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Canales hacia afuera

Una nota en la New Yorker matizando la ola de críticas y cuestionamientos recientes a “la ciencia” (e.g., en el último The Economist) y aclarando que esas críticas nacen justo al mismo tiempo que varias iniciativas para corregir los problemas que señalan. Clave esto casi al final:

[W]hat science really needs is greater enthusiasm for those people who are willing to invest the time to try to sort the truth from hype and bring that to the public. Academic science does far too little to encourage such voices.

Cuerada suprema

Con Alejandro Peláez nos obsesionamos desde el viernes con la historia de Raúl Cuero y durante el fin de semana recopilamos información sobre la forma como funcionaban los tales “Parques de la Creatividad” que tanto promueve y a los cuales decidió dedicar su vida tras renunciar a la universidad gringa donde trabajaba. Lo que encontramos no es edificante. En este artículo intenté hacer un reporte calmado de nuestros hallazgos.

Lo que nuestro artículo sugiere es que Cuero ha abusado de su prestigio inflado para vender unos productos difusos (si no totalmente vacíos) que están más cerca del discurso motivacional que del desarrollo científico. Uno de los blancos de Cuero y sus socios son los fondos disponibles en alcaldías y gobernaciones para ciencia y tecnología. Dado a que los contratos con esas entidades son públicos y disponibles en línea, nos enfocamos en ellos. Tenemos indicios de que Cuero también ha celebrado contratos con varias empresas privadas como la fundación Luker, Alianza Team, Pacific Rubiales y otras. Asímismo ha ofrecido sus servicios a empresas de acueducto y a Ecopetrol. La mayoría de estas empresas inician gustosas colaboraciones de investigación y desarrollo con los “Parques” pero después de un tiempo (y tal vez bastante plata invertida) se disuelven con apenas resultados exiguos. Mi sospecha es que Cuero promete mucho más de lo que puede ofrecer considerando sus propias capacidades (las corroborables) y el hecho de que la mayoría de sus “empleados” son estudiantes de colegio voluntarios a quienes guía a distancia. Igual él no pierde nada y sigue como un picaflor de ciudad en ciudad prometiendo traer “la ciencia” y la “innovación creativa”.

Mi impresión es que apenas raspamos superficialmente las actividades de Cuero. Si lo que encontramos ya es preocupante no me imagino qué pueda aparecer si se excava más profundo.

Una posible conclusión lateral es que los científicos colombianos deberían divulgar activamente su trabajo (algo que he dicho en otras ocasiones) ya sea recurriendo a medios establecidos o creando medios propios (o eventos). Si la gente estuviera más enterada de cómo funciona la ciencia, qué hace y cuáles son sus alcances y limitaciones no caería tan fácil en engaños como los de Cuero y compañía. Con frecuencia se dice que no hay incentivos para que los científicos divulguen su trabajo, pero sí que los hay: promover su trabajo como comunidad permite asegurar fondos perdurables, previene que los fondos para ciencia se desvíen a proyectos dudosos e incentiva la educación en ciencias. Es algo en lo que vale la pena pensar. De paso, si quieren que el periodismo nacional aprenda a hablar de ciencia y a distinguir a alguien serio del charlatán ocasional la mejor estrategia sería hablar con periodistas, mostrarles su trabajo, reportarles sus avances, etcétera. No serán muchos, pero creo que hay medios, como El Espectador, que tienen la disposición para reportar ciencia si los mantienen al tanto.

Visiones espaciales

La columna de hoy está dedicada a las fotos que Chris Hadfield toma desde la estación espacial internacional. Todavía no sé por qué me conmueven tanto. Exacerban mi humanismo más primitivo. Me hacen sentir afortunado e inspirado.

London, Ontario, desde arriba-afuera.

Quería mencionar en la columna, pero no encontré cómo, el proyecto Astronomía periférica, una colaboración entre Jaime Forero, Luis Bustamante y Alejandro Tamayo para promover la astronomía mediante actividades artísticas en barrios de Bogotá. Es bien bonito lo que hacen. Colombia necesita más científicos así y menos como este ejemplar.

Capicúas

Esta tarde escribí un cuaderno de iPython para jugar con números capicúas. La motivación fue este problema propuesto por Cédric Villani en su sección recién inaugurada de juegos matemáticos de Le Monde. (Loable el esfuerzo de Villani por promover personalmente la matemática entre la gente del común, por cierto. Y adorable su uso (francesísimo) de tablero y tiza para presentar y resolver los problemas. Cada vez me cae mejor.)

Culto a la ecuación

La columna de hoy reseña un pequeño artículo sobre el impacto positivo (a ojos de semi-profanos) de intromisiones matemáticas (no necesariamente pertinentes) en artículos académicos. Esta reacción intimidada/complaciente ante la ecuación incomprensible se puede explicar como una consecuencia de la relación acrítica con el discurso científico que algunas veces los mismos científicos promueven (o al menos no contienen). Puede ser matemática como puede ser neurociencia. En otras ocasiones he hablado acá en el blog de la importancia de que los científicos (como comunidad, tal vez) tomen en sus manos la divulgación de su trabajo. Este ejercicio de divulgación directa acerca a la gente a la labor científica y le permite ganar perspectiva sobre su funcionamiento y metodologías. Aunque el discurso publicitario efectivo tal vez sea útil en el corto plazo para conseguir fondos, a la ciencia como empresa humana no le conviene ser a largo plazo indistinguible de la charlatanería pseudocientífica que abunda. La mejor manera de combatir esta tendencia es acercar los científicos a la gente y promover el cuestionamiento de su propio trabajo. No se trata de que todos se conviertan en expertos sino de que se difunda una comprensión mínima de las dinámicas de la ciencia y su valor difuso de verdad (que hace que la duda sea su principio esencial). La fuerza de la ciencia, de cierta manera, radica en exponer abiertamente sus limitaciones. Depender de un periodismo cada vez en peor estado y ansioso de espectacularidad vendible que le permita competir con los flujos de las redes sociales no parece una apuesta sensata.

*

Ernesto Sabato, que antes de dedicarse a la literatura estudió física, tiene un ensayo sobre la oscuridad científica como herramienta de dominación al que vuelvo recurrentemente desde hace tiempo. Sus observaciones hechas en 1955 son todavía vigentes hoy. Para cerrar, un aparte:

La raíz de esta falacia reside en que nuestra civilización está dominada por la cantidad y ha terminado por parecernos que lo único real es lo cuantitativo, siendo lo demás pura y engañosa ilusión de nuestros sentidos. Pero como la ley matemática confiere poder, todos creyeron que los matemáticos y los físicos tenían la clave de la realidad. Y los adoraron. Tanto más cuanto menos los entendían.

Contar hasta el final

Este artículo apareció en mayo en una revista que la Universidad Nacional distribuyó durante la feria del libro de Bogotá. Lo pego acá para conmemorar que el siete de diciembre de 1873 Cantor le escribió una carta a Dedekind donde demostraba que había más números reales que naturales (buena parte de la matemática de esa época (¡y hasta hace muy poco!) se oficializaba y desarrollaba en intercambios epistolares).

Números para contar y números para medir. Los primeros los aprendemos temprano, casi sin darnos cuenta, jugando con los dedos de las manos. A esos los llamamos números naturales. Los segundos son más misteriosos. A los griegos los obsesionaban. Un cuadrado que medía un metro por cada lado tenía una diagonal cuya magnitud en metros era de cierta manera imposible de atrapar: no era ni número natural ni división de números naturales. Era algo distinto. Lo mismo con el perímetro de un círculo de diámetro uno, que es a lo que ahora llamamos π. Había algo extraño con esos números pero aparecían sin esfuerzo por ahí, así que si algo estaba mal no eran ellos sino nuestra concepción ingenua de lo que los números podían ser. Por eso a los números para medir los llamamos números reales, porque son ineludibles. Si en una línea recta decidimos quién es cero y quién es uno, a cada punto de la recta le corresponde exactamente un número real.

Los números naturales sirven para contar colecciones de cosas, también llamadas conjuntos. Basta asignar a cada cosa números naturales en orden hasta que se acaben las cosas o los números. Si se acaban las cosas, el último número que utilizamos nos dice cuántas son. Si se acaban los números, decimos que el conjunto es infinito, pero esta es una respuesta insatisfactoria. Sería ideal poder contar hasta el final. Eso es más difícil. Los números naturales no son suficientes. Necesitamos más.

Tomemos por ejemplo los números reales. Ahora intentemos contarlos. Agarremos números reales uno a uno y a cada número real asignémosle un número natural. Hagan el intento. ¿Será que si somos suficientemente cuidadosos podemos agotar los números reales contándolos con números naturales? A simple vista parecería que no. En la recta los números naturales son puntos aislados, muy pocos comparados con la multitud de puntos posibles. Pero tal vez haya una manera ingeniosa de emparejarlos, ¿por qué no? ¿Acaso cuántos infinitos hay?

Podría decirse que esa es la pregunta fundacional de la teoría de conjuntos, un área de la matemática que surgió con los trabajos de Georg Cantor a finales del siglo diecinueve.

Cantor quería contar aplicaciones repetitivas de un cierto procedimiento y notó preocupado que cuando se acababan los números naturales todavía existía la oportunidad de ejecutar el procedimiento una vez más. Tal vez otros habían llegado antes a la misma situación pero no se habían atrevido a dar el paso por puro vértigo. Cantor no dudó, y con este paso abrió la puerta a una serie de descubrimientos que revolucionaron la matemática y la filosofía de su tiempo.

Gracias a Cantor ahora sabemos que es imposible contar los números reales usando números naturales: tienen tamaños infinitos estrictamente distintos. También sabemos que hay infinitos tamaños infinitos, apilados unos sobre otros en una columna interminable que sirven para contar el tamaño de cualquier conjunto. Estudiamos los infinitos por lo mismo que estudiamos los árboles. Están ahí, no podemos ignorarlos.

Kurt Gödel es el niño sentado a la derecha.

Ese es apenas el principio de la historia. Los infinitos de Cantor eran como animales salvajes imposibles de contener. La teoría de conjuntos fue creada para domesticarlos y aclarar su naturaleza. Pero incluso una vez domesticados continuaron generando preguntas. Una crucial es la siguiente: ya sabemos que el tamaño de los números reales, también llamado el continuo, es mayor al de los números naturales, ¿pero cuán mayor? ¿Es el siguiente infinito? ¿O el siguiente siguiente? ¿O el siguiente siguiente siguiente…?

La respuesta, sorprendente, tardó casi un siglo: puede ser casi cualquiera, depende, dijeron a dúo Kurt Gödel y Paul Cohen. Si queremos decidir el tamaño del continuo debemos reforzar el aparato formal que usamos para domesticar los infinitos. Como si al tiempo existieran y los soñáramos. El único criterio a mano es nuestra percepción de lo correcto, que en matemática es casi siempre indistinguible de lo hermoso. Por eso algunos dicen que la teoría de conjuntos es ciencia pero también es juego y poesía.

Burbujas en el agua

La columna de hoy ahonda en las declaraciones imprecisas que Rodolfo Llinás ofreció la semana pasada sobre “una nueva agua” para entender de qué estaba hablando y contextualizar su aporte. La ciencia no son los resultados sino los procesos para llegar a ellos. Cuando se reportan resultados es crucial explicitar estos procesos y sus limitaciones para distinguirlos de la pseudociencia que abunda. A continuación varios enlaces para complementar la lectura de la columna:

  • La columna fue producto de los reclamos (justos) de Pere Estupinyà en su blog de seguimiento al cubrimiento científico en español. Óscar lo enlazó en Twitter.
  • Mi impresión de los primeros reportes de las declaraciones de Llinás (Estupinya las enlaza casi todas) era que los periodistas no habían entendido de qué hablaba. Pero la entrevista extensa que Yamid Amat le hizo deja claro que Llinás no contribuyó mucho a reducir la confusión.
  • Por si acaso, para que quede claro que esta no es una discusión sobre sus méritos, aquí la lista (de acuerdo a Pubmed) de los artículos científicos de Llinás. Suma trescientos cuarenta.
  • Esta es la página donde Revalesio reporta el estado de sus investigaciones con RNS60. Llinás es mencionado acá.
  • Artículo extenso en The New Scientist (pdf) sobre nanoburbujas, con énfasis en las dificultades físicas para explicar su existencia. Las aplicaciones que propone Revalesio son mencionadas al final.
  • Este es el único artículo (de acuerdo a Pubmed) donde RNS60 es mencionado. Ahí se reporta que contribuye a reducir la inflamación de la glía. Y aquí está el resumen del afiche que presentaron en el congreso de la sociedad para la neurociencia hace un mes.
  • En este artículo reportan los avances en limpieza de lagos con el uso de nanoburbujas.

Canal Click

Colciencias, el SENA, la Universidad de Medellín y la Universidad de Antioquia se asociaron para montar Canal Click, un canal de televisión dedicado a la divulgación científica y tecnológica con énfasis en la producción colombiana. Se puede sintonizar en línea:

Héroes sobre nosotros

TED es una vitrina de productos a la venta. Por eso su diseño gira en torno a la charla efectista breve e insustancial propia del marketing. Le dice a la gente lo que quiere oír. TED no difunde ciencia o tecnología sino la idea de ciencia y tecnología que a sus organizadores les interesa popularizar: una ciencia superficial y simplista, encapsulada en productos adquiribles y condimentada con copiosas dosis de buena energía. Dentro de este esquema, todo avance científico o tecnológico implica necesariamente desarrollo humano. Esto no sólo es romántico (lo que no tiene por qué estar mal) sino que es perverso: ofusca los procesos políticos y económicos que impulsan, financian y dirigen la investigación. Además niega la posibilidad de valorar las implicaciones morales y sociales de la adopción de tal o cual descubrimiento. No hay tiempo para preguntarse a quién sirve qué y por qué. TED oculta en su base un discurso según el cual la humanidad es salvada y liberada por los héroes técnicos sabios que sin esperar nada a cambio, si los dejan, dedican sus vidas al progreso universal. Este es un discurso peligroso. Sin escepticismo, sin una posición activamente crítica, sin una apertura real, la ciencia se transforma en culto elitista y la tecnología en cárcel. Cuando TED imagina su futuro se proyecta sin molestia ni modestia en un templo inmenso abarrotado de gente atenta al discurso motivacional de un megalómano que promete que cambiará el mundo y recibe aplausos en respuesta. No creo que esto sea del todo autoparodia o ingenuidad. TED sabe que es la plataforma perfecta para divulgar ese tipo de anuncio.

Science and Invention
El aprendizaje pasivo es adoctrinación.
(Revista Science and Invention, diciembre de 1921)

Búsqueda y destrucción

Un hombre recibe una misión: encontrar a una persona con un tatuaje del Pato Donald estampado en el culo. Es un problema aparentemente difícil de resolver. En general puede tomar mucho tiempo y esfuerzo encontrar a alguien así pero, en contraposición, corroborar que el hombre cumplió su misión es sencillo: basta bajarle los pantalones al candidato.

Soldados buscan
Soldados buscan cartas entre los restos carbonizados de una oficina de correo en Dublin, 1922.

Muchos problemas de búsqueda tienen la particularidad de que, aunque parezca difícil (en términos de tiempo) encontrar lo que se desea, verificar la validez de una solución es relativamente rápido. La pregunta es si de verdad son tan difíciles de resolver como aparentan ser. No es claro. De pronto siempre existe al fondo una manera rápida de buscar.

Por ejemplo, determinar si un número es primo parece un problema de este tipo. Requiere constatar la existencia (o no) de un divisor. Encontrar un divisor, al menos siguiendo la estrategia más obvia, tarda demasiado, pero verificar que es un divisor sólo requiere dividir y revisar el residuo (esta operación puede tomar tiempo, pero no demasiado en relación a la longitud de los números involucrados). Por muchos años se sospechó que el problema de decidir si un número era primo o no debería ser rápido de resolver, pero sólo hasta hace diez fue descubierto un procedimiento que lo hace de manera rápida, concluyente y sin condiciones en los números a evaluar.

Detrás del juego de dibujar esta versión de la Mona Lisa en un sólo trazo (uniendo con líneas rectas unos puntos elegidos de antemano) se oculta el famoso problema del agente viajero, otro de esos que parecen (y probablemente sean) difíciles de resolver aunque verificar una solución sea sencillo.

Otros problemas no han tenido la misma suerte pero tampoco han tenido la suerte opuesta: no se ha podido demostrar que no existe una solución rápida. En otras palabras, no se sabe si existen problemas de búsqueda con verificación de solución rápida que sean esencialmente difíciles. A los problemas con verificación de solución rápida los llaman NP. A los problemas con solución rápida los llaman P. Otra manera de plantear la pregunta es sí todo problema NP es en realidad P o si definitivamente existen problemas NP que no son P.

Muchos algoritmos de encriptación de uso diario basan su solidez en problemas de búsqueda con verificación rápida de solución que por lo pronto parecen ser esencialmente difíciles de resolver, como la factorización de números enteros (en el caso del algoritmo RSA). Si se demostrara que todo problema NP es P, la seguridad de estos sistemas se derrumbaría (y probablemente con ella la civilización como la conocemos). La conjetura más popular, por ende, es que P≠NP. Ese es el verdadero sacramento de nuestra fe.

La ilusión de que NP no sea lo mismo que P nos protege.

Divulgación

Aquí una propuesta: un científico actual, especialmente si está al servicio de instituciones públicas, debería dedicar al menos un cuarenta y siete por ciento de su tiempo y esfuerzo (porcentaje tentativo) a la difusión de sus investigaciones e intereses profesionales dentro de un público amplio, ya sea como docente o como divulgador. El contacto permanente del investigador con personas por fuera del ámbito científico contribuiría a anclar la ciencia a la sociedad a la que pretende servir y al mismo tiempo permitiría que el científico aclarara y revaluara constantemente el propósito y motivaciones de su trabajo, reduciendo así el riesgo de caer en esas investigaciones vacías, atrapadas en sí mismas, que son frecuentes hoy en día.

Evolución en Marte, por Hugo Gernsback (Ilustraciones de Frank R. Paul)
(En Science and Invention, agosto de 1924 — Aquí en buen tamaño.)