Rango Finito

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distancia

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Cada vez más lejos de mí. Quién sabe dónde voy a parar.

70

No me reconozco aunque sé que sigo adentro. Sostengo el control pero cada día estoy más lejos. No puedo decir con certeza que sé adónde voy. Este cuerpo que me habita ha encontrado la forma de anularme. Ahora hasta la luz resuena. No me deja oírlos con claridad. A veces siento que me tocan. Cada caricia duele.

Black Hole

Una enfermedad de transmisión sexual prevalente en adolescentes convierte a sus portadores en monstruos. Algunos ganan apéndices o protuberancias, otros reciben hendiduras supurantes. Son mutaciones inofensivas pero contundentes. No hay dos iguales. Los infectados con deformidades discretas se camuflan entre la población sana. Aquellos con manifestaciones particularmente visibles son discriminados y repudiados y se ocultan en las montañas alrededor de la ciudad. Llaman a su refugio Planeta Xeno. Fuman marihuana, toman cerveza, hablan, se apoyan. Tarde o temprano todos caen. La enfermedad los singulariza. Los vuelve alguien al precio (costoso) de expulsarlos de la manada uniforme y cómoda donde la aceptación nunca es un dilema. Cuesta querer y ser querido, adaptarse, encontrar un lugar. No todo el mundo está dispuesto. Requiere tolerancia, comunicación y empatía. Es más seguro sentirse incomprendido y especial así la infección sea la norma general.

deformidades
La enfermedad es la vida.

Consuelos


Basado en un diálogo de Inframundo.

Jueves

Hizo calor. Ocho huevos. Otra gallina muerta. Aviones de combate sobrevuelan la sabana. Vienen de las bases del sur. Desde la terraza vemos las luces del bombardeo pero no oímos los gritos de los muertos. Los gritos no llegan tan lejos. Ni siquiera por la radio. Mañana es el examen final del curso. Sesenta por ciento de la nota final. Comí sopa de tortilla y yogurt de postre. Los gatos juegan y retozan en la sala. Las oraciones son cortas. El propósito de las oraciones cortas es negar el compromiso con el contenido del texto. La brevedad simple es una forma de distancia. Es mi manera de decir que no estoy. Las oraciones podrían ser autogeneradas. No hay misterio en su gramática. Admiten una lectura automática. Es la prosa de la evasión. Tal vez sí son autogeneradas. No requieren esfuerzo. Es posible que yo no sea quien las redacta. Alguien podría hacerlo por mí sin que lo notara. O nadie. Un programa. Llamé a unos vecinos que ofrecen el servicio de asesoría para preparar formularios de impuestos. Tienen volantes publicitarios en una cajita que cuelga de un árbol frente a su casa. “In your neighbourhood tax services“. Declarar impuestos es como ir al médico. La enfermedad es la complejidad y sutileza de las reglas. El año pasado lo intentamos sin ayuda y fue catastrófico. Tenemos cita el lunes. Janak me habla de sus enredos psicosexuales con espías e intelectuales en Lisboa. También hay rusos borrachos que fueron expulsados de todos los bares. Lisboa anuncia que está en quiebra. Europa la rescata para rescatarse a sí misma. Japón se contonea una vez más. Óscar tiene un sismógrafo en el culo. En Colombia protestan por las protestas donde protestan por protestar. Todo el mundo lee un libro titulado Sex at Dawn. El libro dice que las imposiciones culturales pervierten adaptaciones biológicas naturales. También dice que al inicio de los tiempos todos andabamos desnudos y los orgasmos no despertaban culpas ni celos. Como en el paraíso. Oí a Dan Savage hablar de ese libro. Oí conversaciones privadas por accidente. Hay mujeres a las que les gusta ver hombres en bragas. Mucho mejor si son las bragas de su hermana. Podría decir cualquier cosa y sabría igual. Podría decir braga. Podría decir concupiscencia o incluso practicarla. Esa es la virtud de estas oraciones cortas y sin comas. Digo virtud sin convencimiento. Escribo como puedo y lo que puedo. Pero no lo siento. Cumplo un deber apenas.

Viernes

Penúltima clase. Pocas preguntas. Pocas respuestas. Leo varias reseñas al respecto de The Pale King. Pienso que tal vez debería postergar su lectura un rato, unos años, incluso, y decantarme por algún clásico reciente estilo The Recognitions para el verano (Andrés me sugiere el no tan reciente La Montaña Mágica). Le confío a mis estudiantes un secreto, algo sencillo pero importante que he aprendido con los años. Les digo: ¿recuerdan que en las películas los genios matemáticos miran el tablero y en el acto los números y símbolos se iluminan, giran, vuelan, se combinan y se reorganizan hasta que mágicamente aparece en el centro una respuesta? Pues eso no funciona. Les explico que garabatear fórmulas ordenadamente en un papel es un método mucho más eficiente para solucionar este tipo de problemas (si no todos los problemas). Igual ellos miran la integral inexpugnable en el tablero a la espera de una respuesta. Conozco esa mirada. Encarna una especie de fe juvenil en el poder y alcance de su propia inteligencia así como el desprecio a todo lo que implique esfuerzo. No los culpo, estoy seguro de que alguna vez yo también intenté resolver problemas a punta de miradas, desde la distancia, sin hacer nada. Como tantos otros adolescentes, estaba convencido no sólo de que podía mover cosas con la mente sino que buena parte de la realidad exterior era responsabilidad directa de mi mente, presta a ser alterada/perturbada/redefinida en respuesta a mi todopoderosa (y voluble) voluntad. No recuerdo cuándo aprendí que el mundo no funcionaba así. No fue hace mucho, probablemente.

Inmersión

Creo que lo supe cuando la vi, pero para serle sincero en este momento siento como si eso fuera algo que yo hubiera sentido desde siempre. Puedo ser más preciso: me cuesta delimitarlo dentro de mi propia vida porque actualmente es un componente esencial, algo sin lo cual me costaría ser lo que soy. Esto obviamente no me impide reconocer que hubo un momento cuando ella no estaba y luego uno donde ella era todo, pero aislar el momento del cambio requeriría adoptar una distancia con respecto a mis sentimientos que me es imposible tomar en este momento. Ciertos tipos de sentimientos, como este, me atan al instante: pierdo perspectiva a cambio de profundidad. Esa es la manera como me gusta verlo. Sentir, para personas como yo, es inmersión. Es algo que se hace con total conciencia de que está pasando. Requiere dar brazadas, patalear, no perder el conocimiento, abrir los ojos y rezar para que las membranas resistan la presión y las sales y el medio sea suficientemente claro como para saber hacia dónde ir. Wishful thinking, yo sé. La mayoría de las veces la inmersión es veloz, incontrolable, y la presión crece mucho más rápido de lo que cualquier órgano la puede resistir. Todo queda hecho papilla. El fondo de uno mismo es frío y desolado. Hay un período de dolor. Hay un período de placidez mortuoria resignada previo al reconocimiento de que ahí adentro también se puede respirar. Pero luego hay que moverse lentamente porque las leyes elementales de lo que se es y lo que se puede cambian. Todo es aprendizaje. Muchas veces por ensayo y error. Hay que redefinir lo que es sensible, lo que es irremovible, lo que necesita cuidado constante, lo que duele, lo que se quiere. Cada protocolo de interacción debe ser reconsiderado. Cada pequeño gesto estudiado para entender sus consecuencias. Dicen que es importante ponerse en el lugar de los demás. Yo tengo dificultades incluso para aceptar/entender/habitar el lugar emocional donde estoy, donde soy. Supongo que si fuera una persona normal esta sería una tarea automática. Por desgracia, mi vida es por encima de todo el proceso reiterativo e inacabable de apropiarme de mis revisiones y abandonar instancias caducas de lo que fui. Abandonar, sí. Abandonar yo, que tengo la misma billetera y el mismo reloj desde hace más de veinte años.

Historia de amor número diecisiete (Bosquejo)

Ella le dice que siente que la está dejando ir. Llora. Siempre llora. Más de la cuenta. El le dice que está tranquilo, que todo va a estar bien. Todo va a estar bien, dice él, le toca la cara, y ella lo repite y lo repite en el bus de regreso a su casa, que es una especie de hotel, hasta que en su cabeza deje de sonar como un consuelo y se sienta realidad, que es lo que ella quiere que sea. Creo que nunca deja de llorar, pero cada vez se nota menos. Podríamos indagar, hacer una incisión justo en este punto, donde/cuando todo está tan expuesto, y explorar los órganos internos de esta historia. Contextualizar. Podríamos pero no lo haremos por respeto a la historia. Por respeto a sus particularidades, que son lo que al final les queda, el trofeo por haber sido lo que quisieron ser. Diré apenas que es una historia con muchas canciones antes y después. Es una historia hecha, literalmente, de palabras. Una conversación que, ella sospecha, se prolongó demasiado. Por eso es que entiende y acepta lo que pasó. Todo va a estar bien, repite todavía de vez en cuando, y luego lo ve pasar, a lo lejos, a distancia infranqueable, y siente algo que parece bueno. Es feliz, le diría él.

Gráfico

El tiempo hace lo que puede, pero eso nunca es suficiente para usted. Claro que tengo derecho a sentirme así y usted no es quién para concederme ese derecho. Me sentiría igual con o sin su permiso. Mi consuelo es que ahora al menos sé con cierta precisión cuál es el valor que usted otorga a lo que siento, a lo (poco) que le doy. También tengo claro lo que debo esperar de usted. En una realidad paralela seguro que seguimos siendo felices. En otra realidad paralela todos estamos muertos. ¿Quiere posibilidades? Un día me levanto y siento que esto ya no es para mí así que me esfumo de mi vida y de la suya. Por amor, desaparezco. ¿Otra? Un día me levanto y recuerdo que olvidé algo en la oficina. Es sábado, decido caminar, eso es lo último que recuerdo. Cuando abro los ojos de nuevo estoy en un lugar donde pasé muchos años siendo niño: el hospital donde internaban a mi abuelo luego de cada crisis. Cuando le pregunto al médico por usted el médico me responde que usted ya no está. El médico me pregunta datos básicos sobre mi vida y se sorprende cuando le respondo correctamente, pero hay algo que está mal. El médico no me lo dice, no al principio, pero yo lo sé. Me veo las manos y lo sé. Cuántos años, le pregunto al doctor. Poco a poco recupero la memoria. Me muestran videos de lo que fui, de lo que quedó de mí después del accidente. Accidente. Nadie sabe qué pasó. Usted se cansó de esperar mi regreso. Me dejó una carta para cuando despertara, para cuando volviera a responder correctamente a las preguntas fáciles. En la carta me decía que no sabía si alguna vez leería esa carta pero que de todas maneras la escribía porque sentía que me debía eso. Luego me hablaba del dolor de verme y lo que veía en mis ojos cuando la llamaba por otros nombres. Me listaba los nombres. Me listaba las historias que le había contado de mi vida. Me preguntaba cuántas personas de esas era yo y cuántas me había inventado para complacerla. Me pedía que fuera feliz. Eran cosas que yo debía entender si no es que ya las entendía desde antes. Esa es la duda siempre: tal vez el accidente sólo facilitó lo inevitable. En la carta había una foto de los dos el día que nos conocimos en esa fiesta hace cinco años. Nuestra primera foto juntos. Atrás estaba la fecha. Tengo un juego en el que grafico la distancia entre los dos. Esa fecha marca el tiempo cero. Hablo de distancia en un sentido emocional. Pienso en las veces cuando nos miramos y sabíamos que no había nada que nos separara. Eso pasó. Usted tal vez no lo recuerda pero eso pasó. Y se sentía bien. La línea ondula y cae y vuelve a escalar en pendientes que miden odios y tristezas. Ahí vamos nosotros, pienso, sobre y contra este tiempo que nunca fue suficiente para usted. Calculo puntos de inflexion y máximos. Así me entretengo. Refino la asíntota sostenida en el ahora. Esa línea somos los dos. Es lo que queda de los dos.

Distancia

Fue como una distancia. Así. Sin adioses. Sin clausuras. Una oración sostenida entre lengua y garganta que no nace porque no hay aire a donde vamos, ni sol, ni cielo. Vamos hacia la distancia que nos espera con la esperanza de que al llegar, al reencontrarnos, recordemos.

A continuación algunos recuerdos en ningún orden en particular.

El primer recuerdo es la niña postrada ante el cilindro luminoso. Así la conocí.

El segundo es su voz en loop filtrada y recompuesta digitalmente para ser emitida sin parar a través de altavoces en un centro comercial, en el metro, en mi teléfono, y que sólo nosotros la escuchemos. Su voz de niña que entiende cosas que jamás podríamos entender y que nos habla como su fuera nuestra niña (gran) hermana mayor para decirnos que nos preparemos para eso que es imposible prepararse, que comprendamos que algún día tenía que pasar.

El tercero es la ventana del tren: las orugas gigantes que parecen campos de te, la gran montaña nevada dormida y amenazante, el humo de las fábricas en animación suspendida, la sensación de plenitud súbita ante el reconocimiento de la misión.

El cuarto es el día de mi nacimiento que es también el día de mi partida que es también el día que vi a mis papás por última vez y mis papás me dijeron que me extrañarían y me pidieron, me rogaron, que no los olvidara.

Podría seguir.