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docencia

Enseñanza

Creo que antes que matemática, lo que me gustaría que mis estudiantes ganaran con el curso es sentido de la responsabilidad y entusiasmo por el reto de aprender. La matemática es sólo un contexto cualquiera, pero su faceta lúdica resulta particularmente apropiada para enfrentar a los estudiantes a obstáculos y luego ofrecerles las herramientas para sobrepasarlos por sus propios medios. No estoy seguro de haberlo logrado. La enseñanza me hace feliz e infeliz.

El lunes, durante la clase, me sentí fuera de lugar. Escribía en el tablero y de pronto sentí con claridad que no sabía qué estaba haciendo ahí. Pensé en los estudiantes a mis espaldas. Estaban aburridos y cansados. Y yo también a veces estoy aburrido y cansado. Me esfuerzo por ofrecer una experiencia enriquecedora, le dedico mucho más trabajo del que probablemente esperan del mí, pero al mismo tiempo no creo en mi papel y siento que engaño a mis estudiantes (de la misma manera que sentía que me engañaba a mí mismo cuando intentaba sin mayor éxito hacer matemática). Nada de eso tiene mayor valor. La labor del educador mercenario propicia el cinismo. Mis circunstancias contribuyen a reforzar la sensación de que nadie da un peso por la educación de los estudiantes. Al fin y al cabo, la dejan (en especial en los cursos de primeros años) mayoritariamente en manos de personas subempleadas (desechables) como yo, con contratos temporales cuidadosamente diseñados para negar cualquier vínculo perdurable entre el instructor y la institución. Los vínculos perdurables están reservados para los llamados investigadores, quienes cada semestre dedican buena parte de su tiempo a engrosar su lista de publicaciones e idear maneras para no dictar clase y dejar la docencia (que generalmente aborrecen y desprecian) en manos de los estudiantes de postgrado y la legión de mercenarios mendigantes.

Cuesta creer en un sistema educativo que funciona así. Los cierres de curso siempre son amargos para mí. Si continúo a la cacería de cursos es sólo porque en el fondo disfruto inmensamente las horas de interacción con los muchachos, me revitalizan y me divierten, y, claro, porque la plata no nos sobra. Espero volver a enseñar el próximo verano.

Sábado

Sábado nublado de ganas de nada. En el buzón tengo los ruegos de una estudiante (pensé en transcribirlos pero me abstengo) que tal vez será expulsada de la universidad por perder este curso (no es muy clara al respecto). Mónica (la guardiana de mi frágil estado emocional) opina que no debo responder, pero le respondo igual porque siento que hace parte de mis responsabilidades. Se merece una respuesta, así sea corta. No me cuesta nada y me tranquiliza. Me hace sentir que hice lo correcto. Le digo: No hay nada que yo pueda hacer. Le vuelvo a explicar con cuidado, suma a suma, de dónde sale esa nota final. Ella responde: No me diga que no hay nada que pueda hacer. Please find it in you to help me. Le digo: Lo siento, no está en mis manos. Me contesta: I don’t know what else I can do. Please don’t do this. Le digo: Lo siento muchísimo. No debió esperar hasta el último momento para pedir ayuda. Me da las gracias. Se disculpa. El hilo de mensajes tiene por título please please help me, como si fuera una canción. Lo archivo. Nueve mensajes en total. El último es de ella.

Viernes

Me levantaron las noticias desde Japón. Volvió a nevar. La nieve, finísima, se pegó a los árboles mojados por las lluvias de los últimos días. Los cubrió enteros. El bus a la estación de tren se demoró en pasar. El tren llegó con retrado y llegó a Kitchener una hora más tarde de lo programado. Ontario, reconocido por sus duros inviernos, no tiene la infraestructura para que su sistema de transporte ferroviario resista una nevada menor. Mis estudiantes tienen su segundo examen el lunes, así que ofrecí horas de oficina todo el día. Un par de estudiantes pasaron a que les dijera qué estudiar. Me preguntaron cuál era el tema más difícil del examen. Les respondí que todos los temas eran difíciles. Tras tres preguntas más quedó claro que no habían asistido a buena parte de mis clases. Les dije que al menos intentaran hacer los ejercicios primero antes de volver a preguntar. La verdad es que ni siquiera tenían dudas. Uno de los dos reconoció que venían a las horas de oficina con la esperanza de que vinieran otros e hicieran preguntas por ellos. Estudio por ósmosis. Les dije que las cosas no funcionaban así. Se fueron avergonzados.

El tren de regreso también venía con retraso. Tuve que esperar en la estación de Kitchener por una hora.

Martes

Soñé que estaba en Bogotá, en una fiesta. Hablaba con Patricia. Los gatos me levantaron muy temprano (Gonta está empeñado en declarar las cuatro de la madrugada como hora oficial de juego) pero me volví a dormir. En el tren leo Manufacturing Depression o miro episodios de Los Soprano. Por las noches leo un capítulo o dos de Bone. Todavía no me convence. Es demasiado goofy para mi gusto.

Los martes no tengo clase. Por las mañanas trabajo con Rahim y Ómar y por las tardes, cada quince días, hay seminario de lógica. Hoy no hay seminario, pero debo preparar mi charla para el coloquio del departamento, que será el próximo lunes. Es la primera vez que tengo la oportunidad de hablar de mi trabajo a matemáticos que no trabajan en mi especialidad. Ese es un reto que me gusta. En general, me gusta el reto de convertir temas complicados en temas digeribles y además interesantes para una audiencia amplia. Tal vez por eso disfruto la docencia.

El trabajo con Rahim y Ómar es entretenido. Queremos desarrollar, en el contexto más general posible, una teoría de Galois de ecuaciones de diferencias (tal vez sobre cuerpos (iterativos) diferenciales (ojalá en característica arbitraria)). Los especialistas en el tema se restringen usualmente a ecuaciones lineales, pero la teoría de modelos permite explorar versiones “no lineales” (en el sentido de que las ecuaciones ocurren sobre grupos algebraicos no lineales) sin hacer demasiada álgebra. Actualmente intentamos aislar la noción correcta de σ-grupo. Anand y Piotr tienen una propuesta en este artículo pero hoy concluímos que, para nuestros propósitos, es demasiado débil. Queremos, en particular, que un σ-grupo sea equivalente a un grupo algebraico con un automorfismo del cuerpo de funciones de la misma manera que un D-grupo es un grupo algebraico con una derivada en el cuerpo de funciones. El riesgo, claro, es que al restringir el escenario nos quedemos sin ejemplos. Calibrar una definición es una tarea sutil.