Rango Finito

fotoscódigoobservatorioshermanocerdo temas plots

El Programa

Jueves (La tempestad)

La lluvia de ayer era la antesala del diluvio de hoy. El viento se lleva todo. Cats and dogs, literalmente. Negro, un perro pequeño, el que dormía boca arriba en el patio, sale despedido y explota contra un poste de la luz. Los gatos se esconden bajo cuevas improvisadas entre las mantas de los residentes tolerantes. Los árboles resisten, no tienen opción. Es su flexibilidad y no su rigidez lo que los hace fuertes. Estoy en el patio en piyama. Cada paso cuesta, pero necesito salir. Es la costumbre. Voy por los huevos. Quiero asegurarme de que las gallinas estén bien. Son mi responsabilidad. Me quito las gafas para poder ver bien. Una enfermera me grita que vuelva desde el balcón pero no se atreve a salir por mí. You fools! I and my fellows are ministers of Fate: the elements.

Adenda: Por petición popular, ahora hay una versión sencilla de Inframundo en formato PDF (montada en LaTeX) para los tecnológicamente clásicos (o limitados).

Miércoles (El Profeta)

We are all of us brothers, dice El Profeta por televisión. Cuando estoy cansado pero no puedo dormir veo televisión en la sala de recreo o juego ajedrez. Siempre hay alguien en la sala de recreo dispuesto a una partida. También hay gatos. La doctora dice que son terapéuticos pero prefiero a los perros que viven afuera. Son más humanos. Cuando se acaba la programación comercial se inician los programas religiosos subvencionados por el estado. El Profeta es de lejos mi favorito. El Profeta no propone conversiones, le parecen innecesarias pues en su opinión la misericordia infinita de Dios no exige expresiones de devoción sino la práctica de la bondad. Tampoco promete curaciones milagrosas. El Profeta es un hombre preocupado, dice que vamos por mal camino y que debemos reconsiderar nuestra situación como individuos, nuestra desconexión. Esta perspectiva, nos confiesa, lo angustia. Una fracción significativa del discurso recurrente del Profeta gira en torno a la fé en la existencia de los demás. Esa es una idea que me gusta. El Profeta dice que la fé en Dios es innata, hace parte de la condición humana básica, pero que la fé en el otro, en su individualidad, en su complejidad, en su estatus de igualdad con respecto a nosotros, requiere un esfuerzo que no puede ser compensado con piedad. El Profeta dice que el hombre piadoso que olvida a su prójimo, el que cae en el pecado del solipsismo por darle prioridad al culto al Señor, merecería el infierno si el infierno existiera, porqué él es de la escuela que dice que el infierno es un concepto falso, un error de interpretación popularizado por una mala traducción de las escrituras. Anoche El Profeta decía que la comunión no debe ser un ritual de cada domingo, sino un ejercicio cotidiano y constante por compartir, por encontrarnos con el otro y, al reflejarnos, reconocer explícitamente el valor de su presencia y nuestra propia alteridad.

Lunes (Prado)

Por las mañanas, antes del desayuno, salgo descalzo a caminar por el patio, cerca a los gallineros. Es mi nueva costumbre. El prado siempre está mojado y frío a esa hora. Un perro me sigue. Toma un rato que los pies se habitúen, que deje de doler, pero luego la sensación de caminar junto al perro se torna placentera, suave, me despierta. Siento el quiebre del pasto podado a mi paso, la resistencia y el quiebre. Es temprano, muy temprano, y todavía no sale el sol. Pasan bandadas de ganzos hacia el norte. Me gustaría volar con ellos y salir de aquí. Hacerme pequeño y volar sobre un ganzo que me lleve al norte, más allá de los lagos, al reino de los osos. Aunque sería duro dejar al perro. Durante el desayuno oímos las noticias en la radio, entrevistan a los muertos, les preguntan qué se siente (morir), y los muertos no dicen nada. Sin las luces de los bombardeos durante la noche sería difícil creer que la guerra esté tan cerca. La doctora me pregunta por eso. ¿Dónde estaba cuando todo empezó? ¿Por qué no me gusta hablar de la guerra? Le respondo que tengo rabia, que estoy lleno de rabia, que intento mantenerme sereno y en control, fiel a las directivas del Programa, pero que en este momento sólo tengo rabia y no sé qué hacer con ella, no sé hacia dónde llevarla o sacarla para que sane y me deje vivir de nuevo. En busca de sosiego, voy a la sala de estudio y dedico la tarde a mis cálculos. Avanzo a marchas cortas. Sería más sencillo si tuviera la máquina conmigo. Debo verificar todo de nuevo a mano de acuerdo a las nuevas definiciones. Necesito cotas mejores si quiero proseguir. Necesito controlar el límite de expansión del modelo. Voy a la capilla antes de la comida. Me arrodillo en un reclinatorio por primera vez en veinte años y le pido a Dios que me dé sabiduría, que me proteja, que me saque de aquí, de mí.

Martes (Pasado)

La doctora me pregunta por qué casi no hablo del pasado. Le digo que ese es precisamente el punto de todo esto. Por eso estamos acá, ¿no? La doctora, una persona con un sentido más amplio del tiempo que el mío, no entiende porque siempre cambia, siempre es distinta, y cada vez que vuelve me obliga a reiterar lo ya dicho. Le explico a la doctora, a regañadientes, que mi pasado son cinco horas. No importa cuánto tiempo pase, siguen siendo cinco horas. Cinco horas que duelen y me llenan de ansiedad, no hay más. Es eso. El presente es la… la calma segura, la ausencia silenciosa del pasado, y el pasado son cinco horas en una sala de espera con música en los audífonos a todo volumen (para cortar la realidad, para negarla, para que sea otra) a la espera de noticias buenas (por favor, que sean buenas, que todo cambie, que esto no sea verdad) desde el otro lado de una puerta cerrada a la que hay que hablarle como a un oráculo para que eventualmente diga cosas horribles del estilo “Your son is sick, very sick” o “I think he’s not going to make it” o “He’s dying” o “Do you want to see him one last time?”. Mi pasado es tiempo compactificado en un momento largo (eterno) y mayoritariamente doloroso que no acepto, al que no quiero regresar y del que no puedo (ni quiero) escapar.

(Ship Garthsnaid, ca. 1920)

Domingo

El objetivo del diario no es el registro de los días sino la constatación del paso de los mismos. Una prueba de progreso. O de cambio. Desde que inicié mi trabajo en El Programa debo cumplir con este requisito para mantenerme en él. Es parte de las condiciones que aseguran mi residencia en El Instituto. Estoy a cargo de la huerta en el jardín y también debo alimentar a las gallinas al a las ocho y recolectar los huevos. La rutina estricta de pequeñas tareas y actividades tiene un propósito terapéutico. Al medio día, luego del almuerzo, me reúno con la doctora y discutimos la noción de progreso dada mi condición. La doctora espera que me involucre, que participe en mi propia construcción como individuo. No sé cómo pude pasar tantos años sin ser nada en particular. La doctora me pregunta cuáles son mis expectativas al respecto de El Programa. Le respondo que cuando era niño quería aprender a saltar de cabeza a la piscina pero que cuando por fin lo logré me fui derecho de cabeza contra el fondo y perdí la consciencia por varias horas. Le enseño a leer a una mujer por las mañanas. No sé su nombre. Cada día dice llamarse de una manera distinta. Hoy se llamaba Julia. La mujer aprende lentamente. Está obsesionada con aprender a reconocer ciertas palabras. Nunca le he preguntado por qué no aprendió a leer antes ni por qué le interesan tanto esas palabras. Le pregunto a la doctora. La doctora me pregunta por qué le hago esa pregunta a ella y no a la mujer. Le digo que no sé si sea un asunto sensible, si no esté relacionado con su estancia en este lugar. La doctora me pregunta si me avergüenza estar acá. Le digo que necesito pensarlo. Le prometo que mañana le tendré una respuesta.