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Ya nunca es de noche. Es de día todos los días. Parece magia. Muchos no duermen. Una mujer tocó la puerta anoche (es un decir) muy tarde, estábamos todos acostados, y cuando fui a la puerta a atender me preguntó si sabía qué hora era. Le expliqué que no sabía porque en la casa no tenemos relojes pues es de mala suerte. Siempre tengo que explicarlo porque acá eso no se acostumbra. Todavía usan relojes como si no importara. Me dijo que lo tomaría en cuenta la próxima vez.

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En un chuzo en el mercado pedí un sánduche de pato acompañado de papas en grasa de pato, todo muy saludable, y un señor recién llegado me preguntó sorprendido si de verdad había pedido un sánduche de pato, a lo que respondí que sí, que efectivamente lo había pedido. ¿Es bueno?, me preguntó, y le dije que aunque no lo había probado esperaba que fuera bueno porque me encantaba el pato aunque a veces en el fondo me sentía mal por el pobre pato muerto para complacerme y mientras lo decía pensaba que de camino al mercado habíamos visto patos en el río y Laia los había contado emocionada. Sí, es un animal muy bello, dijo el señor sacándome de mi pensamiento. El pato, aclaró al notar mi confusión. El señor nunca había comido pato. Tenía unos doscientos cincuenta años, calculo. Uno de esos canadienses infinitos.

Luz

Mientras esperaba a que cambiara el semáforo, un señor barbado en medias sentado en el piso en la esquina de la calle del Rey y Yonge se levantó, caminó hacia mí y me entregó una luz para bicicleta que se había encontrado tirada por ahí. “Tómela”, me dijo, “yo no la necesito”. Me mostró que funcionaba e insistió. La recibí incómodo, sin saber muy bien qué decir. Se despidió con un “Que tenga un buen día” mientras volvía a sentarse en su esquina, sobre un cartón, al lado de un vaso vacío de Tim Hortons.

David

El domingo fuimos al supermercado y de camino paramos en una cafetería colorida del floreciente pequeño barrio indio. Un hombre en la cafetería nos preguntó si hablábamos portugués. Le dije que hablábamos español, español de Colombia. Ah, el mejor del mundo, exclamó. Eso dicen, le respondí.

Se llamaba David. Tiene unos cuarenta y tres años. Llegó a Toronto hace dos días después de vivir unos años en California. Aunque nació en Montreal, cuando sus papás se divorciaron fue enviado por su mamá a un colegio internado en Gales, así que habla con acento inglés de persona de bien. Me contó que adora Latinoamérica y que cuando tenía diecisiete años hizo una peregrinación hasta Machu Pichu desde Bogotá durante los años duros de Sendero Luminoso. Está convencido de que no fue secuestrado de milagro. Durante el viaje aprendió un poco de español de supervivencia pero cuando intentó practicarlo conmigo lo sentí oxidado. Mi familia es originalmente de España, me explicó. Nos expulsaron hace cinco siglos.

En su próximo viaje a Latinoamérica quiere conocer Chile. De Chile pasamos a hablar obviamente de campos de concentración y soldados alemanes que estaban asignados a los campos y que terminaron viviendo en Chile y Argentina. Me confesó que aunque los nazis mataron a setenta parientes suyos él no sentía rencor. Es un sentimiento que no le interesa cargar. No sabían lo que hacían, me explicó. Los comparó con las muchachos gringos que van a Afganistán.

Le pregunté qué lo traía de vuelta a su país de nacimiento.

Me contó que vivió algunos años en California trabajando en el cine como escritor y también como editor. Su visa de trabajo había expirado hace más de un año. Estaba hasta hace unos días en Inglaterra de vacaciones visitando a sus parientes y allá decidió que tal vez no era buena idea volver a California (temía problemas a la entrada) así que compró un pasaje a Toronto con el propósito de instalarse acá. Estaba en el proceso de importar sus pertenencias y su carro desde California. Le pregunté si había opciones de trabajo para él en la ciudad. Me explicó que aunque había varios estudios de cine no muy lejos del barrio (donde planea vivir — todavía no tiene apartamento — el domingo visitaría dos opciones en el área) él en realidad vivía de su trabajo como curandero. Qué tipo de curación hace, le pregunté. Flores, vibraciones de las esencias, energía cuántica, me dijo. Aprendió con maestros en Brasil y Australia.

Parecía un hombre profundamente solo y feliz.

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Hoy en el centro una mujer pequeña muy bronceada me habló. Dijo algo que no entendí. Le pedí en inglés que me repitiera la pregunta. Preguntó “Do you speak Spanish?”. Le dije que sí. Preguntó “¿De Uruguay?” con gesto orgulloso, como si acabara de develar mi secreto. Le respondí “Colombiano.” El gesto en la cara se disolvió en desilusión. Comentó algo sobre el calor, dijo “Chau” y cruzó la calle a toda carrera. Soy malo para avanzar en conversaciones sobre el calor. Después me la volví a encontrar mientras caminaba por el mercado. Apenas medio sonrió. Debí haberle respondido que sí era uruguayo, uruguayo del norte — por eso el acento.

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La semana pasada hablé en la cafetería con un señor de unos noventa años que trabaja como archivista en una iglesia. Me preguntó de dónde vengo y le dije que Colombia. Me preguntó en qué idioma hablaba. Dijo que Colombia debía ser un lindo país. Me preguntó el nombre de la niña también. Dijo que en inglés existía “Laila” pero no “Laia”. Después habló de un viaje desde Vancouver hasta la frontera con México. Del otro lado de la frontera estaba Tijuana. No se atrevieron a cruzar. Me dijo que había viajado por todos los Estados Unidos pero nunca había estado en Nueva York (en Boston sí; prefería Boston). También me contó de un viaje que hizo alguna vez con su mujer desde Vancouver hasta Nueva Escocia, de un lado al otro del país. Sonaba orgulloso. Cuando se fue le abrí la puerta de la cafetería para que pudiera salir con su caminador.

Hoy lo volví a ver en la nueva cafetería del barrio. Me preguntó el nombre de la niña. Me preguntó de dónde venía. Me contó de su viaje truncado a México. Me habló de su aventura de un lado al otro de Canadá. Repitió cada historia y cada comentario en el mismo orden. Le costó recordar el nombre de Tijuana esta vez. Hice la mejor cara que pude. Asentí y sonreí. Repetí algunas preguntas también.

Señoras

Fui a almorzar a la cafetería con Laia. Nos sentamos en la mesa junto a la puerta. Laia oficiaba espontáneamente como comité unipersonal de bienvenida del negocio. Como siempre, varias señoras mayores se acercaron a saludarla.

Una se acercó y me preguntó cómo se llamaba y de dónde era el nombre. Después me preguntó su edad y halagó su disposición para hablar y sonreír. Le dije que era extraño porque ni Mónica ni yo éramos muy sociables, así que habíamos tenido que aprender a socializar a través de ella. Finalmente me preguntó si yo era cristiano. Le dije que no. Ella dijo que iba a rezar para que la niña conociera a Jesucristo y fuera salvada. Le di las gracias aunque no estoy seguro de que fuera un buen deseo. Se alejó pero inmediatamente regresó y me dijo: “su hija es una bendición. ¿Sabe por qué es tan sociable e inteligente? Es un regalo del cielo.” Pidió un café para llevar y se fue.

Otra, una señora canosa con ojos azules entrecerrados y un abrigo morado muy vistoso, se acercó más tarde y me dijo: “Esa niña tiene sus ojos. ¿Sabe en qué pienso cuando veo a una niña tan linda como su hija? Pienso en los miserables que abusan de los niños pequeños como ella y les destruyen sus vidas. Pienso que si mi papá estuviera vivo, él era un oficial de inteligencia del ejército, seguro tomaría su fusil y bum“. Hizo un gesto con los brazos para ilustrar su frase. Creo que se notó la sorpresa en mi cara porque preguntó: “¿Lo incomodo?” Le dije que no. Siguió, muy seria: “Pero sí, veo a su hija y pienso en esa niña que mataron en Woodstock hace dos años. Cuánta inocencia. Un hombre llega y la viola y después la mata a golpes con un martillo. Esos hombres no merecen vivir. La cárcel no es suficiente castigo para personas así. A mí me gustaría… Mire a su hija. Mírela. Imagine que le pasara algo como eso. Ojalá que nunca le pase. Por fortuna ella lo tiene a usted. Seguro que usted es un buen padre.”

“Lo intento”, le respondí.

“No, yo sé que usted es un buen padre. ¿Sabe por qué lo sé? Porque su hija se ve feliz. Se nota que lo quiere y que usted la quiere. Eso es suficiente evidencia de que usted es un buen padre.”

Después se fue. Laia le gritó “Bye-bye!”.

Comentarista

Notas

Alguien comenta y subraya los artículos de los periódicos de la cafetería del barrio. El comentarista es aguerrido y pendenciero, con una clara alineación hacia la izquierda. Suena como alguien comprometido y educado. Muchas de sus notas son respuestas sarcásticas a la posición más bien complaciente del periodista con el establecimiento cada vez más conservador. Hace un par de años que reviso los periódicos de la cafetería buscando sus notas. Usualmente tiene buen ojo para detectar los artículos que vale la pena leer. Hasta hoy no sabía quién estaba detrás. Era un misterio que jamás pensé que podría resolver.

comentarista

Cuando nos sentamos la señora saludó a Laia sonriente y siguió leyendo el periódico. Cuando se fue me preguntó cuántos meses tenía Laia y después de que le respondí llevó su copia del periódico al mesón donde está el azúcar. No pude aguantar y me apropié de ella. En un artículo sobre los niveles de mercurio en cuerpos de agua cerca de los yacimientos de arenas de petroleo (la nueva gran riqueza canadiense) escribe: “Water is an absolute necessity for life. If we foul this essential resource, we are too stupid to live”. Bajo el título de un artículo sobre la solicitud de inmunidad ante la corte penal internacional para líderes africanos mientras están en el poder, escribe: “Why? They are failing the populace and victims of egregious, inhuman overlords”. Más abajo, le da la razón con un “Indeed!” a Desmond Tutu cuando dice que “those who seek to evade the international court are effectively looking for a licence to kill, maim and oppress their own people without consequence”. Hace sus anotaciones con cuidado y se nota que relee los artículos que le interesan varias veces. Sigue su lectura con el bolígrafo y enmarca párrafos. También comenta las cartas de los lectores. Antes de irse entró al baño. Después caminó hacia la salida de la cafetería, bajó el escalón agarrándose del marco de la puerta y se alejó despacio por la calle Craig, con su bolsa de tela en una mano. No tuve el coraje para confesarle que era un fanático de sus notas.

comentarista

Malísimo

Medio día. Ruta de la universidad a la casa. Llevo a la niña en el cargador. Una mujer se sienta a mi lado en el bus. Hiede a cigarrillo y trago. Seguro estaba en uno de esos bares de mala muerte del centro que surten a los alcohólicos seriamente comprometidos con el grupo hidróxilo. El sábado mataron a dos a una cuadra de ahí. La mujer sonríe. Intenta ser amigable. Me dice algo pero no le entiendo o tal vez no lo quiero entender. Esa mezcla de olores siempre me irrita. La ignoro. Cuando lo repite le entiendo. Dice: Así que hoy es el día del papá, ¿no?. Le digo sí y no digo más. Debí decirle: Todos los días son el día del papá. Me pregunta por el cargador. Qué útil es, ¿no es verdad? Asiento con la cabeza sin mirarla. Al final se cambia de puesto. Me pregunto si me eché desodorante esta mañana. Ahora las personas se sientan a mi lado en el bus. Creo que a eso lo llaman el Factor Bebé. De repente soy una persona confiable y hasta agradable. En mi vida pasada despertaba la reacción exactamente opuesta sin esfuerzo incluso si usaba desodorante. Cuando me quería esforzar fingía una tos seca, eso bastaba. También serviría saber eructar a voluntad, pero nunca he podido dominar ese arte sutil. Eso me pasa por no ser malo de verdad.

Martes

Despierto a las 6:30. Vagabundeo más de la cuenta por la mañana. Como algo antes de salir. El tren es rápido, no lo siento. En Aldershot, una estación de tren rodeada de autopistas (casi que la definición de contrasentido), debo esperar cincuenta minutos hasta que llegue el bus que me lleva a la universidad. No hay información en ninguna parte sobre el sistema de pago. En la ventanilla una señora-robot me explica que debo pagar ahí, pero luego de comprar el tiquete de ida y vuelta descubro que no hay manera de que pueda regresar en bus a tiempo. De la estación a la universidad hay diez minutos. En el paradero de la universidad no hay mapas. No encuentro ningún mapa. Camino y camino y no hay mapas. Absurdo. Llevo el iPhone de Mónica conmigo, así que busco un mapa del campus pero no me ayuda, porque sólo tengo las iniciales del edificio que busco: HH. Para mi sorpresa, aunque parece que esa identificación por siglas es común, hay al menos cinco edificios en la universidad con esas iniciales. Me declaro perdido justo al frente de Hamilton Hall. Decido entrar. El recibidor está lleno de tableros. Tiene que ser ahí.

La charla salió muy bien. Les gustó. Creo que la disfrutaron. A mí también me gustó, aunque debo confesar que estoy cansado de hablar de esos resultados. Como sea, creo que presenta el tema de una manera efectiva y redonda. En Lorica, cuando era niño, mis compañeros de colegio utilizaban la palabra “efectivo” como los bogotanos usan la palabra “chévere”. Nunca la pude adoptar sin sentirme idiota. Luego de la charla hablé un rato con Patrick y Deirdre. También hablé con Eduardo, a quien no veía hace unos 12 años y que milagrosamente me reconoció. Yo tardé un rato en ubicarlo: tomamos juntos un curso de teoría de modelos en la universidad con Xavier Caicedo. Eduardo era estudiante de los Andes. Ahora termina un postdoc en Waterloo. Trabaja en grupos geométricos y low dimensional topology. La última vez que vi a Patrick fue durante mi visita en Waterloo, en enero de 2010. Acababa de enterarme de que estábamos embarazados de Mauricio. Patrick no sabía lo que había pasado y me preguntó por el niño. Creo que a la gente le choca que diga que “he died” en lugar de usar el eufemismo común “passed away”. “He died” suena mucho más drástico y duro. “Passed away” me suena a negación. También le hablé a Eduardo de la muerte de Mauricio. Es muy difícil hablar de (pensar en) mi situación actual sin mencionar eso. Está ahí, en el centro.

Así se ve el semáforo en la esquina cuando me quito las gafas:

Eat me

Helen Ferris obviously took great pleasure in listening to Nachman, and yet, in the center of her rapt, almost delirious focus, Nachman saw a curious blank spot, as if she were not conversing so much as savoring. Her brown eyes devoured his, and her smile suggested a rictus in its unrelieved tension and shape. This intensity, and her alarming red lipstick, made Nachman think she wanted to eat him. A smile is a primitive expression, he supposed, carried in the genes, the reflexive anticipation of a meal—not necessarily of people, but who knows the ancestral diet? Nachman smiled in response, but felt no desire to eat her.

—Leonard Michaels, Cryptology