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educación

Tecnogogía

Una universidad alemana en 1600
La vida cotidiana en una universidad alemana en 1600

El sistema educativo entero está podrido. Sus problemas son diversos y todos muy graves. Hay una desconexión seria entre los programas que se ofrecen y los empleos disponibles/habilidades valoradas afuera. En las universidades, la enseñanza está en manos de empleados temporales mal pagados. Los profesores de tiempo completo son contratados para investigar y por ende su lista de publicaciones académica (no su compromiso con la educación, no su aptitud para enseñar) es el criterio prioritario a la hora de seleccionarlos. Los estudiantes, mientras tanto, son abandonados a su suerte en cursos cada vez más numerosos e impersonales; más filtros de selección burdos que facilitadores de aprendizaje. Los títulos que otorgan no acreditan conocimiento o competencias sino estatus. La estructura de las universidades y colegios (sus formatos, su organización e incluso algunos de sus contenidos) está esencialmente congelada desde hace décadas. Su renuencia a adaptarse es activa. La estabilidad es, claro, cómoda. La carrera académica es una pirámide que se alimenta del talento y aspiraciones de jóvenes idealistas a los cuales, cada vez con más frecuencia, se mantiene en condiciones de subempleo para siempre. Para colmo, la producción científica de las universidades no tiene mayor difusión en el mundo exterior. La fe en la academia (en sus alcances y su valor), se basa en una mezcla (proporciones por aclarar) de elitismo, cinismo e ingenuidad.

Tal vez exagero. Tal vez no todo está tan mal y hay esperanza. De pronto es sólo mi pesimismo crónico que no me deja ver la luz. Y aquí al lado está mi cinismo forzándome a escribir las tres oraciones anteriores. La educación es un tema que me preocupa porque donde me ven yo tenía la ilusión de ser un educador. Eso era lo que yo quería hacer y cada vez parece más difícil de lograr pese a mi disposición e interés. Lo que yo quería era trabajar en una universidad y dictar clases de matemáticas y temás relacionados. Tantas y tan variadas como fuera posible. La carrera de las publicaciones y la investigación bajo presión, en cambio, me llama poquísimo la atención, y eso disminuye mis posibilidades de éxito casi a cero. Despertar la curiosidad, intereses y talentos de personas que inician su formación me parece una labor mucho más edificante, sustanciosa y valiosa socialmente. Aquí hablo un poco más al respecto dentro del contexto de la educación en matemáticas.

Afortunadamente, no soy el único que piensa estas cosas. Cada vez es más frecuente encontrar, dentro y fuera de la academia, reflexiones sobre la decadencia evidente y la urgencia de una renovación radical. En Technogogy quiero recolectar algunas de esas voces que señalan los problemas del sistema académico y proponen otras maneras de plantear la educación. Más adelante me gustaría implementar/aplicar estas ideas en proyectos educativos concretos tal vez en Colombia.

Propósitos

El propósito implícito de este año consistía en reestablecer los vínculos con la vida. Era intentar eso o matarse. Ganó vivir.

De todas maneras ayer, mientras caminábamos por el Golden Gate hasta que la neblina nos cubrió y San Francisco se deshizo, pensé en proponerle a Mónica que saltáramos juntos. Nadie nos vería. Nadie sabría qué pasó.

Hoy durante la comida con Jaime ella decía que nuestro propósito para el año que se inicia es encontrar/armar una vida. No sabemos dónde ni en qué circunstancias. Nos gustaría establecernos en Canadá. Queremos un lugar donde podamos asentarnos y estar tranquilos. Cada vez parece menos sensato proseguir en la búsqueda de oportunidades laborales académicas en un mundo universitario piramidal que se basa en ofrecer contratos temporales de mala calidad (llamados eufemísticamente “postdocs” mientras el marrano es joven) destinados a sostener los ocios ombliguistas de la élite dudosa de privilegiados que cuentan con plazas permanentes y donde la educación seria, amplia y respetuosa de los jóvenes ya hace tanto que dejó de ser una prioridad institucional. Sin duda hay maneras más provechosas y satisfactorias de ocupar la (poca) juventud que nos queda.

Examen (antes y después)


Universidad

La movilización de los estudiantes es admirable y justa pero ingenua. Exige un fortalecimiento financiero sin controles, evaluaciones ni restricciones de un conjunto de instituciones lamentables en lo administrativo y apenas aceptables en lo que corresponde a su supuesta labor como educadoras y generadoras de movilidad social. Unas instituciones encerradas en sí mismas que (más que cualquier otra cosa) subsidian con plata pública el acceso a títulos nobiliarios y privilegios (dentro del estricto sistema de castas colombiano) de quienes (en su gran mayoría) ya los tienen por ascendencia. Es evidente que la educación en Colombia adolece de todo tipo de problemas, pero el presupuesto para las universidades públicas y la “investigación” que se desarrolla en ellas no es ni mucho menos el más grave. (¿Quieren problemas educativos serios y urgentes? Miren los colegios públicos. Miren los medios con los que cuentan, la calidad de sus maestros, los índices de deserción y los resultados (tristes) que producen: sólo diecinueve colegios públicos se cuelan en la lista de los quinientos mejores colegios del país de acuerdo a las pruebas Saber de este año. Diecinueve de quinientos, sí. El primero ocupa la posición sesenta y siete. ¿Cuántos egresados de colegios públicos tendrán el chance de siquiera considerar la universidad como una opción?) La situación actual debería ser una oportunidad para, antes que “defender la universidad”, poner en duda su valor y propósito así sea sólo como ejercicio. Dicen que la educación superior genera progreso económico y/o social, pero para que esto sea así es crucial decidir primero hacia dónde progresar. Esta es una reflexión que ni la universidad ni el país se han permitido tener. Es incómoda. Obliga a sugerir que la fe en la universidad y en general la educación (parte del discurso progresista estándar) no es suficiente. ¿Cómo encaja (o debería encajar) la universidad en la sociedad? ¿Qué debe ser subsidiado y bajo qué condiciones? No basta con admitir y “graduar” cada año a números cada vez más grandes de personas de títulos cada vez más extensos (o llenar las universidades de “profesores/investigadores” con estudios de postgrado (usualmente sin mayor compromiso con la docencia, por cierto)). Es necesario repensar qué quiere decir un título universitario: qué acredita, qué garantiza y qué pretende. (¿Qué ofrecen los diferentes programas y a qué responde (o de dónde proviene) su variedad? ¿Qué queremos que hagan/puedan hacer sus egresados? ¿No deberían al menos saber leer, escribir y comunicar sus ideas?) La pregunta grande es si tiene sentido enfocar el inconformismo con respecto a la educación en la defensa obtusa de una institución diseñada para otra época (y otro lugar), anclada rígidamente en la tradición y garante fiel del statu quo, o si más bien deberíamos plantearnos un proceso de modernización serio que de verdad ponga a la universidad pública al servicio de la sociedad, sus necesidades y sus aspiraciones, a ver si algún día deja de ser un expendio a bajo costo de certificados de superioridad social y moral.

(Monjes chinos)

Viernes (Examen)

Algunas ideas y preguntas sueltas: (1) A medida que la cobertura educativa aumenta, la educación (en especial la pública) se ve forzada, por simple falta de recursos (siempre serán pocos), a implementar procesos de industrialización de la labor didáctica. No me parece que haya nada malo en eso en principio pero: (2) ¿Cuál es el papel del maestro en este nuevo contexto donde el contacto directo con el estudiante es incidental y escaso? (3) ¿Cómo garantizar que la educación no pierda calidad en un sistema donde la proporción estudiantes/maestros es cada vez mayor? (4) Por lo pronto, la logística de la educación ha sido un problema lateral, algo que se deja (casi que) a discreción del maestro y en pocas ocasiones se explora con cuidado como comunidad. La idea burda es que una persona que dicta un curso para treinta personas debe ser capaz de adaptar su curso a un auditorio con doscientas. Se exige escalabilidad instantánea. ¿No sería conveniente, en aras de mantener niveles de enseñanza dignos, someter la logística de la enseñanza (y en particular el problema de escala) a un análisis cuidadoso en lugar de persistir en la improvisación? (Si hay investigación al respecto, no ha encontrado la manera de llegar a las aulas.) (5) ¿Cuál es el propósito de la educación universitaria? ¿Cuál es el aporte de la educación universitaria a la sociedad en pleno? ¿O es sólo un lujo? ¿Qué es lo que esperamos que un estudiante gane en las aulas? ¿Prestigio? ¿Disciplina? ¿Conocimiento? ¿Lenguaje? ¿Habilidades? ¿Sabiduría? ¿Resistencia? ¿Tolerancia? ¿Conciencia? ¿Responsabilidad? ¿Contactos? ¿Oficio? ¿Estatus? (6) ¿Qué es lo que realmente enseñamos (si es que enseñamos algo)? (7) No sobra preguntarse cuál es el sentido de ampliar ilimitadamente la cobertura universitaria. En sociedades como la colombiana una persona sin educación universitaria es indigna y está condenada al subempleo. La educación universitaria es un símbolo de casta. Es la diferencia, seamos crudos, entre ser esclavo o ser esclavista. Algunos promueven la idea de que, para generar movilidad social, la cobertura universitaria debe ser universal. Creo que esa es una solución falsa. Más importante que expandir la cobertura universitaria es expandir el número de opciones de acceder a un empleo y reducir, al tiempo, la estructura esclavista (¿cómo?). (8) Me preocupa el desprecio por la educación básica y la tendencia a creer que sus fallas se pueden reparar durante la etapa siguiente (si acaso). (9) La educación y la investigación deberían ser asuntos que se trataran aparte. El modelo de educadores/investigadores funciona y produce resultados en sociedades industrializadas o en una etapa alta del proceso de industrialización. Pero incluso en sociedades industrializadas este modelo pervierte el sistema. Es evidente que hay conexiones entre una labor y la otra, pero la pretensión de que son la misma cosa ha convertido los centros de enseñanza en lugares repletos de maestros que tienen a la educación como última prioridad aunque sea su misión principal. (10) Asisto al examen final de mis estudiantes en el coliseo de la universidad. Dos exámenes transcurren simultáneamente. El coliseo es dividido en zonas. Nos corresponden cinco de las diez. Somos ocho. El coordinador comanda el dispositivo cuyo objetivo principal es reducir la probabilidad de trampa. Somos nosotros contra ellos. Al final siempre se trató de esto. Setecientos estudiantes tomaron este curso. Ciento veinte asistieron a mi clase. Apenas sé el nombre de veinte o treinta. Reconozco a algunos más de cara, pero es difícil encontrarlos entre la multitud. Los veo entrar. Me gustaría saludarlos. Al cierre, mientras recibo los exámenes, un par se acercan y me dan las gracias por mi trabajo. Otro me dice que disfrutó mucho mi clase. No sé su nombre. Me pregunto, mientras los veo resolver las preguntas, qué aprendieron en este curso y cuál era su objetivo a largo plazo si es que había alguno. También me gustaría saber en qué consistió mi labor o, mejor, si lo que hice tendrá un impacto en su futuro o si perdieron su tiempo conmigo y esto hace parte de una farsa elaborada para otorgar un título (nobiliario) después de unos años. No creo que haya sido así. Espero que no sea así. Me esfuerzo por que no sea así, por que quede algo más. Por eso me cuesta entender que mi trabajo, todo mi trabajo, en últimas se reduzca a prepararlos (desde la distancia de mis lecciones masivas) para un examen de dos horas y media (el sesenta por ciento de su nota final) donde les pedirán, entre otras cosas, que deriven de dos maneras distintas el volumen de un mismo sólido de revolución. Eso sería una estafa. Eso no sería justo con ellos, sus aspiraciones y su dedicación. Eso no puede ser lo que está en juego aquí.

Viernes

Penúltima clase. Pocas preguntas. Pocas respuestas. Leo varias reseñas al respecto de The Pale King. Pienso que tal vez debería postergar su lectura un rato, unos años, incluso, y decantarme por algún clásico reciente estilo The Recognitions para el verano (Andrés me sugiere el no tan reciente La Montaña Mágica). Le confío a mis estudiantes un secreto, algo sencillo pero importante que he aprendido con los años. Les digo: ¿recuerdan que en las películas los genios matemáticos miran el tablero y en el acto los números y símbolos se iluminan, giran, vuelan, se combinan y se reorganizan hasta que mágicamente aparece en el centro una respuesta? Pues eso no funciona. Les explico que garabatear fórmulas ordenadamente en un papel es un método mucho más eficiente para solucionar este tipo de problemas (si no todos los problemas). Igual ellos miran la integral inexpugnable en el tablero a la espera de una respuesta. Conozco esa mirada. Encarna una especie de fe juvenil en el poder y alcance de su propia inteligencia así como el desprecio a todo lo que implique esfuerzo. No los culpo, estoy seguro de que alguna vez yo también intenté resolver problemas a punta de miradas, desde la distancia, sin hacer nada. Como tantos otros adolescentes, estaba convencido no sólo de que podía mover cosas con la mente sino que buena parte de la realidad exterior era responsabilidad directa de mi mente, presta a ser alterada/perturbada/redefinida en respuesta a mi todopoderosa (y voluble) voluntad. No recuerdo cuándo aprendí que el mundo no funcionaba así. No fue hace mucho, probablemente.

Miércoles

¿Dónde estoy? Esta mañana me desperté en un tren, nevaba afuera. Era enero de nuevo, el segundo o tercer día de clases, y ya estaba cansado. Sentí como si llevara meses en ese tren. ¿Dónde estoy? Un asesino en serie cuelga hombres para que su hermana muerta y encerada los vea morir (y no se muera (o vuelva a vivir)). Hace unos días cometí el pecado imperdonable de la intransigencia: un estudiante se acercó al final de clase y me contó que había estado enfermo el día del segundo examen y no había podido ir al médico ese mismo día, así que la burocracia de la universidad no quería aprobarle la excusa por falta de prueba. Quería saber si yo podía hacer algo. Le dije que no. Le dije que no dependía de mí. Le dije lo siento pero no. Le creo, todavía luce enfermo (aunque no peor que yo), pero le dije que no. Podría aceptar, podría decirle bueno y ya, hacer que su examen final contara por el final y el segundo examen al tiempo, no me costaría nada, pero le dije que no porque hay reglas y yo estoy bajo las reglas porque las reglas me protegen. ¿De qué? Intransigencia, ya lo dije. Me siento mal por eso. No sé qué hacer. O sí, si sé. Hablaré con él el viernes.

Martes

Mauricio cumple mañana treinta y cinco semanas de gestación dentro de la panza de Mónica. Ese número lo pone ya del otro lado. De aquí en adelante puede nacer en cualquier momento. La visita al ginecólogo esta mañana tardó un poco más de lo acostumbrado. Todo estaba bien. El bicho está en la posición recomendada y el corazón le late como debe. Mientras Mónica estaba en consulta ojeé una revista para padres. Aunque aparentaba ser una revista equilibrada, el target de la revista eran las madres: tanto el tono como la sobrepoblación publicitaria de toallas higiénicas lo ponían en evidencia. Había un artículo sobre los llamados roles de género. La pregunta en últimas era cuánto de eso viene hardcoded y cuánto es dependiente del medio cultural. El artículo, ligero, sugería que había cierta tendencia natural a favorecer algunas preferencias dependiendo del género pero a la larga la cultura (la crianza) era el factor fundamental a la hora de asentar el estereotipo (en otro artículo, independiente de este, decían que los niños criados por parejas homosexuales tenían una tendencia menor a encasillarse en el estereotipo). Una cosa de la que hablaban y que me pareció interesante es que niños y niñas tienen procesos de desarrollo cognitivo distinto y por eso los niños educados en salones de sólo niños (o sólo niñas) tienen, en promedio, mejor desempeño académico. De todas maneras, vale la pena preguntarse (o al menos eso me pregunto yo) si ese aumento potencial en el desempeño académico es suficientemente valioso a largo plazo como para sacrificar las habilidades de interacción social que generan los ambientes escolares mixtos. Por experiencia personal (o por ser una víctima accidental de la visión opuesta), pienso que a los colegios no se va tanto a aprender como a descubrir cómo vivir en sociedad (y adquirir de paso cierta ética de trabajo).