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Un conflicto para (gobernarlos a) todos

El conflicto es una ficción cómoda: unifica y simplifica una variedad difusa de violencias y permite hablar de ellas (como todas y ninguna) sin entrar en detalles sociopolíticos o económicos incómodos que rompan la ilusión (y con ella la eterna promesa) de una solución universal definitiva. Aquí un ejemplo de uso (y aquí otro). Así como la paz nunca llega, el conflicto nunca se acaba. Su vaguedad intencional lo hace adaptable sin mayores modificaciones a todo discurso. Los pacificadores de oficio, naturalmente, son usuarios compulsivos del término. Con él defienden, entre otras cosas, la legalidad (y pertinencia) de sus abusos y matanzas.

David versus David

Hablaba con Mauricio alguna vez de David Mitchell en contraposición a David Wallace. No recuerdo bien los términos de la conversación pero creo que lo que decía era que de alguna manera aunque los talentos de Mitchell y Wallace son complementarios (la de Mitchell es una literatura de historias mientras que la de Wallace es una literatura de _________________ (¿derrumbes e introspecciones? ¿filosofías? ¿psicologías?)) lo que hace Mitchell es mucho más atractivo para mí. Su atractivo radica, creo, en la capacidad de Mitchell para tejer la ficción en estructuras cuidadosas y su habilidad sobrehumana para adaptar su prosa a las exigencias de las historias que cuenta. [Polos en el espectro visible-invisible.] Mientras Wallace es un esclavo de su prosa neurótica-aforística (enmarcada dentro de su compulsión gramática), Mitchell es un camaleón verbal en constante control del flujo de palabras (un creador de voces). Tal vez Wallace puede escribir sobre lo que quiera, pero Mitchell puede escribir lo que quiera con una naturalidad pasmosa. En Mitchell, además, las tramas no son una excusa (para teorizar/pontificar) sino el objetivo primordial de la escritura. Como en los bestsellers, pero mejor hecho y con más respeto.

(En español esta diferencia la ejemplificarían bien Javier Marías y Arturo Pérez-Reverte. Aunque Marías es más controlado que Wallace y Mitchell rotundamente más versátil (e imaginativo) que Pérez-Reverte. Paradójicamente, entre esos dos prefiero de lejos a Marías.)