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enfermedad

Del individuo como variable de estado del procedimiento

El individuo propone un test para comprobar si su participación en el experimento es necesaria. No lo dice de esa manera, pero esa es la implicación de su solicitud. Permito hablar al individuo no sin antes advertirle que su declaración afectará de manera impredecible el resultado de la investigación en curso. El individuo duda, me pide tiempo para pensar, un cuaderno y un lápiz. Le ofrezco un bolígrafo. Un bolígrafo está bien, dice. Escribe un testamento. El individuo tiene rutinas precisas determinadas por el protocolo. El protocolo se adapta no sólo al individuo sino a mí, que lo observo y analizo. El protocolo me dice quién soy y por qué estoy aquí. El individuo no tiene acceso al protocolo. Por seguridad, yo sólo tengo acceso al protocolo localmente: puedo ver lo que necesito ver. El individuo recibe agua a las diez de la mañana y un pequeño refrigerio a las once. A las doce debe escribir descripciones de momentos específicos de su vida elegidos al azar. Los llama sus memorias. A la una almuerza conmigo en una mesa del anexo. El individuo cree que me llamo Manuel. El protocolo me ordena incentivar la familiaridad entre el individuo y yo; debo hacerlo creer que somos una pareja normal. El individuo está convencido de que está enfermo, el protocolo lo convenció, y llama al experimento “el tratamiento”. En la minuta debo hacer la aclaración constante de esta nomenclatura, para asegurarme de que los evaluadores no pierdan de vista la naturaleza de nuestra relación. El individuo me llama “mi amor”. En respuesta yo la llamo por su nombre, que omito en este documento por mero pudor. El día que escribo este pequeño texto cumplo ocho años conviviendo con el individuo. El individuo deja la puerta abierta al entrar al baño y a veces grita desde la ducha para pedirme la toalla. Por las noches, dormida, me abraza y musita cosas en un idioma que no entiendo ni reconozco. El individuo teme morir de repente. De eso me habla durante el desayuno. Le digo que no tiene nada que temer. El doctor es optimista, le recuerdo. Soy mal actor. El individuo me dice que le preocupa mi estado emocional. No estoy autorizado para ser sincero, debo seguir el protocolo, así que le digo que entiendo su preocupación pero tengo confianza en la efectividad del tratamiento. Le pido que se tome la pastilla. El individuo está nuevamente reacio a ingerir la dosis diaria. Dice que le arrebata la úlcera. Insisto. El individuo me toma la mano y me dice que me promete recuperarse. Le digo, fiel al protocolo, que no tiene que prometerme nada. Le reitero que estoy con ella. Le aseguro que no me voy a ir. Registro los cambios anímicos y psicológicos del individuo en la minuta. Cada entrada incluye un aparte destinado a reflexionar sobre la manera como mi relación con el individuo modifica mi percepción propia, mi noción de lo que soy. Procuro ser cuidadoso en este aparte pues en el instructivo señalan que tiene una importancia crítica. El individuo me llama desde la cama y pide leche. El individuo dice que quisiera salir al patio a tomar el sol. Le recuerdo que el doctor (mi expresión para referirme al protocolo dentro del experimento) prefiere que las horas de exposición a la radiación se reduzcan al máximo. El individuo me dice que no se siente débil. El individuo añora momentos de los dos que no ocurrieron. Regresa sobre ellos a diario. Por las noches, especialmente. Apenas asiento. Ya lo dije: soy mal actor. El individuo cree que nos conocimos en Marbella. El individuo cree que vivimos en un pueblo al sur de Francia. El individuo piensa que una vez, antes de la enfermedad, tuvimos una vida feliz. El individuo cree que fuimos los padres de un niño pequeño que murió ahogado en una piscina de un hotel tropical en su país natal, un niño que tenía sus ojos y mi boca. El individuo llora por las noches cuando recuerda al niño. En su mesa de noche tiene una foto del niño con los dos. Hay montañas al fondo. No me reconozco. Finjo lágrimas. Finjo que la quiero. Finjo que estoy en mi vida, que es la suya. Finjo que esta realidad simulada me importa en sí misma. Sus progresos son mis progresos, sus recaídas me duelen. Finjo hasta convencerme de que su enfermedad es real y pienso que un día la veré morir porque aunque el doctor es optimista nunca nos ofrece mayor certeza. Siempre me aclara que no hemos salido del período crítico. El individuo tose y me dice que le duele el pecho. A veces encuentro sangre en la taza del baño pero el protocolo me ordena que no pregunte, que la ignore. A veces, mientras duerme, deja momentáneamente de respirar. El protocolo dice que es normal. El individuo teme que me canse de esta vida, que la abandone. Le prometo que no lo haré. La necesito, le confieso, y soy absolutamente sincero cuando lo digo: me aterra la posibilidad de que muera pero el experimento de alguna manera continúe. No sabría qué sería de mí.

Lapsus

Disfruto el silencio de este lugar: la tranquilidad que se siente por la mañana cuando abro la puerta, camino por el corredor, paso junto a la sala de lectura y bajo las escaleras para salir al patio. Afuera están los perros, despiertos desde temprano, persiguiéndose mutuamente por turnos, y también el frío sabanero que se mete entre la ropa y me despierta de golpe. Abro los ojos. Estoy aquí. Usualmente camino hacia los naranjos, que a esa hora todavía huelen dulce, y los perros me siguen entre correrías y saltos. La sensación del prado húmedo contra los dedos de mis pies me hace bien. Es temprano y pienso en el resto del día y me agrada saber que no necesito pensar en nada. No necesito nada. No tengo nada que hacer. Mi propósito, me han reiterado ya tantas veces, es recuperarme, sanar, aprender que lo que soy no me condena. Pienso en el hombre que duerme en mi cuarto. Es un hombre viejo, está calvo, fuma más de lo que debería, ronca por las noches. A veces viene su hija a visitarlo y le cuenta cosas sobre un nieto que él nunca ha visto. Cuando habla, no habla mucho, le promete a la mujer que pronto estará de vuelta afuera y podrá conocer a su nieto. A veces, cuando ella se va, lo oigo llorar en el baño. Cuando tarda más de la cuenta llamo a los encargados. Ellos lo llaman por su nombre, luego abren la puerta con la llave y lo encuentran sentado en la taza, perdido. Quiénes son ustedes, les pregunta. Dónde estoy. Qué quieren de mí. No sé cuántos años lleva ese hombre en este lugar. No sé por qué está acá y creo que él tampoco. Prefiero no hablar con él para no contagiarme de lo que quiera que tenga. Junto a los naranjos hay una piedra para sentarse. Desde la piedra miro la casa, la entrada al instituto, los cerros en la distancia. Yo pensaba que el tiempo servía para acercarse a lo que uno quería ser. Pensaba, y todavía pienso, que todo es cuestión de paciencia y disciplina. Pero entonces está esto, este lapsus, el viejo que ronca, esta espera tan distinta de todas las otras esperas. Se supone que un día, eso me han dicho, un hombre vendrá a mi escritorio en la sala de lectura, donde me siento a trabajar por las tardes, a matar el tiempo que ya no pasa, y me dirá que todo está bien, que puedo regresar, que soy libre, que puedo recuperar la vida que perdí. A veces, sentado en la piedra, pienso en lo que se sentiría levantarme una mañana, jugar con los perros, venir a los naranjos, despedirme de Manuel, y caminar con decisión hacia la entrada.