé qué hacer con ella, no sé hacia dónde llevarla o sacarla para que sane y me deje vivir de nuevo. En busca de sosiego, voy a la sala de estudio y dedico la tarde a mis cálculos. Avanzo a marchas cortas. Sería más sencillo si tuviera la máquina conmigo. Debo verificar todo de nuevo a mano de acuerdo a las nuevas definiciones. Necesito cotas mejores si quiero proseguir. Necesito controlar el límite de expansión del modelo. Voy a la capilla antes de la comida. Me arrodillo en un reclinatorio por primera vez en veinte años y le pido a Dios que me dé sabiduría, que me proteja, que me saque de aquí, de mí.

Turco

Me anuncian por teléfono que el turco está muerto. Les pregunto si están seguros. Si quiere le mando la foto de la cabeza por e-mail, doctor, me dice el salvaje este sin principios. Siempre es así con esta gentuza iletrada. Por eso es que el turco me caía bien, porque no era un bárbaro con el sistema moral atrofiado por tanta droga. Era un matón con sentimientos, digamos, alguien que todavía entendía, en medio de lo escabroso de su profesión, que las personas valen algo. Yo creía en el turco. Yo valoraba su consejo. Era un tipo limpio. Y creo que aún cuando me traicionó nunca dejé de tenerle respeto porque hasta traicionándome fue legal, si es que eso todavía quiere decir algo en este medio. Que qué hacemos con el cuerpo, doctor, me pregunta este malviviente. Déjelo en un cajón y avísele al cura, le respondo. El turco era creyente. Creía en Dios, al menos, pero no comulgaba porque decía que esa era una práctica canibal y hasta razón tenía: a mí también me da un poco de asco lamerle la mano al padre. Pero cuando yo rezaba en la mesa el turco rezaba conmigo y una o dos veces presidió incluso con un Padre Nuestro la homilía que montábamos antes de cualquier golpe grande para que el Altísimo nos blindara. A mí me da pena quebrar al turco, de verdad me apena. Yo quería a ese tipo, lo apreciaba, era como un hermano para mí. O un padre incluso porque era más viejo que yo. Yo no quería que el turco sufriera así que cuando di la orden les dije que pepazo a la cabeza de una, malpariditos, y no quiero ver ni morados ni golpes ni una sola herida además de los huecos de entrada y salida. También decidí que luego de las exequias y la cremación yo mismo me voy con la urna en un avión para Estambul a llevarle los restos a su señora madre, a quien no conozco pero admiro inmensamente porque crió un hijo piadoso, responsable y disciplinado con su trabajo y con su vida.

Arrepentimiento

Yo no quiero hacerla llorar pero la hago llorar y me entra culpa porque sé que podría ahorrarle todo este dolor de alguna manera si supiera, si hubiera sabido, manejar mejor lo que sentía y expresarlo, sobre todo expresarlo, antes de que se atascara y empezara a hacerme sentir (tan) mal. Pero ya es demasiado tarde para eso. El arrepentimiento es un sentimiento fútil, que no resuelve ni repara. El arrepentimiento es una forma de autodesprecio socialmente aceptada que sirve al propósito último de convencernos de que si no podemos estar bien con nosotros al menos podemos estar bien con Dios. Porque Dios es quien lo aprecia y aplaude. Dios se alimenta de nuestra culpa y del sufrimiento que sentimos al aceptarla. Es una suerte de vampiro moral ese Dios de castigos y amenazas que nos inventamos para no perder el control sobre nuestra naturaleza descarriada. Nada lo place como el pecado, porque sabe que el pecado es fuente segura de la pena que precede al ruego, al clamor por ese perdón abstracto, distante, pleno, que Dios todopoderoso concede con una sonrisa tras la correspondiente humillación. A esa sonrisa, a la sonrisa sádica de la divinidad omnipotente ante el hombre débil, arrodillado, destrozado, sin dignidad, es a la que llamamos ingenuamente bondad.

Normal

Estoy de nuevo en mis quince años. Veo televisión. En la televisión hay un hombre que promete milagros. El hombre nos dice que debemos creer y yo creo. El hombre nos pide que cerremos los ojos y nos tomemos el vaso de agua previamente tele-bendecido y le pidamos al Señor que se compadezca de nosotros, pecadores, y aprecie nuestro fervor y nuestro amor. Ámame, Señor. Protégeme, Señor. Auxíliame, Señor. Cúrame, Señor, que todo lo puedes. Heme aquí, Señor, dispuesto a recibirte en mí, a reconocerte como mi Salvador y mi Guía. Cierro los ojos con fuerza y enfoco mi voz hacia el cielo y pronuncio la oración en voz alta y con fe, pero no siento el abrazo del Señor. El Señor está ahora en ti, hermano, dice el hombre de la televisión, y aunque eso es todo lo que pido no lo siento: sigo vacío. Ya llevo quince años así. Esto no puede ser normal.