Durante su último mes en este planeta mi abuela se esforzó todo lo que pudo por mostrarnos que estaba todavía con nosotros. Su cuerpo le había fallado pero ella seguía presente, atenta, consciente, orgullosa, adolorida pero tranquila y de buen humor, a cargo de su vida. Hace una semana intentó pararse y escribió su nombre torpemente con su mano izquierda. Se rió de su torpeza. Un trombo a principios de enero le había paralizado el lado derecho del cuerpo y la había dejado sin habla y a nosotros sin su voz. Una de las primeras cosas que hizo cuando despertó en el hospital fue sacarse, con una sonrisa desafiante, el tubo nasogástrico que le habían puesto. Así empezó a irse: en sus términos. Esta madrugada murió en su cama.

Ahora me recuerdo pequeño junto a Sergio acompañados por ella en el parque de la Bella Suiza. Nos enseñaba a montar en bicicleta. Corría detrás de nosotros sosteniendo la silla. “¡Dele, mijo, yo lo tengo!” decía. Y nos tenía.

Y también pequeño, siempre pequeño a su lado, en la mecedora de su cuarto, enruanados ambos, conversando mientras veíamos telenovelas. Riéndonos de bobadas. Discutiendo política. Recordando su vida, ese pasado del que todos nosotros veníamos, el que cargamos en su mitocondria. Era nuestro momento diario.

Vivió muchos años, casi cien, todo muy buenos y mayoritariamente felices. Vio el siglo veinte pasar. Nació al final de la primera guerra mundial en un pueblo de Santander. Llegó a Bogotá a estudiar de interna en el colegio que después se convirtió en la universidad pedagógica. Conoció a Arturo estudiando matemática y física ya en la universidad en los cuarenta. Trabajaron como maestros. Ambos exigentes y comprometidos. Tuvieron siete hijas y un hijo que heredaron su rebeldía tranquila y su disciplina. Se acompañaron. Gozaron con sus nietos y las caminatas cada fin de semana por los naranjales. Fue la última de sus hermanos en irse. Mi abuelo la dejó hace veintitantos años pero desde entonces siempre estuvo acompañada por sus hijos y sus nietos, que casi ritualmente se congregaban en su casa cada domingo para comer y conversar. Viví cinco años con ella cuando regresé a Bogotá a estudiar. La conocí bien, o tan bien como ella permitía desde su distancia. Cada día la oí levantarse temprano a exprimir un vaso de jugo de naranja para mí. Cuando me fui de Colombia en 2001 la llamé desde un teléfono público del aeropuerto para despedirme otra vez. Fue lo último que hice. Cada vez que volví hice lo mismo. Estar en su casa me tranquilizaba. Era mi casa también. Verla era lo que más me gustaba de visitar Bogotá.

Veo en Laia a mi abuela. La veo cuando come mandarina con gusto, apasionadamente, tres mandarinas en minutos. También cuando pide “dulcecitos”, cuando rechaza cualquier ayuda con un “¡yo sola!” y sobre todo cuando acepta a regañadientes, con incomodidad más que evidente, mis abrazos y besos. No sé cómo lo lograba pero siempre me hacía sentir tonto y al tiempo bien encaminado. Me animaba. Lo mismo logra Laia, ahora que lo pienso. Creo que estaba orgullosa de todas esas personas que habían salido de ella. Nosotros éramos su felicidad y eso espero que sigamos siendo incluso ahora que se fue. Le debemos eso y todo lo demás. Somos ella.