Rango Finito

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Madurez

Resultó ser un orzuelo, aflicción común que no había sufrido desde la adolescencia. Se cura con pañitos de agua tibia, literalmente. Una enfermedad juvenil indigna de alguien en el nivel de madurez espiritual y psicomotriz que certifican las nuevas canas en mi barba. Estas son más centradas y vistosas que la primera que tuve y hace tres meses perdí tras una afeitada desafortunada. Dos canas, oficialmente. Aunque podrían ser tres o incluso cuatro si entrecierro los ojos lo suficiente y le meto convicción. Por favor entiendan: la iluminación en estos tiempos cínicos y descreídos pende de las apariencias no importa la sabiduría. No estoy desesperado, pero si la vaina no mejora por sí sola en unos meses tendré que recurrir (no sin algo de vergüenza) al agua oxigenada.

8

Por cosas del tiempo, que pasa y no me lleva, ya estoy absolutamente por fuera del rango de edad de la población que los estudios de cine esperan capturar con sus blockbusters de mitad de año, así que voy a esas películas a sabiendas de que no encontraré nada para mí más allá que esa desmesura argumental y estilística que las caracteriza y que nunca pierde (o eso pensaba) su encanto.

(Miento: en el fondo tengo la ilusión de que todavía pueda conectar y acreditar juventud y por ende vigencia. Por eso voy también.)

Pero entonces en medio de la pelea final y determinante en una planta de energía a orillas del Hudson las descargas de Elektro para fritar al Hombre Araña se revientan contra los transformadores o como quiera que se llamen esos postes forrados en anillos metálicos y los postes vibran, se iluminan como barras de sonido y sueltan tonos que, combinados, producen una versión electrónica particularmente oscura de Itsy Bitsy Spider. Ni siquiera la pelea final (en la que sin duda morirá el villano, o sea una víctima más de la maquiavélica corporación Oscorp) merece solemnidad. La fusión entre el cine de alto presupuesto y los parques de atracciones mecánicas que se inició con Los Piratas del Caribe ahora es plena.

Pese a mis bajas expectativas, me aburro. Ya ni los saltos al vacío de Peter Parker desde los rascacielos de Manhattan en dos dimensiones y media me logran emocionar.

Sábado

No me acuerdo de qué quería hablar así que voy a improvisar. Anoche, mientras tejía, vi una película en televisión, en un canal mexicano que entra por temporadas, de un hombre que decide que no quiere seguir viviendo con la mujer con la que ha vivido por los últimos veintisiete años porque se siente infeliz, siempre se ha sentido infeliz, pero realmente no tiene ninguna justificación para explicarle a esta mujer por qué ha decidido dejarla, lo que le parece injusto con ella. Esa es toda la película. En la descripción decía que era una comedia. La mujer apenas aparece en dos escenas. Dos conversaciones en baños cortas que dejan clarísimo para cualquiera que las ve menos para él por qué ese señor se tiene que ir. El ochenta por ciento de la película transcurre en baños, en rutinas de mañana, entre la cama, el armario y el baño y de regreso al armario. Frente al espejo. Hay espejos/reflejos en casi todas las escenas. Frente al espejo son los momentos más duros de la película, que no son realmente duros pero pretenden, al menos, ser intensos. El actor está muy bien elegido. Es un señor ahí sin identidad que habla entre dientes y se está quedando calvo y cualquiera diría que es sincero cuando dice que no está satisfecho con su vida, que está cansado, que al menos cuando dice eso no actúa. Yo creo que tiene cáncer. Tal vez por eso lo eligieron. Hay una parte, casi al principio, antes de bañarse, donde el señor orina pero el chorro no sale directo hacia adentro de la taza sino que primero se demora y apenas gotea, como si le doliera, y luego sale desviado y salpica por todos lados, así que el señor tiene que contenerlo, lo que parece dolerle aún más, y sentarse en la taza para no seguir salpicando, y mientras orina sentado limpia el suelo y se limpia las piernas con papel higiénico; luego se mira al espejo como molesto, como angustiado. Al final de la película, creo que no destruyo nada si revelo esto, el señor no se va.

Lapsus

Disfruto el silencio de este lugar: la tranquilidad que se siente por la mañana cuando abro la puerta, camino por el corredor, paso junto a la sala de lectura y bajo las escaleras para salir al patio. Afuera están los perros, despiertos desde temprano, persiguiéndose mutuamente por turnos, y también el frío sabanero que se mete entre la ropa y me despierta de golpe. Abro los ojos. Estoy aquí. Usualmente camino hacia los naranjos, que a esa hora todavía huelen dulce, y los perros me siguen entre correrías y saltos. La sensación del prado húmedo contra los dedos de mis pies me hace bien. Es temprano y pienso en el resto del día y me agrada saber que no necesito pensar en nada. No necesito nada. No tengo nada que hacer. Mi propósito, me han reiterado ya tantas veces, es recuperarme, sanar, aprender que lo que soy no me condena. Pienso en el hombre que duerme en mi cuarto. Es un hombre viejo, está calvo, fuma más de lo que debería, ronca por las noches. A veces viene su hija a visitarlo y le cuenta cosas sobre un nieto que él nunca ha visto. Cuando habla, no habla mucho, le promete a la mujer que pronto estará de vuelta afuera y podrá conocer a su nieto. A veces, cuando ella se va, lo oigo llorar en el baño. Cuando tarda más de la cuenta llamo a los encargados. Ellos lo llaman por su nombre, luego abren la puerta con la llave y lo encuentran sentado en la taza, perdido. Quiénes son ustedes, les pregunta. Dónde estoy. Qué quieren de mí. No sé cuántos años lleva ese hombre en este lugar. No sé por qué está acá y creo que él tampoco. Prefiero no hablar con él para no contagiarme de lo que quiera que tenga. Junto a los naranjos hay una piedra para sentarse. Desde la piedra miro la casa, la entrada al instituto, los cerros en la distancia. Yo pensaba que el tiempo servía para acercarse a lo que uno quería ser. Pensaba, y todavía pienso, que todo es cuestión de paciencia y disciplina. Pero entonces está esto, este lapsus, el viejo que ronca, esta espera tan distinta de todas las otras esperas. Se supone que un día, eso me han dicho, un hombre vendrá a mi escritorio en la sala de lectura, donde me siento a trabajar por las tardes, a matar el tiempo que ya no pasa, y me dirá que todo está bien, que puedo regresar, que soy libre, que puedo recuperar la vida que perdí. A veces, sentado en la piedra, pienso en lo que se sentiría levantarme una mañana, jugar con los perros, venir a los naranjos, despedirme de Manuel, y caminar con decisión hacia la entrada.